Localizamos a 5 ex-chungos que en su día fueron lo peor de Valencia

Nota: Las fotos se no se corresponden en ningún caso con los hechos o personajes descritos. Cualquier semejanza o circunstancia relacionada será mera coincidencia. 

Tener 15 años nunca ha sido fácil. A esa edad eres, básicamente, un guisante: nadie te soporta, pero ahí estás tú; verde, intragable y con poco más que aire en tu interior. Súmale un bigotillo incipiente, gallos en la voz y hormonas desquiciadas y tendrás el pack completo del perfecto pardillo. Por no hablar de tu visión distorsionada de la vida: Tú querías ver un mundo de colores a través de tus Arnette azules recién estrenadas, pero, en realidad, eras poco más que caviar servido en bandeja de plata para las mayores hienas que surgieron de la década de los 2000: los chungos de barrio.

¿Cómo identificábamos a un chungo?

Chungos, canis, makinetos, macarrillas, kíes, malotes, chandaleros, coyotes, macois, kinkis, mascachapas... Existe todo un universo de apelativos regionales para ese fenómeno social que siempre ha sido tan incomprensible como fascinante. Procedentes, en su mayoría, de las zonas de la periferia, los chungos exhibían poderío arrabalero, una afición desmesurada por la bronca y un gusto exquisito a la hora de irse de farra y sanear sus cuentas con bienes ajenos. En toda manada hay machos y hembras, así que estos venían a ser, en términos evolutivos, el equivalente masculino de las bulleras

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Sí, hay algo peor que un pelo en la sopa: encontrártelo en la boca. Con un chungo pasaba lo mismo. En la lejanía, no molestaba demasiado, pero, una vez divisado, acababa irremediablemente en tu plato. Por suerte, reconocerlos era muy sencillo, ya que se esforzaban bastante por respetar sus códigos de uniformidad. El peinado ofrecía pocas alternativas: rapado, a lo cenicero, con mullet de extrarradio o con mechas de rubio pollo oxigenado. O una mezcla de todo ello, resultando en una cómica y aterradora combinación -de difícil justificación estética- que gozó de una inexplicable aceptación.

La ropa, en cambio, variaba según la estación: En verano; gorrita hacia arriba con la visera arqueada, Ray Ban de aviador, camiseta de tirantes o manga corta Lonsdale o Scotish Clan –sí, con falta de ortografía incluida-, chándal de botones con franjas y zapatillas de muelle con los cordones ocultos. En invierno; bomber Alpha, sudadera Kill Off, camisa a cuadros o polo de Rottweiler, vaqueros prietos o campaneros y las Nike Cortez. El conjunto lo solían completar los pendientes, los sellos y las cadenas, y una riñonera cruzada por el pecho que servía para guardar carteras –sí, también la tuya-, mechero, drogas y en ocasiones, la famosa y aborrecible ‘mariposa’. ¿Que para qué necesitaban llevar una navaja? Bueno, ¿qué habría sido de Hendrix sin su guitarra? Pues eso.

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"Como te encuentre algo, me lo quedo"

Tengo casi 31 años y hace 16 que me atracaron por última vez. Digo última porque, en su momento, perdí la cuenta de las veces que cumplí con mi contribución al bienestar de la finanzas chungas. Los adolescentes de aquella época sabíamos que era habitual salir con los amigos y volver de las sesiones light sin móvil, reloj o parka recién estrenada. Y con los restos de tu precaria economía escondidos en los calzoncillos, claro. Como tenías un radar depurado, los detectabas a diez kilómetros luz: Llegaban en manadita, andando o montados en bicicletas -con el líder en el manillar-, bien juntitos para no pasar frío. Eran ellos contra el mundo. Lo malo es que, en ese mundo, también estabas tú.

La cosa iba más o menos así:

"Eh, tsss! ¡Primo! ¿Tieneh hora? / ¿Tieneh un leuro? / ¿Tieneh un piti? / ¿Me dejah 10 céntimoh pal bus?" 

"Por favor, no…" (claro que sí, ahí demostrando entereza desde el principio)

"Que no... ¿qué? Já, ¡mira! 'Que no' dice el parguela, primo...! Venga, sácateh ya lo que lleveh" 

"Es que no llevo nada, de verdad, ¡por favor!" (sigue así, que lo estás haciendo muy bien)

"Cucha, pringao: te voy a buscar y como encuentre algo me lo quedo, ¿eh? Y encima te llevarás una hostia por espabilao..."

