Hablamos con un pedófilo y nos contesta a todo lo que siempre quisimos saber

Hablamos por Skype. Pese a la oscuridad que le rodea, acierto a atisbar su silueta y algunos rasgos de su cara. Podría ser cualquiera. Mi vecino. Mi panadero. Mi profesor. O, incluso, mi pareja. A.M. ha accedido amablemente a atenderme y resolver todas mis dudas. Llevo mucho tiempo investigando la pedofilia desde un punto de vista académico, especialmente, su representación en la historia y su tratamiento en la medicina y la psiquiatría modernas. Para mí, este asunto no es nada nuevo. Sin embargo, hasta ahora, jamás había tenido la oportunidad de entrevistar a un pedófilo. Cara a cara, a través de una pantalla. Para lograrlo, no he fingido ser quien no soy en ningún foro de internet ni he necesitado navegar por los fondos abisales de la red. Se podría decir que, más bien, él me ha encontrado a mí.

Pese a mis reservas, A.M. logra hacer que me sienta cómoda desde el primer momento. Es extremadamente respetuoso. La conversación empieza a fluir pronto. Tiene 28 años y trabaja como guardia de seguridad. Le gusta caminar por la ciudad y leer. Su libro favorito es Alicia en El País de las Maravillas. Parece un tipo normal, pero no lo es del todo. El problema es ese secreto que esconde a la gran mayoría de personas que conoce: A.M. es un pedófilo y está enamorado de una niña de diez años. Lo sé; dicho así, suena verdaderamente aterrador. Pero espera un momento. Controla tus ganas de alertar a la policía o llamar a un psiquiátrico. Calma. Respira. Y sigue leyendo.

Según A.M., la pedofilia es una orientación sexual y no un trastorno mental: “Es la atracción íntegra -romántica y sexual- que una persona, sin importar su edad o género, siente hacia menores que rondan los 6-10 años de edad”. Se detiene un momento y añade: “Ya sabes… implica fantasías, perdurabilidad en el tiempo, coincidiendo con la etapa de desarrollo del deseo”. Estos son los términos que se utilizan para definir una orientación sexual y es como define A.M. la pedofilia coincidiendo con algunos expertos.

¿Qué es la pedofilia?

Pero la definición que él nos proporciona sobre pedofilia no es única. Dependiendo de los expertos y de las corrientes psicológicas y psiquiátricas de los mismos, podemos barajar diferentes puntos de vista. Para Heather Wood, psicóloga de la Portman Clinic de Londres, la pedofilia es un trastorno del desarrollo y, para combatir lo que ella identifica como una forma de estancarse en la adolescencia, trata a la persona pedófila desde el psicoanálisis.

Por su parte, Don Grubin, psiquiatra forense de la Universidad de Newcastle, cree que existen dos tipos de pedófilos, los inofensivos (es decir, los que controlan sus impulsos y no abusan) y los peligrosos (es decir, aquellos que han cometido delitos sexuales y además, son reincidentes). Mientras que para los primeros el tratamiento es psicológico, para los segundos no existe espacio para la rehabilitación y, por ello, 'la cura' se centra en la castración química. Sin embargo, este procedimiento ha sido puesto en duda por otros colegas profesionales que señalan que, pese a la inhibición del deseo, el impulso violento persiste.

Más allá de estos posicionamientos, yo siempre había creído que la pedofilia era una parafilia, es decir, una persona que se excita con un objeto o sujeto atípico. Sin embargo, según explica A.M., esta definición se basaría en un criterio moral con dudosa base científica. Algo que también recalca el sexólogo Richard Green, quien consiguió que, en 1972, la homosexualidad desapareciera como parafilia del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). Así, tanto para Green como para mi entrevistado, se clasifica como ‘normal’ la sexualidad que más se acerca a una heterosexualidad con fines reproductivos, quedando lo demás relegado a la consideración de parafilia. Pero esto varía según el contexto y el momento histórico. Basta echar una mirada al pasado y descubrir cómo se trataban la homosexualidad, la transexualidad o el sadomasoquismo en otros tiempos.

Por lo tanto A.M. defiende que la pedofilia es una orientación sexual por edad. La reflexión puede resultar perturbadora, pero hay que recordar que la orientación sexual implica atracción, no práctica. Al respecto, A.M. adopta una postura crítica estricta y remarca: “Ser pedófilo no quiere decir que me parezca aceptable tener sexo con niños, que la sociedad deba eliminar la edad de consentimiento infantil, legalizar la pornografía infantil o permitir el matrimonio con menores. Ni yo ni otros pedófilos queremos eso”.

