Se hizo pasar por enferma para denunciar los malos tratos en un manicomio

“A medida que el vagón atravesaba los jardines y se acercaba al manicomio, mi satisfacción por haber logrado mi objetivo se iba atenuando al ver las caras de angustia de mis compañeras de viaje. Pobres mujeres, sin esperanza de una salida rápida. Conducidas a una prisión sin haber cometido falta alguna y probablemente de por vida. En comparación, ¡qué fácil sería caminar hacia la horca en vez de hacia esta tumba de horrores vivientes!”.

Quien escribe estas líneas no las extrae de su imaginación: es Nellie Bly, una valiente periodista del New York World y todas a su alrededor creen que está loca. No loca en sentido metafórico, no: literalmente loca. Demente. Enajenada. Bly está a bordo de un tren viejo y destartalado que la traslada al asilo de la isla de Blackwell y finge sufrir una enfermedad mental para infiltrarse, como una paciente más, y sacar a la luz pública los secretos de una institución demasiado oscura.

Corría el año 1887 y era la protagonista de una gesta que podría inspirarte hoy aunque haya pasado casi un siglo y medio  — que se dice pronto —. A sus 23 años, Nellie Bly tenía unos ovarios que ya querrían muchos periodistas hoy, y con su artículo Diez días en un asilo inició un nuevo género: el del periodismo infiltrado. El de investigaciones con más de espionaje que del monótono pregunta-respuesta que puede terminar siendo un reportaje.

Pero basta de contexto: volvamos al vagón oscuro y húmedo. A Nellie oliendo el temor y la desesperación propio de unas ovejas conscientes de dirigirse al matadero. Recordando cómo había dicho "sí" a su editor jefe — nada menos que un tal Joseph Pulitzer — cuando este le propuso el tema, cómo se pasó noches frente al espejo ensayando expresiones dementes, cómo la habían examinado hasta cuatro médicos y habían certificado que sí, que efectivamente estaba loca.

Tal vez, sus recuerdos en aquel momento volaban aún más atrás en el tiempo. Hacia los días en los que aún se llamaba Elizabeth Cochrane — en la prensa del siglo XIX, las mujeres no podían firmar sin pseudónimo —, los días en los que un artículo misógino titulado ¿Para qué sirven las mujeres? la había enfurecido lo suficiente como para responder por carta al Pittsburg Dispatch, el periódico local de su pueblo, cuyo editor la contrató de inmediato al leer su texto ardiente.

Nellie pensaba también en el vagón en lo que se iba a encontrar en el manicomio: buen trato de las enfermeras, preocupación por los enfermos, comodidad, etc. Al fin y al cabo — pensaba la periodista — los ciudadanos de Nueva York pagaban sus impuestos para que la administración cuidase bien a las personas más necesitadas de ayuda, aquellas que requerían tratamiento, ¿no? Lamentablemente para ella, la realidad suele imponerse con demasiada facilidad a los titulares que uno plantea en su cabeza.

Agua helada, pan duro, bazofia servida como comida, bancos rígidos y fríos en los que las internas — el manicomio de Blackwell solo acogía a mujeres — eran obligadas a permanecer sentadas todo el día, aisladas y sin más distracción que la de conjeturar cuál será la siguiente ración de mierda. El mal humor, los golpes y los malos tratos eran la norma por parte de una legión de enfermeras amargadas, crueles y — ellas sí — bien alimentadas.

“Estás en una institución pública, y no puedes esperar recibir nada. Esto es caridad, y deberías estar agradecida por cualquier cosa que te demos”, transcribió Nellie de boca de una de estas enfermeras. Vejaciones, abusos y desprecio atraviesan las líneas del reportaje de la infiltrada, que advirtió un asunto curioso: aunque se había estado entrenando para fingir bien la locura, desde que entra al manicomio ni siquiera intentó mantener el papel: “Hablaba y actuaba como lo haría en mi día a día, y — por raro que pueda sonar — cuanto más sanamente me portaba, más loca creían todos que estaba”.

Curiosa paradoja, que la pluma de la periodista no dudó en denunciar. “Fui declarada demente por cuatro expertos médicos ¡y me encerraron tras los inmisericordes muros y rejas de un manicomio! Comparen este caso con el de un criminal, a quien se le dan todas las oportunidades de probar su inocencia. ¿Quién no preferiría ser un asesino y tener la posibilidad de vivir que ser declarado demente, sin esperanza de escapar?”, subrayó en su artículo.

Nellie pasó diez días en aquel agujero, en aquella “trampa para ratas” — fácil de entrar, difícil de salir, apunta —. Diez días en los que vio cómo las enfermeras obligaban a las enfermas a hacer todo el trabajo de mantenimiento y limpieza, cómo obligaban a las pacientes a no levantarse de los bancos durante horas, cómo las toallas y el agua del baño se reutilizaban, interna tras interna. En palabras de la periodista: “¿Hay algo — excepto la tortura — que pueda llevar a la locura más rápido que este tratamiento?”

Diez días en un infierno del que salió viva para contarlo. Y vaya si lo contó: además del escándalo que provocó su artículo, el Gran Jurado abrió una investigación y la alcaldía de Nueva York destinó un millón de dólares más al año al cuidado de los enfermos mentales. Todo por una chica de 23 años disfrazada. En definitiva, una periodista valiente que tomó el toro por los cuernos, le miró a los ojos y le escupió en la cara.

En una época en la que las mujeres en la prensa solo escribían de arte, moda y espectáculos, ella quiso cambiar el mundo. Pero sus diez días en el manicomio fueron solo la primera piedra de su espectacular trayectoria. Además de infiltrarse en otros lugares — trabajó disfrazada como una ‘esclava blanca’ cosiendo zapatos y como una sirvienta de ricos —, tal vez su logro más recordado sea el vacile que se marcó ante Julio Verne al dar la vuelta al mundo en 72 días, batiendo el récord del famoso Phineas Fogg. Casi nada.

Por cierto, si este aperitivo te ha abierto el apetito y no tienes miedo al inglés, te recomendamos que leas el reportaje entero en este enlace.