Pues Yo Lo Hice, Y Aunque Temblé, Me Largué a Japón

Me fui. Cambié de corazón, de labios, de país, de casa y de trabajo. Se acabó. Ni un día más de espera de esos cafés que algún día íbamos a tomar, de esas entrevistas en las que me iban a llamar, de esos mañanas que iban a ser mejores. Basta-ya. Me explotó en la cara tal cansancio que no tuve más remedio que plantear un comienzo radical y recorrer medio mundo; alejarme tanto que ningún recuerdo me invitara a volver sobre mis pasos, a la almohada conocida, al sin sentido. Así es como hay que irse: sin frenos, a lo loco.

Japón me pareció un destino idóneo para desaprender: las diferencias entre mi mundo y la isla del sol naciente eran tan abismales que no cabría la posibilidad de buscar los mismos vicios. Intenté hacerme una idea aproximada de cómo sería vivir en un espacio en el que el lenguaje, las costumbres y las personas fueran totalmente diferentes. Compartí noches en vela con las historias de Murakami y horas de avión con Lost in Translation; me creí a mí misma cuando me repetía que estaba preparada. Nada más lejos de la realidad.

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Pasadas ya unas cuantas semanas, recordando esas horas interminables de avión me di cuenta de que Scarlett Johansson y yo sólo teníamos un punto en común: haber visitado los mismos templos en Kyoto. Afortunadamente no me une nada más al papel que ella interpreta, porque Japón, con sus pros y sus contras, está lleno de gente maravillosa con la que compartir la vida. Y no cabe duda de que se pueden hacer muchas cosas más que quedarse tras el cristal viendo llover y sintiendo pena de nosotros mismos.

A priori, el hecho de no entender absolutamente nada puede hacer que nos sintamos más seguros en nuestro apartamento de 20 metros cuadrados, el único rincón posible donde podremos dar rienda suelta a repetir las mismas costumbres y no tener que esforzarnos hablando en otro idioma que no sea el "de toda la vida". Pero precisamente de esa zona de confort, de esa seguridad absurda que nos abraza desde que somos adultos, es de lo que hay que huir como si fuera fuego.

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No hay nada más sano que sentirnos vulnerables, que obligarnos a volver a la base de todo, como si fuéramos niños, sin entender ni un cartel, ni un menú, ni una sola frase de lo que nos rodea; a no ser capaces de leer, a aprender otra vez a ir a la lavandería, o al banco, o a hacer la compra. A dejarnos a nosotros mismos elegir cómo lo queremos hacer esta vez, ahora que ya sabemos que existe una forma, pero que hay otras 100 aún por conocer.

No digo que sea un país fácil, pero mentiría si negara que al venir aquí se adquiere una oportunidad única: la de renacer. Uno puede seguir siendo lo que ha sido siempre o puede reinventarse y ver qué pasa. Igual no entraba en nuestros planes, pero que yo sepa no hay un camino establecido para ser feliz.

Así que ahora, más que nunca, le declaro la guerra a lo rancio, a lo antiguo, al miedo, a lo que nos deja inmóviles haciéndonos creer que ya no hay vuelta atrás, porque sí que la hay y es en todas las direcciones. Sayonara a cualquier cosa que no grite a los cuatro vientos que hoy es un buen día para brillar.

Crédito de las imágenes del artículo: Lola E. Luna