Entonces, ¿qué quiere un pedófilo?

La respuesta es amplia y compleja. En primer lugar A.M. quiere dejar clara la diferenciación entre pederastia y pedofilia. Una distinción real, pero que suele llevar a grandes equívocos. Mi entrevistado explica que, mientras la primera es el delito de abusar sexualmente de niños, la segunda no se puede condenar, se trata simplemente de deseo y fantasías sexuales que no derivan en acciones. Reducir el uno al otro da lugar a serios errores, como ha fundamentado Michael C. Seto, psicólogo forense, sexólogo y experto en abuso sexual infantil. Según sus investigaciones, la gran mayoría de abusadores sexuales no son pedófilos, es decir, no sienten atracción sexual hacia los menores: solo un 16,2-27% de los abusadores sexuales son pedófilos, la cifra restante (73-83,8%) señala a abusadores que no tienen atracción hacia niños. 

A.M. continúa hablando. Pone el foco en el estigma y la persecución que dice sufrir debido a su situación. Piensa que es importante que las personas pedófilas tengan el apoyo de familiares y amigos, que crezcan y se relacionen en un espacio seguro y positivo para que no lleven su fantasía a la práctica: “No necesitamos ni una cura ni un castigo, necesitamos aceptación. Conseguir esto es complicado de por sí, pero lo es más aún porque los medios de comunicación, la policía y muchos profesionales de la salud mental nos presentan ante la opinión pública como personas enfermas o criminales”.

El propio A.M. relata que los insultos, chantajes y amenazas han formado parte de su vida. En su caso, ha contado con el apoyo de su familia: “Se han puesto en mi lugar en esos momentos de terror. Creen en mí y me respetan. Saben que no he abusado de ningún niño y que jamás lo haría”.

A.M. sostiene que la psicoterapia es fundamental tanto para aceptar y canalizar los deseos como para prevenir que los pedófilos acaben cometiendo abusos sexuales. Pero cuenta que no vale cualquier tipo de especialista ni cualquier modelo de terapia, sino que debe tratarse de alguien que tenga conocimientos de sexología, respete el secreto profesional y ayude a la familia a derribar mitos. También señala la importancia de los grupos de apoyo. Generalmente, los espacios presenciales son bastante minoritarios y discretos, aunque en algunos países, como Canadá y Alemania, proliferan programas terapéuticos y de prevención con apoyo gubernamental. En esta línea, encontramos también plataformas online como Virtuous Pedophiles.

Llevamos un buen rato hablando, así que he logrado crear un espacio seguro. Es el mejor momento para lanzar las preguntas más incómodas. Hablar de pedofilia y omitir la pornografía infantil es como hablar de masturbación y no reconocer su conexión con el porno. Sus declaraciones sobre este tema son claras: “Un pedófilo jamás disfrutará visualizando material donde un menor esté siendo abusado o violado. No se puede aceptar la pornografía infantil porque implica víctimas reales. En cambio, sí estoy a favor de poder disfrutar libremente del género virtual Lolicon/Shotacon, las imágenes en 3D o las muñecas sexuales”.

Miro el reloj y compruebo que ya es hora de despedirse. Mi cabeza bulle con preguntas que albergan todavía mucha curiosidad insatisfecha: ¿Puede un pedófilo ser feliz? ¿Tener una vida normal? ¿Formar una pareja? ¿Construir una familia? Desde la pantalla, entreveo como A.M. frunce el ceño: “Depende. Depende de si eres exclusivo o no. Es decir, de si solo sientes atracción por menores, o también por adultos. Yo soy exclusivo. Habrá personas como yo que intenten acostarse con adultos, sean amigos o trabajadores sexuales. Lo hacen para tratar de superar su orientación sexual, pero, seguramente, después de mantener ese sexo se sentirán vacíos, con asco, como si alguien les hubiera violado. A ningún pedófilo exclusivo le recomiendo esta experiencia”.

Finalizamos la vídeo-llamada. Me quedo un buen rato pensando. Estoy abrumada con tanta información, con semejante testimonio, con el relato de unas experiencias y sensaciones a años luz de las habituales. Ordeno mis ideas y extraigo una conclusión firme y personal: nadie es culpable de sus deseos, pero todos somos responsables de nuestros actos. Por tanto, deberíamos intentar acabar con los mitos y estigmas sobre algo que, aunque nos resulte extremadamente difícil de entender, queda relegado a la imaginación y jamás es consumado. Quizá así, algún día, más pedófilos se atrevan a buscar ayuda.