Fui Una Intrusa En Una Boda Marroquí Y Sentí Un Tremendo Subidón Cultural

Cada viaje es único, pero para muchos la mejor forma de descubrir un lugar es desde las entrañas de su cultura. Por eso, cuando un amigo me invitó a la boda de su tía en un pueblo de Marruecos no me lo pensé dos veces. Y cuando me contaron que la boda era tradicional, que la celebraban en el garaje de su casa y que yo iba ayudar a la familia (que todavía no conocía) a recibir a los más de 100 invitados, me arremangué y me froté las manos, porque sabía que se avecinaba un festín cultural.

Allí el bodorrio dura tres días y no es cualquier cosa. Los rituales cambian un poco según la zona del país, pero la ceremonia que yo viví era en Bab Taza, un pueblo a pocos kilómetros de Chefshauen, la maravillosa ciudad azul. El surrealismo ya nos envolvió de camino desde el aeropuerto, cuando nos paró un policía (suelen pedir sobornos en forma de 'multas' por cualquier cosa). En lugar de dinero, cuando supo que mi amigo era deportista le pidió consejos para para perder unos kilos, tocándose el barrigón. ¿Qué puede ir mal cuando un viaje empieza así?

Al llegar conocí a la familia cercana. La madre, organizadora principal del tinglado, era toda amor y energía. Su hermano es imam (figura religiosa del islam), y cuando me lo presentaron no supe cómo actuar porque me habían dicho que los más religiosos ni siquiera miran a las mujeres a los ojos. Pero esta familia es relativamente abierta, tienen familiares viviendo por Europa y entienden que ahí se viva distinto. Así que el hombre me estrechó la mano chapurreando alegremente algunas palabras en español, algo habitual a raíz del dominio político que España tuvo en la zona hasta los años 50.

Separados pero revueltos

Lo que no sabía es que me iban a separar de mi amigo nada más llegar, porque la ceremonia de la vigília del enlace (así como el resto de la boda) la celebran los hombres en una sala, y las mujeres, en otra. Se me puso cara de cachorro huérfano cuando a la única persona que conocía se la llevaron sus tíos entre jolgorio y abrazos, y a mí me metieron en un salón con 40 mujeres desconocidas, velo incluido. Algunas de ellas solo hablaban árabe, y mis nociones básicas dan risa. Lo bueno de estas situaciones es que no hay ni que romper el hielo: está ya hecho añicos, porque el estímulo cultural es tan elevado que empiezas a ser a la vez espectador y actor de poco menos que una aventura.

Evidentemente yo era un pez fuera del agua, pero me fui relajando a base de sonrisas recibidas. Fui relativizando mi posición: era una extranjera, pero era bienvenida, así que me empapé del momento. Las niñas me hablaban en francés (segunda lengua en el país) y les empecé a preguntar de todo sobre sus vidas: me encantaron sus miradas entusiastas e ilusionadas, que contrastaban con las de las madres, algo más reservadas. Mujeres de todas las edades tocaban tambores y cantaban con devoción alrededor de la novia, que estaba inmóvil, sentada en un sofá, con las manos en alto para que se le secase la henna que le acababan de poner. Las niñas me llevaron de la mano hasta un rincón, donde una mujer aplicaba este tinte de piel a todas las invitadas. En cinco minutos tenía un dibujo precioso en las manos que me duraría una semana.

Hasta las seis de la mañana sin una gota de alcohol

La noche siguiente se celebraba la ceremonia principal. Lo bonito de este viaje es que era físico y mental, y mis pensamientos daban tumbos conforme pasaban las horas. Me sentí una princesa cuando me alquilaron un vestido tradicional a medida y flipé cuando todas las mujeres hicieron una especie de procesión musical por todo el pueblo, hasta llegar a casa de la novia. Mientras tanto, por detrás se iban añadiendo jóvenes saltarines que les gritaban mensajes de buena suerte a los futuros esposos.

Más tarde, en el garaje más engalanado que he visto en mi vida, unas 80 mujeres se sentaban en mesas redondas mientras un grupo de séis músicas incansables le daban a la percusión. La mayoría de canciones y cantos son religiosos (y no hace falta ser un experto para distinguir tanto allah entre nota y nota), lo que no quita que muchas mujeres se entreguen al baile. Yo hacía lo que podía con mi coordinación de pato. De repente, una de las mujeres me tendió un pañuelo y pensé "ya la has liado, quieren que te cubras". Pero nada más lejos de la realidad. Muchas mujeres, al bailar, se atan un pañuelo alrededor del vestido, debajo de las nalgas, para que se les marque más la figura y obtener más dinamismo.

Las más jóvenes fueron las indiscutibles aliadas de una "invitada infiltrada"

Pero eso es algo impensable delante de un hombre que no sea de la familia, como si solo pudieran ser ellas mismas lejos de las miradas masculinas. Los únicos que entraban a la sala eran los familiares cercanos de la novia, que tenían que ayudar a organizarlo todo y traían platos de la cocina. Evidentemente, tuve pensamientos indisociables de mis valores, porque tampoco puedo relativizar aunque respete otras culturas: opino que la separación de las actividades por género crea estigmas, miedos y perpetúa las desigualdades.

Solo era medianoche y nadie parecía tener prisa. La ceremonia duró tantas horas que creo que me lo pasé mejor yo, sujetándome el vestido y corriendo arriba y abajo con vasos y platos, que algunas de las asistentes. La novia se cambió de vestido cuatro o cinco veces durante la noche y desfiló, primero sola y después junto a su marido, al son de la música y los cantos. En una de sus entradas, cuatro chicos de la familia la levantaron en una plataforma y le dieron vueltas paseándola por la sala, cual reina. Sudaron la gota gorda, porque la plataforma pensaba tanto que casi se les cayó un par de veces. Mientras tanto, la madre de mi amigo se meaba de risa. 

El pastel no salió hasta las cinco de la madrugada, pero más valía que la familia de la novia no tuviera sueño porque, después de eso, les tocó llevarse a la pareja y a los invitados de él en coche hasta Rabat (a tres horas) donde vivirán ahora. Al día siguiente (es decir, unas horas más tarde), la familia del novio celebraría una comida para culminar la boda. Por suerte, yo después del pastel pude caer muerta tras la fiesta sin resaca más larga de mi vida.

Me encantó encontrarme, constantemente, fuera y dentro de un mundo tan distinto, pero no más raro que el nuestro en cuanto a rituales. Me hicieron sentir como en casa cuando era evidente que no lo estaba y, a largo plazo, no podría estarlo, porque no sería capaz de adaptarme a muchas de sus costumbres y roles de género tan arraigados. Sin embargo, me siento afortunada por haber conocido a esa familia maravillosa que me abrió las puertas de su casa. Corroboro que no hay nada comparable con la droga sana que supone el shock cultural.