Localizamos a 5 ex-Bakalas que en su día fueron las más chungas de Valencia

Tengo 32 años y soy ex-bullera. Viví una de las épocas más chungas que mi generación recuerda: los 2000. Y además los viví en el mejor de los escenarios, Valencia. Cuna de la ruta del bakalao, el Flying Free, la raya blanca en el párpado bien marcada y las camisas de Lonsdale combinadas con licra de cuello alto por el que asomaban el cordón de oro y los excesos de maquillaje; que en ese momento era el uniforme de chunga si querías que te reconocieran a golpe de vista. La pandilla mi familia. El parque, The Face y Puzzle, mi casa, y fumar porros, pelarme las clases y vacilarle a cualquiera, mi religión.

No era la única, en el chunguismo había niveles y, aunque pegué, también me dieron lo mío alguna que otra vez. Yo no era la más mala, las había condecoradas con puñaladas y palizas que las coronaban en el top de las bulleras, que era como se llamaban en Valencia. Chunguísimas. Hoy, más de 15 años más tarde y habiendo dejado atrás la música bakala, las Art y la imprescindible chaqueta Alpha Industries, me hago la siguiente pregunta: ¿qué cojones habrá sido de ellas? Y lo he hecho, he salido a buscarlas.


Tamara, 30 años. Criminóloga y trabajadora social

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Mis padres se habían separado y con 14 años estaba en Rockola (la discoteca de moda en Valencia) comiéndome pastillas con mi novio, que no salía de su casa sin su cuchillo jamonero escondido en el pantalón. Creo que tomé esa actitud porque me sentía bastante pisoteada en mi desestructurado entorno familiar y no iba a permitir que nadie de fuera me hiciera lo mismo. Así fue cómo adopté el rol de verdugo, porque el de víctima ya lo tenía muy visto.

Recuerdo irme a Chocolate (una de las salas de la ruta del bakalao) y pegarme con una que no me dejó pasar, a la que terminé lanzando por las escaleras a patada y puñetazo limpio. Después nos íbamos a Puzzle (mi imprescindible cada finde), con mi riñonera llena de pastillas que al final de la noche casi ni cerraba porque las había cambiado por billetes. Tengo antecedentes penales y me intento perdonar cada día y demostrar que soy buena persona. A día de hoy disfruto mucho trabajando con menores en cumplimiento de medidas cautelares, porque pienso que todo el mundo se merece una segunda oportunidad.


Alicia, 34 años. Licenciada en Bellas Artes y Profesora de Pilates

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Empecé con un chico del barrio con 14 años. Me enamoré porque era mayor que yo, tenía coche, edad para entrar a discotecas y me lo pagaba todo. Me dejaba su moto y, como era el malote del barrio, yo me convertí en la más malota. Me transformé en una chica irascible, contestona y prepotente. Cuando nos juntábamos los de la pandilla, la gente no se acercaba a menos que nos conociera. Sí, dábamos miedo. Y aunque yo no robaba, estaba  siempre en medio de las movidas.

Pero en cuanto terminé el instituto todo cambió. Me di cuenta de que esa no era la vida que quería. Mi madre es profesora de Arte en la universidad y me inspiró la idea de desarrollar un talento que no había descubierto, por las compañías que tenía. Aunque sigo viviendo en el barrio, ya no tengo nada que ver ni con él ni con el resto del grupo. Algunos hemos evolucionado y otros siguen atrapados en esa mierda.


Paula, 31 años. Dependienta en una tienda de ropa

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Imagino que mis inseguridades o los problemas que tenía con mi familia me llevaron a crecerme de alguna forma. A sentirme superior al resto. Por aquella época me relacionaba con ese tipo de gente, así que la espiral me llevó a ser una de ellos. Sentirse respetado molaba. Y sí, lo reconozco, repartí hostias y otras me las llevé yo.

Un día, en el metro, se sentó una chica en frente de mí y se me quedó mirando fijamente. Al principio, bueno, lo podía soportar. Pero la situación se volvió un reto que terminó en pelea. Quedamos al día siguiente, sus amigas y ella contra las mías y yo. Pillamos por todos los lados, ambas. A día de hoy lo cambiaría todo, y ojalá alguien me hubiera encerrado por loca. Las clases las dejé completamente de lado y no llegué a terminar el bachillerato. Empecé a trabajar en tiendas de ropa y ahora soy encargada en un centro comercial. Me hubiese gustado tener más donde elegir.


Sandra, 29 años. Vive en Mallorca con su novio farlopero

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Siempre iba con mi incondicional Paula y todos los fines de semana nos comprábamos una botella de Peche y un gramo de cocaína. Como mi novio era traficante, terminé aislada de un futuro con estudios, trabajo estable y amigos normales. Me había convertido en una persona insegura sin capacidad de toma de decisiones, ya que solo me sentía protegida con y por él; y después de unos cuantos cuernos y pasarlo muy mal, me dejé llevar a un pozo sin fondo en el que me he acostumbrado a vivir. Hoy estoy en el mismo puto punto que hace 15 años. Decirlo en voz alta me resulta vergonzoso, pero no sé vivir de otra manera. Dejé tantas veces tiradas a mis amigas por movidas con mi novio que ninguna quiere saber nada de mí. Por lo que me aferré fuerte a él y sigo anclada en el mismo círculo tóxico.


Carol, 32 años. Publicista autónoma

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No era una chunga cualquiera porque no seguía a raja tabla la moda de las bulleras. No me considero una buscadora empedernida de movidas pero sí reconozco que tengo la mecha corta. Eso, sumado a que tonteaba con las drogas, dio como resultado malos rollos en casa que hacían de la calle y la noche un paraíso. Llegué a pegarme con un tío, novio de una de mi barrio con la que me llevaba fatal, y acabé en el hospital ingresada por una patada en el estómago.

Por suerte, con los años se me cruzó gente maravillosa en el camino que me alejó completamente de ese mundo. Durante la metamorfosis cambié de escenario y las inquietudes empezaron a llamar a mi puerta. Estudié publicidad y ahora me gano la vida como autónoma para diferentes marcas. Me alegro de haber reconducido mi vida cuando tuve la oportunidad, porque echo la vista atrás y me veo una niñata pringada que no sé quién coño se creía que era.

Crédito de la imagen: Las imágenes no corresponden con los protagonistas de las historias.


*Todo lo narrado en este artículo es real. Los nombres se han modificado para preservar la identidad  de las protagonistas.