Los hombres deberíamos besarnos y abrazarnos más

La masculinidad clásica es consecuencia del modelo social y no de los rasgos biológicos de los hombres

Un beso en la mejilla. Pero no la clase de beso fugaz que das a un desconocido cuando te lo presentan. No, no. Un beso en condiciones. Lleno de amor y seguido de un abrazo que dice muchísimas cosas. O un "te cojo la mano porque sé que has tenido un putísimo día de mierda". O tumbarse despreocupados en el sofá con un puzzle de piernas como tantas veces hemos visto hacer a las mujeres. Es la clase de cariño honesto y de naturalidad que los hombres tenemos vetado entre nosotros. ¿Qué absurdo no?

Porque sí, las cosas van cambiando. Poquito a poco vamos reconfigurando nuestras ideas en torno a la masculinidad y nos permitimos romper ciertas barreras físicas que nos han separado durante siglos de otros hombres. Pero esa vocecita "viril" que han programado tan dentro de nosotros es tan pesada que, por mucho que sepamos que está bien, que es sano, no podemos evitar sentir a veces una sensación de extrañeza o incomodidad. Algo que las mujeres, por suerte, no experimentan tan a menudo entre ellas.

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No acusen a la biología

Para explicar esto, la maquinaria cultural (cine, televisión, medios de comunicación) de la sociedad patriarcal lleva décadas aludiendo a unas supuestas diferencias genéticas entre hombres y mujeres. Teoría que Ana María Egido, psicóloga de El Prado Psicólogos, niega: "La masculinidad tradicional está basada más en expectativas sociales que en diferencias biológicas. Y asumir esto es muy importante porque si no responde a una base biológica, significa que podemos trabajar en ello y modificarlo".

Y es imprescindible que lo hagamos porque todos esos valores, creencias, estereotipos y comportamientos que los hombres hemos interiorizado de este modelo social nos hacen mucho más daño del que podemos imaginar. Después de todo, somos animales sociales, y sentirnos conectados físicamente a nuestros colegas o hermanos o padres nos reporta mucha armonía y alegría. De lo contrario, dice Ana, estamos perpetuando "una tendencia al aislamiento y a la no expresión emocional" que nos reprime.

Porque es evidente: nuestra biología nos pide amor y no hace distinciones. La culpa está ahí afuera. Pero la falta de cariño, tal como señala la especialista, no es la única herencia envenenada que hemos recibido los tios. "Estos comportamientos y estas percepciones van modificándose y cada vez hay más intimidad afectiva entre los hombres. El problema suele estar a la hora de poner palabras a lo que sienten, la dificultad para decir que están tristes o miedo a expresar que están enfadados", comenta Ana.

Callo, luego sufro

Según cuenta la psicóloga, "las personas que han crecido en un ambiente donde no se ha legitimado la expresión emocional tienen a la larga más dificultades para afrontar el estrés, más posibilidades de sufrir trastornos de origen psicosomático y mayor tendencia al abuso y adicción de sustancias". Y, aunque está claro que la singularidad de cada casa, de casa escuela, en fin, de cada vida, juega un papel crucial, no podemos obviar que el ambiente social en general deslegitima la expresión masculina de su mundo interior.

Es ese "los hombres no lloran", "los hombres son duros" o "los hombres no se tocan" que recoge Lewis Howes en su libro The Mask of Masculinity, del que ya hablamos aquí. Todos esas actitudes —y comportamientos derivados— que, en palabras de Ana, "son generados más por la sociedad que por rasgos psicológicos propios". Algo que resulta muy evidente en esos hombres que tienen una fuerte predisposición a ser cariñosos con sus novias, sus amigas o sus perros pero parecen robots con sus colegas.

Contra el antiamor masculino

Vale, a estas alturas de la película casi todos los hombres somos ya conscientes de por qué nos cuesta tanto ser amistosamente íntimos con otros tios. También, en la mayoría de casos, de que nos gustaría revertirlo. La pregunta clave es si es posible o no cambiar la percepción de intimidad y de límites físicos con otros hombres que tenemos tan arraigada o si por el contrario tendremos que esperar a las siguientes generaciones. Ana cree que sí, que es posible revertirlo desde dos ópticas.

"Por un lado, puede modificarse mediante el replanteamiento de la masculinidad, creando consciencia de las condiciones sociales y culturales que han generado esta percepción", asegura la experta. Un trabajo colectivo que incluye artículos como este. "Y por otro lado, de forma individual, mediante la reflexión y la psicoeducación emocional. Debemos ser conscientes de los estereotipos de género para combatirlos y debilitar las expectativas y mandatos asociados a ellos", añade Ana.

Que te resulte antinatural darle un beso a tu compañero de piso cuando vuelves del curro y te alegras de verle no tiene nada que ver con tus genes. Tampoco, en la mayoría de casos, con tu personalidad. Es cosa de este mundo loco lleno de prejuicios y homofobia. Pero como todas las grandes tonterías de la humanidad, también esto está destinado a desaparecer. Y empieza contigo. Diciéndole a esa voz que se incomoda que el amor no es debilidad, es tu mayor fortaleza. Así que corre, fuera cadenas y que viva la ternura.