La madrileña que se resiste a que su violación en Nueva York caiga en el olvido

- “¿Vas matarme?”.

- “No te voy a matar”.

Jana Leo, artista conceptual madrileña,  no podía creer que hubiese un hombre con una pistola en la puerta de su piso de Harlem, en Nueva York. Saber que no iba a morir fue un alivio. Pero la peor parte llegó cuando le pidió que se tumbara en la cama y la violó. Fueron unos minutos de agonía durante los cuales ella solo podía mirar el gotelé del techo deseando que esa tortura terminara cuanto antes. Esta es la violación que sufrió Jana en el año 2000 y que ha retratado en el imprescindible libro Violación Nueva York (Ed. Lince 2017).

En sus páginas derriba tópicos como que las violaciones son casos extraordinarios, que ocurren cuando sales de tu zona de confort o al haber consumido drogas y que el agresor suele ser un psicópata. “Es una persona normal que quiere sexo y lo quiere ya. No quiere hacer el trabajo que implica ganarse la confianza de alguien para tener relaciones sexuales”,  nos cuenta por videollamada de Whatsapp Jana desde Nueva York, ciudad en la que vive desde 1997.

Otro matiz importante que da Jana es que algunos agresores fantasean con que no están violando a nadie, que la víctima quiere aunque no lo haya expresado y que, por tanto, le están haciendo un favor. “Él se creó la idea de que era una cita cuando no lo era, porque en verdad, tenía una pistola. Construyó una división en su cerebro que hizo a lo inaceptable aceptable”, agrega con una precisión que deja entrever que recuerda los hechos como si hubiesen sido ayer.

El caso de Jana prueba, una vez más, que un abuso sexual no tiene que ser siempre violento y que, por tanto, es absurdo que se haya estado cuestionando a víctimas, como la de La Manda, que se está juzgando en Pamplona, por no haberse resistido. Porque, al igual que la artista, la máxima preocupación de esa joven era salir con vida de una agresión que nunca tendría que haber ocurrido.

A partir de ahí empezó para Jana Leo una odisea judicial que se tragaría años de su vida. Desde los 300 dólares que tuvo que pagar en el hospital por hacerse el examen médico y las pruebas de ADN. “No sabía que era ilegal, pero lo hicieron. Llegas al hospital y sales violada por segunda vez”, cuenta indignada mientras gesticula con las manos. Pero no se dio por vencida, se puso a recopilar toda la información que tenía sobre el caso: informes policiales, estadísticas y fotos que hizo cuando el violador abandonó su casa, entre otras cosas.

Pasados cuatro años, arrestaron a su agresor tras haber estado involucrado en un tiroteo y, las pruebas que conformaban lo que se había convertido en el trabajo de su vida, le ayudaron a probar que había sido violada y a enviarle a prisión 22 años. Por fin podía cerrar el peor capítulo de su vida. Aunque parcialmente. “Si ha tenido un buen comportamiento, ahora podría estar fuera. Hay días que pienso a ver cuando me lo encuentro y me mata”, confiesa con un tono de preocupación.

Una agresión con dos culpables

Sin embargo, no todos los responsables de su sufrimiento estaban entre rejas. Esta artista también fue víctima de un proceso de gentrificación, que estaba haciendo emerger la violencia en barrios como Harlem, y de la negligencia de su casero, que durante años había descuidado la seguridad del edificio provocando que ni el portal ni el apartamento de Jana estuviesen protegidos por cerrojos. Dos factores que hicieron que el peligro fuese regularmente a visitar al bloque al que tenía que llamar hogar. “Le interesaba que hubiese gente conflictiva para que los vecinos se marcharan. Él hizo su fortuna solo en edificios para pobres”, detalla Jana haciendo referencia a que cada vez que un inquilino abandonaba prematuramente un apartamento el casero podía quedarse con su fianza y subirle el alquiler al siguiente vecino. Un negocio redondo para el cual no tenía que hacer nada. Solo dejar que la violencia atestara aquel lugar hasta hacerlo inhabitable.

De hecho, tras la violación llamó al casero para pedirle por enésima vez que cambiara las cerraduras y la respuesta que recibió ya dejaba ver que de qué pasta estaba hecho: “como si te hubiesen matado”, le dijo. “Pensé: no puede ser lo que estoy oyendo, no puede ser verdad. El valor que tengo yo es cero, no soy una persona. Eso fue lo primero que sentí y la segunda reacción fue rabia: estas palabras te las vas a comer”, dice la escritora.

Y así lo hizo, consiguió que su casero se arrepintiera de lo qué había dicho para después hacer este libro con el objetivo de denunciar todo lo qué le había ocurrido. "Las cosas hay que contarlas, si no se cuentan no cambia nada", agrega. Y ella ha relatado sus vivencias con un tono íntimo, personal y realista, muy realista. La forma de que todo aquel que lea Violación Nueva York pueda trasladarse a aquel momento, a los días en los que Nueva York violó a Jana.