Una joven que tiene ataques de pánico te explica cómo convivir con ellos

Estaba esperando a una amiga en el metro cuando, de repente, lo que en principio era una situación cotidiana se convirtió en una pesadilla. Tuvo un ataque de pánico. "Sentía que me ahogaba, las piernas me fallaban y tenía el corazón desbocado. Estaba muy asustada, pensaba que mi integridad física y mental estaban en peligro", nos cuenta Judit S. —que prefiere no dar su nombre completo y que la llamemos Jud, como sus amigos—, de 22 años, en la sede de la asociación que lucha contra el estigma en torno a la salud mental, Obertament.

Con la tranquilidad que le otorga haber madurado su experiencia, recuerda a la perfección unas sensaciones que no le dieron más opción que marcharse a casa y como, cuando todo pasó, se sintió tan estúpida por haber dejado a su amiga plantada que volvió al metro. Pero al encontrarla, ella se quedó muy lejos de comprenderla. Solo supo iniciar una discusión que acabaría socavando, aún más, sus ánimos.

Ella es una de los más de 260 millones de personas en el mundo que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), tienen trastornos de ansiedad. Entre estos se encuentran los ataques de pánico, una enfermedad mental desconocida para algunos e incomprendida por otros que encasillan en falsos estigmas como que "es algo que no existe" o que "es propio de alguien que está loco". 

Pero, según define Héctor Galván, Director Clínico del Instituto Madrid de Psicología,  "consiste en la aparición súbita y temporal de malestar y un temor muy intenso, sensación de peligro, catástrofe inminente o incluso miedo a morir. Pueden aparecer en cualquier momento, aunque no haya nada objetivo que temer". Eso sí, Galván deja claro que, en función de cada persona, este trastorno puede deberse a unas causas u otras.

Predisposición biológica, educación y familia, creencias propias del individuo y haber vivido un suceso estresante o traumático, son los factores que, de acuerdo con el experto, desencadenan los ataques de pánico. En su caso, Jud reconoce que se debe a la inferioridad y vulnerabilidad que siente cuando está en sociedad y a experiencias traumáticas que le hacen tener miedo de que los demás le hagan daño. Cuando le sobreviene un ataque de pánico provoca que su visión del mundo de un vuelco. Pero, al igual que Galván, asegura que en otras ocasiones no hay ningún motivo, simplemente ocurre.

Una vida condicionada por los ataques y la incomprensión

Tuvo su primer ataque a los ocho años mientras caminaba por la calle. Pero fue a los 12 cuando las crisis empezaron a visitarla con frecuencia y no tuvo más opción que empezar a luchar contra ellas en lugares como el instituto, el metro y tiendas con un único objetivo: vivir su vida. "Recuerdo que tras un ataque regresé a casa, me metí en la bañera y me puse a llorar. Tampoco se lo comenté a nadie. No quería preocupar, ni ver como no me comprendían, ni sentirme una carga", explica al traer al presente una de las muchas vivencias que le han hecho sentir, a lo largo de los años, que lucha sola contra esta afección.

Jud explica que su familia y amigos han invisibilizado este trastorno haciendo ver que no ocurre nada, como si no llevara diez años luchando contra sí misma, sin saber ofrecerle lo que siempre necesitó. También han mostrado una absoluta incomprensión a base de premisas como "estás mal de la cabeza" o "¿cómo no puedes hacer algo tan normal como ir al súper?". Comentarios y actitudes que, según ella, provocan que uno se sienta "más anormal, culpable e inferior y que después le baje la autoestima, se encierre más en sí mismo y le cueste más pedir ayuda".

Es por ello que no puede evitar afirmar que, si no hubiese estado rodeada de personas que "tiran más mierda encima de los problemas", habría tenido más fuerzas para enfrentarse a una realidad que jamás escogió. "Lo llevas todo tú, y si no puedes con ello, a ver qué pasa contigo", sostiene resignada.

Cómo combatir el miedo

Es una evidencia que no es nada fácil convivir con ataques de pánico y, aún menos, esconderlos. "Palpitaciones, sudoración, ahogos, náuseas, temblores y dolor en el pecho y miedo a morir, a desmayarse, a perder el control o a volverse loco", repasa Galván sobre los síntomas de un trastorno que a Jud le ha costado mucho tiempo, esfuerzo y voluntad aprender a controlar.

Hasta el momento, ha encontrado dos métodos que le han sido útiles en algunas ocasiones. Uno consiste en visitar gradual y regularmente los espacios en los que ha sentido que el mundo se le venía encima con la intención de librarlos del miedo, para percatarse de que, en realidad, el pavor únicamente está en su cabeza. El otro se trata de tranquilizarse y restarle importancia a la situación hablándose a sí misma a base de reflexiones como, "tranquila, estás teniendo un ataque de pánico" o  "no pasa nada, no es un peligro real".

Encontrar la forma de relajarse también es uno de los consejos que ofrece el psicólogo Galván, además de no intentar combatir los ataques y evitar pensamientos negativos. Estrategias que para Jud son la forma de no utilizar el desesperado recurso de salir corriendo del lugar en el que ha sufrido la crisis para encerrarse en casa. Hoy se arrepiente de haber recurrido a esta opción cuando tenía 12 años porque esta provocó que tuviera agorafobia, que convirtiera su casa en su particular y diminuto mundo. "Tenía tanto miedo que estuve un año encerrada en casa. Fue horrible", recuerda.

Con una sonrisa en el rostro y optimismo en la mirada, Jud cree, después de diez años de su primera mala experiencia, que su salud ha mejorado. Los ataques de pánico vienen de forma más esporádica y, por fin, puede decir que se siente bien. Aunque eso no le impide pensar que su llegada marcó un antes y un después en su vida. Convivir con los ataques de pánico limitó su rutina, se perdió experiencias como ir al instituto, pasear y conocer nuevos lugares. En definitiva, vivir como cualquier joven tendría que poder hacerlo: sin miedo.