Así son los jóvenes españoles que han dejado todo para ayudar a los refugiados en Grecia

Algunos colaboran en ONG's tradicionales y otros okupan edificios para dar asilo a quienes huyen del horror.

“Dejo todo y me voy de voluntario”. A muchos jóvenes españoles la frase se nos ha pasado por la cabeza mientras veíamos algún documental sobre los rescates a refugiados en el Mediterráneo y comprendíamos que tiene razón el poema: nadie pone a su hijo en un barco a menos que el agua sea más segura que la tierra. A otros les ocurre cuando escriben sus propósitos de año nuevo. Pero nunca lo hacemos. Nos decimos que no es el momento, que no podemos dejar el curro ahora, que ya iremos más adelante. Y, mientras nos inventamos excusas, el goteo constante de personas que llegan a Grecia en busca de asilo persiste. El año pasado fueron más de 57.000. Después de las bombas, de las mafias, de jugarse la vida en lanchas de juguete, llegan a una Europa que muestra su hospitalidad en forma de alambradas de espino y campamentos desbordados.

Con esta realidad se topó Lourdes en enero de 2016. Durante un mes, esta joven educadora social de Albacete estuvo haciendo rescates en las playas de Lesbos. Regresó a España, “pero no podía quitarme Grecia de la cabeza”. Así que se atrevió a ser fiel a su instinto. Dejó su trabajo, empacó las maletas y pilló un avión rumbo al campamento de Idomeni, donde empezó a colaborar con un grupo de voluntarios que ayudaban a los más pequeños a superar el horror de su éxodo a través del arte y la cultura. Tras el cierre de ese campo de la vergüenza —donde llegaron a hacinarse 13.000 personas al mismo tiempo— fue una de las fundadoras del proyecto 'Open Cultural Center' en la ciudad de Polykastro, enclavada al norte del país. Allí conviven 900 demandantes de asilo a quienes la organización brinda educación no formal, basada principalmente en clases de idiomas.

Vicente

El alcohol, el peor antídoto contra el desarraigo

Tal y como explica Lourdes "para los adultos tenemos clases de inglés y de alemán, porque muchos van a irse a vivir ahí. A los niños les damos además clases de refuerzo, que trabajamos en coordinación con el Ministerio Griego de Educación”. El objetivo es que sus vidas no se queden en stand by mientras esperan. Aunque muchas veces los tiempos muertos son una trampa para adolescentes que han vivido situaciones traumáticas. “No pueden hacer su vida normal ni salir con amigos porque no están integrados en la sociedad griega. Encuentran como vía de escape el alcohol y las drogas. La situación es preocupante”, lamenta. Aún así, cada noche Lourdes llega a la cama agotada, pero feliz. “Mi vida ha cambiado totalmente, pero siento que aquí soy más útil que en España. Cuando vuelvo para visitar a mis amigas a veces no puedo compartir lo que estoy haciendo aquí: o no lo entienden o la conversación no les resulta interesante: estamos inmunizados y el tema de los refugiados está pasando de moda”, denuncia.

Okupar edificios para ofrecer refugios alternativos

A pesar de la indiferencia de la mayoría de la sociedad, en los dos últimos años miles de jóvenes españoles se han asentado a Grecia para asumir las tareas humanitarias que ha descuidado la Unión Europea. Algunos, como Lourdes, optan por hacerlo a través de ONGs tradicionales. En Atenas, sin embargo, la mayoría se han organizado en squats. Se trata de edificios que estaban abandonados y han sido okupados para ofrecer a centenares de refugiados una alternativa a los campos y a los pisos de acogida. “Los campos están en zonas rurales muy aisladas, las edificaciones son prefabricadas y hay bastante caos. Hay personas que tienen el control de varios prefabricados y especulan con ellos. Son auténticos guetos en los que se invisibiliza a la gente, a la que no ofrecen ninguna alternativa real. El problema de los pisos es que no conoces a nadie, no dominas la lengua, te sientes muy solo”, explica Miguel, un joven periodista madrileño que lleva algo más de un año viviendo en el Hotel City Plaza.

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El edificio es un hotel que fue abandonado durante la crisis y donde ahora conviven más de 300 refugiados de 12 nacionalidades distintas. “Aquí las condiciones son bastante más positivas. Tienen habitaciones con baño privado (que es un lujo), agua caliente, tres comidas al día, clases, talleres…”, enumera Miguel, quien en principio iba a pasar dos semanas en Atenas para hacer un reportaje y decidió quedarse tras conocer el proyecto del City Plaza. “Es la demostración de que solo el pueblo ayuda al pueblo. El objetivo es demostrar que hay otra manera de brindar a las personas unas condiciones de vida dignas. Aquí, a diferencia de los campos, se crean vínculos humanos. Pueden sentirse parte de una comunidad en la que nos cuidamos entre nosotros. Y la necesidad afectiva es grande cuando has abandonado todo para subirte en un bote y llegas a un país extranjero que por lo general es muy hostil contigo”, argumenta el joven solidario.

