Hostias De Las Que No Te Vas A Salvar En Los 20

Esto es lo que hay en los 20. Para correr muy rápido y con mucha agilidad, antes has tenido que tropezar muchas veces, y algunas también con la misma piedra (pero es que hay piedras que están muy buenas). En los 2o es el momento de aprender un kilo de lecciones, y a veces no hay más remedio que aprenderlas a la manera tradicional: a hostia limpia.

Somos jóvenes idealistas que venimos del país de la piruleta, de los parques con columpios, los cuentos antes de dormir, y los padres que nos arropan. ¿Hace cuánto que no os arropan? Solo de pensarlo ya me siento miserable. ¡Siempre debería haber alguien dispuesto a arroparnos! Pero el caso es, que lo mismo que aprendemos que las heridas se curan solas aunque la profe no nos las sople, en esta edad tenemos que aprender otro montón de cosas más.

1. No todo el mundo te quiere

Es alucinante, con 20 meses todo el mundo te veía y te quería hacer una pedorreta en la barriga. Les parecías, mono, adorable y de lo más achuchable. Con 20 años en cambio, ya nadie querrá hacerte una pedorreta en la barriga, y francamente, si lo hacen, nos parecerá bastante desequilibrado. Pero no deja de ser un golpe duro, darte cuenta de que el amor a veces no es correspondido, y de que esforzarte por ser querido no solo no funciona, sino que puede ser contraproducente. Tenemos que aprender simplemente que no todo el mundo puede querernos, pero que eso está bien, porque tampoco nosotros los queremos a todos. Es más, a algunos solo los queremos lejos.

2. La vida cuesta dinero

Y ya sé, el dinero no da la felicidad, aunque a mi no me importaría mucho llorar en un yate. Pero una cosa es verdad. Todo cuesta dinero, hasta la cosa más pequeña en la que jamás habías pensado, porque tus padres se ocupaban de todo. Tal vez tenías consciencia de que pagaban la comida, o el alquiler, pero nunca pensaste en que pagaban impuestos, seguros de hogar, seguros de vida, pagaban autónomos si lo eran, y pagaban a la comunidad de vecinos. Joder, con todo lo que pagaban podían haberse comprado ese yate en el que ir a llorar. Pero no hay yate, solo la realidad aplastante de lo que cuesta todo.

3. La pregunta venenosa de ¿y tú qué quieres ser de mayor?

"Yo de mayor quiero ser astronauta, no, futbolista, no, estrella de rock". No sé vosotros pero yo no soy ni astronauta, ni futbolista, ni estrella del rock. Es más, iré más lejos y diré que no conozco a ningún niño de mi colegio que se haya convertido en nada de eso. Como mucho conozco a algún colega ya en los 30 que trata de acabar la carrera de ingeniería espacial, otro que es entrenador de futbito de la escuela, y alguna amiga que desafina borracha en las noches de karaoke del bar de abajo. Esta realidad es muy deprimente, pero la hemos aceptado a fuerza de ostias. El Spanish Dream, debería ser más bien: "Yo de mayor quiero que la pensión me llegue".


Pero para contrarrestar esta entrada tan amarga y fatalista, os confesaré un secreto. Las ostias duelen pero también nos hacen más fuertes. Y la realidad es que después de pasar el golpe, nos damos cuenta de que a pesar de todo, seguimos considerándonos personas esencialmente felices. Las adversidades ponen solo el contexto, pero el tema principal, el quid de la cuestión mi querido Watson, la ponemos nosotros desde el corazón, desde lo más hondo de nuestra patata. Y eso nos hace absolutamente inmunes a la borrasca que sopla fuera.