Me infiltré en una 'Chemsex' y vi sexo, drogas y una crudeza casi animal

Madrid. Mediados de octubre. Llevo diecisiete minutos esperando delante de una de esas panaderías que parecen más bien templos de alabanza a la harina. Aprieta el hambre. Me decido por dos empanadillas de espinacas con piñones. Miro el reloj. Alguien debería aparecer pronto para hablarme de esa palabra que, hasta hace unos días, faltaba en mi diccionario: 'chemsex'.

No he dado el primer bocado cuando acierto a ver el reflejo de una figura por determinar que se aproxima con paso decidido. "Buenas, ¿eres Adrián? Soy Andrea, encantada". Voz áspera, ligero acento del sur y unos ojos claramente ensombrecidos por el cansancio de intensas jornadas de jaleo nocturno. 20 minutos de conversación bastan para ponerme sobre la pista: la fiesta será esta noche, a partir de las diez, en un piso antiguo reformado que está en uno de los barrios más céntricos de la capital. ¿Dress code? Indiferente, aquí todos van desnudos.

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Chemsex, neologismo inglés de chemical sex. Sexo químico, vaya. No hace falta ser Alan Turing para descifrar el concepto: esto va de compartir fluidos y ponerte hasta las cejas de drogas sintéticas. Junto a un montón de gente. Durante muchas horas. Sin control alguno. Vamos, el típico plan tonto de fin de semana que, de airearse, haría que tus padres se prendieran fuego a lo bonzo. Andrea me dicta las normas, muy claras: "No eres periodista, no haces fotos y no identificas a ninguno de los presentes". No da nombres, pero confirma que existen personajes más o menos conocidos que no son ajenos al mundillo. También asegura que no hay menores. "Todo claro, entonces. Bueno, ¿vas a venir?".

Son las dos menos cuarto de la madrugada. Llueve un poco, pero eso no impide que decenas de personas se concentren ya en los aledaños de una conocida discoteca del centro de Madrid. A unos pocos metros, dos personas esperan a los pies de un edificio oscuro de siete plantas y ventanales grises. Es, por lo visto, la sede habitual de esta chemsex. Identifico a Andrea. A mi lado, un colega de profesión que se ha apuntado al lío. Convenimos que nuestra carta de presentación será más consistente si nos presentamos fingiendo ser una pareja gay.

Cuando vas de 'tapado' es absolutamente fundamental no desentonar demasiado y, a fin de cuentas, vamos a una fiesta en la que el público es mayoritariamente homosexual, aunque también puede participar gente con otras orientaciones. Un par de presentaciones rápidas y para arriba: nuestro objetivo está en el quinto. Allí, un buen número de personas llevan ya varias horas sumergidas en su propio mundo.

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Los segundos de ascensor se hacen infinitos. Me sudan las manos. Me he enfrentado a más situaciones incómodas en esta profesión con anterioridad, pero esta será mi primera experiencia como infiltrado. Ir a un lugar donde sabes que no eres bien recibido no es fácil. Hacerlo acompañado tranquiliza, pero dobla los riesgos. Y mi tendencia a la risa nerviosa tampoco ayuda. Más tarde, comprobaré que aquí nada es divertido. Intento no mirar demasiado a mi compañero y trato de concentrarme en el objetivo. Llegamos. La puerta, de madera y con blindaje doble, está entornada. Dentro, pocas luces, muchas voces y algo de música electrónica. Momento de ser dos más en esta bacanal. O, al menos, parecerlo.

Entramos los cuatro por un pasillo estrecho, larguísimo y plagado de pósters de películas francesas de las que jamás he oído hablar. Se respira un ambiente cargado; un olor denso y pegajoso, a partir de una extraña combinación de alcohol fermentado, comida rápida y fluidos corporales que impregna todos los rincones de la primera estancia. Allí, un pequeño grupo de invitados etílicos se manosea sobre colchonetas infladas. De un rápido vistazo, compruebo que, además de Andrea, solo hay una chica. El resto, todo hombres. Al margen, claro, de la figura de género indefinido que, a pesar de la música atronadora, dormita sobre un sofá plagado de pañuelos. Me siento totalmente fuera de lugar y empiezo a pensar que alguien nos va a descubrir. Pero nadie presta atención, están todos a lo suyo, en una especie de trance.