Evidentemente, tenía razón en una cosa: eras un 'pringao'. Así que decidías que ya no convenía seguir defendiendo tu dignidad y que lo mejor era volver a casa en número rojos y con la cara intacta. Al final, solo te faltaba despedirles con dos besos y desearles una vida larga y llena de éxitos. No, en serio, sé lo que digo: He estado de rodillas y con los brazos abiertos mientras dos sucesores del Torete y el Vaquilla disfrutaban de un humillante bufé libre con mis precarias posesiones. Y no se marcharon hasta que les di la mano y  juré llevarme el secreto a la tumba. Mensaje para ellos: me robasteis mis diez euros, pero no habéis podido evitar que lo cuente. Que os jodan.

Es cierto que no siempre era así. En ocasiones, podías tener la inmensa suerte de salvarte de la quema por alguna loca artimaña del destino: un adulto que aparecía en el momento indicado, una aglomeración repentina o, las menos veces, siendo objeto de un imprevisible ataque de piedad por parte de alguno de los implicados. Para ayudar un poco a que se diera este último caso, había una técnica infalible y ultraexplotada: decir que su oscuro objeto de deseo te lo había regalado tu madre. Antes de morir.

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Por alguna estúpida razón, eso parecía cortarles el rollo. Calculo que, llegado un momento, el 75% de los jóvenes atracados nos presentábamos como huérfanos. Pero tampoco estamos hablando de doctores en física cuántica, así que no se dejaban influir mucho por la estadística y el plan terminaba funcionando. También servía decir que conocías al fulano o mengano de tal barrio, aunque tenías que ir con ojo para no nombrar precisamente al que te estuviera dando el palo en esos momentos. En serio, ha pasado.

¿Qué ha sido de ellos?

No solo de pan vive el hombre. En el caso de los chungos, también lo hace de speed, ketamina, farlopa, bullas multitudinarias y parquineo anfetamínico. Un cóctel a base de golpes, estimulantes y decibelios que dislocaba mandíbulas a discreción y les permitía refugiarse en su propia burbuja de felicidad macarril. Una burbuja que, por cierto, subvencionábamos también los demás. Así que, en cierta medida, fuimos inversores capitalistas en su proyecto de vida. Y eso, a mi modo de ver, les obliga a rendirnos cuentas sobre el estado actual de nuestra inversión: Su presente. Nos deben explicaciones, así que qué mejor que exigirlas en persona. Os presentamos el estado actual de vuestras inversiones juveniles: la vida actual de los chungos.


 Diego 'Pinita', 30 años. Ex militar en paro

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Vive, junto a sus perros, en una vivienda de protección oficial de las afueras de Valencia. Sirvió como legionario en Almería hasta que le dieron la baja por depresión. Desde que se le acabó el paro, vive de la paga por invalidez. "No pienso mucho en mi juventud, pero sí sé que hay cosas que no estuvieron bien". Cosas como vender motos robadas o vaciar el almacén de una farmacia, por ejemplo. Nunca le pillaron. Al rato, reconoce que  ha tenido denuncias por malos tratos. "Yo soy de temperamento fuerte, pero solo cuando me provocan, ¿me entiendes? Las mujeres me han buscado la ruina".

También ha coqueteado con las drogas: "Empecé con los porros, pero lo he probado casi todo". Hoy, toma pastillas para la depresión y está enganchado a los 'tranquis'. "Me dejan hecho una mierda, pero no puedo estar sin ellos".


Israel, 28 años. Bombero

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Hace muy pocos años que, contra todo pronóstico, logró alcanzar el sueño de su vida. "Desde muy pequeño me di cuenta de que todo el mundo admira y respeta a los bomberos. Ya entonces decidí que ese era el camino que yo quería tomar". Pero no le fue tan fácil: el fallecimiento de sus padres en un accidente de tráfico le hundió en un pozo del que no logró salir hasta muchos años después. "En esa época perdí la cabeza. Tenía 12 o 13 años cuando me fui a vivir con mi abuela a un barrio conflictivo. Allí, hice piña con los chavales de la zona y me dediqué a vivir sin límites: quemábamos coches, entrábamos a robar en tiendas, nos pegábamos con gente de otros barrios y nos poníamos hasta arriba de todo".