En prisión por querer continuar con sus vidas

Miguel sabe bien de lo que habla. En este tiempo ha convivido codo con codo con personas que arrastran las cicatrices, físicas y emocionales, de una violencia inusitada. “Tengo amigos cuya única ambición es poder irse a Alemania, reunirse con su novia, tener un trabajo y vivir en paz. Y llevan aquí dos años y no lo consiguen. Intentan coger un avión, pagando a las mafias 2.000 o 3.000 euros. Y les veo volver totalmente hechos polvo porque han gastado tiempo, dinero y energía para nada. Muchos otros han estado presos. Les meten junto a criminales por el mero hecho de querer aspirar a una vida próspera”, explica. Miguel está acostumbrado a paladear la rabia y la impotencia, pero intenta que eso no le bloquee en el día a día. Sus jornadas en el City Plaza transcurren impartiendo clases de idiomas y de guitarra a solicitantes de asilo. Allí cada joven solidario puede elegir su nivel de compromiso: algunos hacen turnos en el almacén, otros en la recepción o en cocina. La mayoría de los voluntarios internacionales que residen en el edificio son españoles. “Creo que tiene que ver con la precariedad que hay en España. Muchos preferimos estar ayudando aquí que encerrados en una oficina cobrando 300 euros o sin trabajo”.

Miguel

Una clínica insólita

Ana es una de esas jóvenes españolas que decidió salirse del guión pautado para echar una mano en Grecia. Cuando acabó la carrera de Medicina y sus compañeros se encerraron a estudiar el MIR, esta burgalesa de 24 años embarcó a Atenas junto a una amiga. Desde hace diez meses colabora con Spirou Trikoupi, un antiguo edificio de oficinas donde ahora residen cerca de un centenar de refugiados. Su interior parece la torre de Babel: el árabe, el farsi, el inglés y el castellano resuenan ampliados por los gritos de los pequeños que corretean en los pasillos. Algunos de ellos han pasado por la clínica del inmueble, donde Ana ofrece atención primaria a todo el que la necesite. Asiste sin distinciones a personas sin hogar, residentes del edificio o habitantes del resto de la decena de squats que se reparten por Atenas. "Generalmente vienen con cosas normales, como dolores de cabeza, aunque a veces viene gente que está viviendo en la calle y tiene unas heridas desde hace un mes infectadas y que supuran. No son cosas muy graves, pero hay que cuidarlas".

Contra la infantilización de los refugiados

A diferencia del City Plaza en Spirou Trikoupi son los propios refugiados quienes se organizan de manera completamente autogestionada. "Al principio era difícil, porque si esta forma de organizarse era nueva para nosotros imagínate para ellos que vienen de regímenes dictatoriales. Tendían a pedirnos permiso y teníamos que explicarles que no éramos sus jefes. Han tenido una evolución brutal", reconoce satisfecha. Ana hace hincapié en la necesidad de marcar distancias con el modelo asistencialista de las ONG's. Lamenta que, con ese trato, muchas veces se infantiliza a quienes demandan asilo. "Está claro que lo han pasado mal. Pero si les damos todo hecho no les estamos ayudando. Les estamos limitando. Obviamente les vamos a orientar porque, como europeos, hay cosas que nos resultan más familiares. Pero ellos tienen que ser responsables de su vida, del sitio donde viven y de su familia", reflexiona.

Jose Márner

A pesar del infatigable trabajo que ocupa sus días, Ana es consciente de que experiencias como la de Spirou Trikoupi no llegan a cubrir los huecos que deja la falta de compromiso institucional. "Al final lo que hacemos es poner parches. Yo estoy en un edificio en el que viven 100 personas. Hay 60.000 refugiados en Grecia. Está claro que no se puede solucionar la situación de todos así. Y aunque se les pudiera dar alojamiento, comida y una forma de vida digna no es lo que quieren. Lo que buscan es seguir adelante con sus vidas y al final están atrapados por una situación absurda. Les tenemos retenidos en un sitio. No sé qué tipo de solución es ésta".

Mientras los refugiados esperan una solución que se retrasa demasiado, jóvenes como Lourdes, Miguel y Ana continúan dejándose la piel lejos de los focos y la autocomplacencia. Son el reverso de una Europa egoísta y enferma. Y, sin saberlo, también suponen un referente a seguir para todos los que no hemos reunido aún el valor para seguir su ejemplo. A todos nosotros, Ana nos lanza un mensaje. "No hace falta irse tan lejos. En la frontera sur de España también es necesaria una acción de este tipo. Pero lo tenemos más normalizado porque lo llevamos oyendo desde pequeños y están más olvidados. Hay un millón de sitios, no solo los que salen en la tele. Y lo digo yo que me vine aquí porque era lo que veía en las noticias", concluye.