Avanzamos hacia el salón principal sorteando bolsas de basura amontonada y cruzándonos con algún despistado que nos mira con curiosidad lasciva. Nuestros acompañantes tuercen hacia la cocina, donde se supone que hay un cóctel químico de bienvenida, un clásico en toda chemsex que se precie. Alcanzo a ver una pequeña mesilla de cristal sobre la que se reclinan dos chicos jóvenes. Otro; extranjero, algo más mayor y con el cuerpo cubierto de tatuajes y perforaciones, prepara un canuto de marihuana. Sobre la encimera descansan restos de pizza, una cajetilla de tabaco, varios blísters de pastillas azules y otra bandeja con sustancias que no llego a identificar. Entiendo que, entre ellas, debe estar la mefedrona -también conocido como 'mefa' o 'miau miau'-, un compuesto famoso en estos encuentros por facilitar la desinhibición eufórica entre los consumidores.

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Nos queda claro que este no es territorio vedado a ningún tóxico. Sigue apareciendo gente. Algunos se saludan como si se conocieran de antes.  De repente, una mano empieza a tocarme por detrás, y a mí se me ponen a temblar las piernas. En estos momentos, me quiero morir. "Eh tío, tranquilo, que estamos juntos". Miro a mi colega y juro internamente que le invitaré a unas cuantas rondas en cuando salgamos de aquí. Decidimos continuar hacia el fondo. Al pasar por delante de una habitación, Big Impact: Un hombre bastante mayor embistiendo a un chico con pinta casi de adolescente. Joder, esto se está poniendo feo. Y tenemos un problema más grave: A estas alturas, somos los únicos que vamos vestidos. La gente va a empezar a sospechar, así que hay que dar un paso más. Eso o nos vamos. Pues nada, eso.

Cuando quiero darme cuenta, me encuentro parcialmente desnudo y totalmente muerto de la vergüenza. Esto no va a funcionar. Me juro que es la última vez que me meto en algo así. En un descuido, nos colamos en uno de los baños y echamos el pestillo. Imagino que, si nos han visto, pensarán que solo estamos buscando algo de privacidad. "¿Qué cojones hacemos, tío? Vámonos de esta mierda". Empiezo a creer que mi compañero tiene razón. Además, una jeringuilla abandonada al lado del retrete me agita los fantasmas del miedo infantil a compartir espacio con los efectos de la droga más dura. Decidimos volar de aquí cuanto antes.

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Salimos del baño y nos damos de bruces con dos chicos que se lo están montando furiosamente contra el sofá. No puedo evitar fijarme en que no llevan preservativos. Caigo en que aún no he visto ninguno. Vamos, que las chemsex son también una fiesta para el VIH, la hepatitis y otras enfermedades de transmisión sexual. Me he quedado bloqueado, pero se hace fundamental buscar un sitio donde no llame la atención. De camino a lo que parece otra habitación, me cruzo con Andrea, que pasa olímpicamente de mí. Me encuentro con nuevas miradas, nuevos cuerpos sudorosos y nuevas invitaciones veladas o explícitas que, pese a llevar un buen rato allí, no puedo evitar que me incomoden. Resuelvo perderme entre las sombras.

Una vez apartado del bullicio, logro entablar algo parecido a una conversación con un chaval de Argelia. Está desnudo y lleva peluca rubia y los labios pintados de negro. Asegura que es heterosexual, que lleva tres días sin dormir y que echa de menos a su madre. Surrealismo grotesco de manufactura kafkiana. De repente, escucho voces. Veo a mi compañero recoger su ropa y salir del piso. Los gritos llegan desde la escalera. No sé qué ha podido pasar, pero asumo que ya no pinto nada aquí. Disimuladamente, cojo mis cosas y me deslizo por el pasillo hasta llegar a la puerta.

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Tengo una extraña sensación difícil de explicar. Va a sonar extraño, pero me siento un mierda y un farsante. A fin de cuentas, he estado violando la intimidad de unos individuos, perfectamente libres, que pueden hacer lo que quieran con sus vidas. Pero esto es serio. Muy serio. Aquí, las drogas, las enfermedades y el descontrol absoluto forman parte de un menú servido en la peor de las mesas. Al margen de filias u orientaciones sexuales, lo que he visto ahí es de una crudeza casi animal.

Al final, solo me queda pensar que, seguramente, haya algo de eso. Incluso, es posible que el sexo sea lo de menos. Y las drogas, que quedan reducidas a meros instrumentos para bloquear los sentidos. Puede que, en definitiva, esta sea otra forma absurda de buscar salidas a inseguridades sociales o a inestabilidades de carácter emocional. Que todo sea un simple error de estrategia vital. Y que, por eso, la búsqueda del equilibrio se haga, paradójicamente, llegando a los extremos. Quizá 'chemsex' sea solo otro concepto inventado para definir lo que algunos evitan llamar por su nombre: la huída hacia adelante y sin contemplaciones.

Fotos: fábiotavares, specialkand,tinaboysf, innereyes