Todo cambió con 17 años. "Me mudé a Madrid con mis tíos, que son casi como mis padres. Ellos me dieron la oportunidad de cambiar y yo, afortunadamente, la aproveché". Renovó las amistades, se echó una novia y empezó a recuperar los años de estudios perdidos. Con 22  recién cumplidos decidió retomar su sueño de juventud y prepararse las oposiciones a bombero."Siempre digo que jugaba tanto con fuego que solo podía terminar dedicándome a apagarlo". Lo demás quedó en el olvido: "De mis antiguos amigos no tengo noticia, pero sé que más de uno se quedó por el camino. Es algo en lo que prefiero no pensar demasiado, solo puedo dar gracias por haber dejado todo aquello atrás".

Raúl, 31 años. Peón de obra

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Carne de andamio, lleva desde los 16 años en la construcción. De vez en cuando, echa unas cuantas horas en el taller de fontanería de su padre. Tatuado y con dos piercings en la lengua, es de esos que salían a prenderse fuego: "Yo me iba el jueves y volvía el domingo o el lunes, siempre muy a saco. Me he metido de todo: rulas, speed, farlopa y lo que hubiera por ahí, todo el día con la botellita de agua a cuestas". Dice que ha pisado mucha sala de urgencias; por alcohol y por peleas. Lo demuestra con una cicatriz que le cruza la cabeza por encima de la nuca.

"19 grapas. Me lo hizo un puerta rumano de Akuarela. Yo le rompí el tabique, pero me pilló mal y me dejó to seco en el suelo". Cuenta que, tras ganar el juicio, volvieron a zurrarse. Exacto: si la vida te da una hostia, por qué no volver a por otra. Total, son gratis. ¿Resultado? Un desprendimiento de retina y la pérdida del 45% en la visión del ojo izquierdo. Asegura que "el rollo ese de ir atracado por ahí a genaos" no le iba. "Tengo colegas que sí, pero yo pasaba de tangar cosas. Bueno, en tiendas y eso, sí".


Javi, 27 años. Monitor de gimnasio y triatleta

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"Sí, claro que me arrepiento de todo. Eran cosas de chavales; robos, bullas y movidas típicas así, pero sé que estuvo mal". Supone que pasar por un centro reformatorio le ayudó bastante: "Me cayó una tentativa de homicidio -recalca que fue una sentencia injusta- y estuve dos años dentro, hasta los 18. En esa época, no me hablaba con mi familia, pero, cuando entré, me di cuenta de que mi vida se estaba yendo a la mierda"

Estuvo en contacto con las drogas, pero vio la luz al final del túnel gracias a la actividad física: empezó a acudir al gimnasio y, cuando salió, retomó los estudios y se apuntó a un club de natación. Ha logrado sentar cabeza: tiene un hijo, trabaja en un centro deportivo municipal y entrena con metas. "Mi salvación fue el deporte. Voy poco a poco, pero ya compito habitualmente en pruebas de triatlón. Mi objetivo del año que viene es hacer un Ironman".


José Valentín 'Tinín', 28 años. Se dedica a la 'chatarra'.

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Creció en La Coma, un barrio tradicionalmente conflictivo en la periferia de Valencia. "Aquí todo el mundo se ha tenido que buscar la vida. No te equivoques, que por ahí hay gente buena y mala, como en todos lados". Dejó de ir al colegio a los 13 años. "Si no había parné, igual me buscaba la vida, que abría un coche o le choraba a algún pollo". Algún pollo... como yo, vaya. "Si pillábamos algo, pues ya nos íbamos a Masía o a Pirámide. Aquí hay mucha droga, pero no me meto ni la vendo ni nada. Yo soy simple y honrao y solo recojo chatarra".

Ha pisado la cárcel, pero no quiere hablar mucho de eso: "He estado dentro, sí,  ¿y qué? Es muy fácil hablar de eso si no lo has vivido. Aquí todos tenemos cosas que esconder, tú bien lo sabes. Te digo yo que todos roban, sobre todo la policía. Esos son lo peores, con los políticos. Aquí hay gente muy peligrosa. Y a cualquiera se le puede ir la olla, se puede ir todo a la mierda en cualquier momento. Yo ya he cumplido. Puedo haber hecho cosas mal, pero que tampoco es que haya matado a naide". Palabra de chungo.