Nos gustan los festivales de música porque somos un poco masocas

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por los festivales de música”. Allen Ginsberg podría haber empezado así su famoso poema ‘Aullido’, porque son una de las drogas más adictivas y tortuosas que existen. Lo comprendí este verano, mientras agonizaba a 40ºC en una cola infinita para disfrutar de tres minutos de ducha tan cara como si del grifo saliese champagne francés en vez de agua.

Miré a mi alrededor. El panorama era desolador. Algunos ilusos trataban de dormir fuera de las tiendas de campaña mientras sus cuerpos se convertían en un lienzo inflamado de quemaduras de sol. Supervivientes de la última rave deambulaban con la mandíbula desencajada entre montones de colchonetas inflables pinchadas. El resto de la masa festivalera se limitaba a subsistir aferrada a sus latas de cerveza recalentada como náufragos a la deriva.

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“¿Por qué coño nos gusta esto?”, le pregunté a una amiga al ver nuestros cuerpos cubiertos por una costra de polvo apenas cinco minutos después de salir de la ducha. Seamos realistas: solo una pulsión masoquista puede explicar nuestro amor incondicional e inconsciente por los festivales de música. Desde una perspectiva racional gastarnos nuestros raquíticos sueldos en esa agonía colectiva carece de sentido. Los festivales son, en esencia, la mili que no ha tenido nuestra generación.

Dormir es de cobardes

Es una batalla de desgaste que comienza en el momento en el que por fin dejas ese carrito robado de Carrefour que has arrastrado durante kilómetros y te dispones a luchar por conseguir la pulsera del festival. Ya estás marcado. No hay vuelta atrás. Despídete de lujos cotidianos como el agua caliente, la cama o el placer de dormir más de dos horas seguidas. Aquí se viene a sufrir. Lo bueno es que puedes elegir el instrumento de tortura que prefieras.

Por un lado están los baños químicos, un arma capaz de acabar para siempre con todos esos novatos que se atreven a no contener la respiración en ellos. Por otro, esas carreras extenuantes para llegar de un escenario a otro a tiempo para ver por enésima vez a Boikot si vas al Viñarock. O a La Pegatina si vas al Arenal. O a Artic Monkeys si vas al FIB. Porque aunque pasen los años, el cartel de los festivales se mantiene inmutable, en un bucle eterno que te hará sentir como si vivieses fueses Bill Murray en El Día de la Marmota, solo que con un vaso de kalimotxo en la mano.

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Tornados de basura

La pasta deshecha se convertirá en la base de tu alimentación, los pogos tatuarán tu cuerpo y tu mayor triunfo será lograr encontrar tu tienda entre los miles de hongos de tela de Decathlon que brotan en el camping. Aunque no hay nada peor que las condiciones climatológicas. Un festival es ese territorio extremo donde una mañana puedes estar a 36ºC y apenas unas horas después bailando borracho bajo la mayor tormenta de granizo de la década. Si tienes suerte, quizás hasta disfrutes de un fenómeno metereológico extraordinario: los tornados de basura y tiendas de campaña.

Sin embargo, el verdadero enemigo a combatir es el barro. Bien lo sabe Katta, una psicóloga bilbaína que a los 16 años desertó de su primer festival. “Mientras esperábamos la cola para acampar cayó la chupa del siglo. La zona quedó embarrada y la ropa se empapó. Esa noche a una de mis amigas le dio una hipotermia, cambié el kalimotxo por caldo caliente y viví en mis carnes la mendicidad, tocando timbres de casas para que nos dejaran mantas o entrar en el portal. Al día siguiente llamamos llorando a nuestras familias para que vinieran a buscarnos. No salimos de casa en una semana”, explica.Imagen relacionada

La inconsciencia, el mejor aliado

Y aún así, se convirtió en una festivalera reincidente. Como Eider Burgos, una periodista almeriense a quien el último Viñarock le robaron tres veces en cuatro días. “Lo curioso es que en todo momento nos lo tomamos con mucha filosofía. Un amigo decía que ya que nos habían robado teníamos dos opciones: o nos deprimíamos y volvíamos a casa o lo olvidábamos y lo pasábamos de puta madre. Viéndolo de esa manera nos pareció fácil seguir de fiesta. Supongo que el perfecto festivalero es una mezcla de optimismo e inconsciencia”, relata.

Sus palabras me hacen reflexionar. Quizás el éxito de los festivales de música resida en que son un antídoto contra las responsabilidades de la vida adulta. Por unos días podemos olvidarnos de nuestros límites y reconectar con nuestra esencia más salvaje. En los festis comemos cuando tenemos hambre y bebemos cuando tenemos sed. A pesar de que eso implique ir bastante ciegos desde la una de mediodía y acabar cantando hasta quedarnos afónicos canciones que nos provocan vergüenza ajena cuando estamos sobrios.

¿Lo mejor del festival? Volver a casa

Sabemos que la rutina festivalera se parece más a 'El último superviviente' que a la versión millennial de Woodstock. Pero aún así nos compensa. Como en toda batalla, surgen redes de camadería profundas y siempre habrá un vecino dispuesto a dejarte un martillo o regalarte hielos cuando estés al borde del abismo. Y es hermoso sentirte parte de algo colectivo que te trasciende. Hay algo adictivo en compartir guitarreos y tragos con desconocidos que se convierten en familia por unos días.Resultado de imagen de festival gif

Aunque no nos engañemos: el mejor momento de cada festival es la sensación orgásmica al volver a casa, darte una ducha caliente y dormir en tu cama. En ese preciso instante te juras que esa será la última vez que te sometas a esa degradación voluntaria. Y, sin embargo, cuando salgan las entradas del próximo festival y algún amigo perverso te lanze un "¿las compramos ya, no?" te sorprenderás a ti mismo aceptando gustoso. No tenemos remedio. Somos yonkis festivaleros. Y nos encanta.