Georg Esler, el carpintero que estuvo a 10 minutos de hacer volar a Adolf Hitler por los aires

La ciudad de Hermaringen celebró el pasado lunes el homenaje a Georg Elser, el carpintero que pudo matar a Hitler y no lo hizo

Un error de cálculo de 13 minutos cambió la historia del mundo. Oculta dentro de una columna en el centro de la Bürgerbräukeller, la cervecería de Munich donde cada 8 de noviembre los jerarcas del partido nazi rememoraban su fallido golpe de Estado de 1923, una carga explosiva esperaba el discurso de Adolf Hitler. La bomba explotó y ocho personas fallecieron casi al instante. Sin embargo, por cosas del destino, el discurso de Hitler fue inusualmente corto y el führer abandonó el local mucho antes que de costumbre. Si el artefacto ideado por Georg Elser, el carpintero comunista que se había propuesto acabar con el tirano, hubiera estado sincronizado un poco antes la historia del mundo hubiera sido otra. Pero Elser quiso que la explosión llegara en el momento álgido del discurso. Una manera épica de acabar con el monstruo. Un hombre dispuesto a todo para salvar a su país del desastre.

Ahora, 80 años después del primer atentado contra Hitler, la ciudad de Hermaringen, donde nació y creció Elser, rinde homenaje al hombre que intentó por todos los medios evitar que la locura nazi provocase la mayor contienda bélica de la historia de la humanidad y el Holocausto que acabó con la vida de seis millones de judíos. “Quería evitar la guerra (…) nunca dudé de lo que hacía”, llegó a declarar el carpintero a sus interrogadores de la Gestapo, según los documentos encontrados en 1964, poco después de ser apresado en la frontera de Suiza donde pretendía exiliarse tras el atentado. Parecía que el plan de Elser no tenía fisuras, pero la realidad es que la policía secreta alemana no tardó demasiado en dar con él.

Después de abandonar su trabajo como carpintero y tras convencerse de que solo el sacrificio personal de una persona podría acabar con la vida del líder nazi, Elser encontró trabajo en una cantera cerca de Munich donde consiguió hacer con diversos explosivos. Una vez dispuso de los materiales, algo que le ocupó durante meses, se dedicó a visitar la cervecería durante un mes intentando quedarse encerrado en los baños del local. Finalmente, consiguió permanecer las suficientes noches como para ahuecar una de las columnas situadas detrás del escenario y colocar sus explosivos. No obstante, su obstinada presencia en el local llamó la atención de ciertas personas y una vez se produjo el atentado todas las miradas apuntaron a aquel hombre de Suabia, región vecina a Baviera, que había pasado tantas noches entre cervezas hablando de los problemas de Alemania y sus trabajadores.

Elser fue detenido en Kreuzlingen, cerca de la frontera con Suiza, por la Gestapo y en sus bolsillos fueron encontrados una postal de la Bürgerbräukeller con una cruz roja marcada en una de sus columnas, un fragmento de detonador y una insignia del partido comunista, Roter Frontkämpfferbund. Tras ser torturado y confesar su atentado, fue llevado al campo de concentración de Sachsenhausen y, finalmente, al de Dachau donde permaneció encerrado hasta su ejecución.

"Las autoridades superiores han discutido el caso del prisionero Elser, durante los próximos ataques aéreos enemigos sobre Múnich, Elser debe ser mortalmente herido. En vista de esto, le ordeno que la eliminación de Elser sea en el más absoluto secreto y que muy pocas personas se enteren de tal acción. Me informará de su muerte de forma oficial en un telegrama que dirá lo siguiente: En tal fecha y hora, el prisionero Elser fue alcanzado y muerto por un ataque aéreo enemigo. Destruya este comunicado después de ejecutar mis órdenes “, fue el mensaje del jefe de la Gestapo, Heinrich Müller, ordenando su ejecución. 

El 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes de la muerte de Hitler en su búnker, Elser fue asesinado por un oficial de las SS de un disparo en la cabeza. Más allá del homenaje en su ciudad natal, la propia ciudad de Berlín le dedicó en 2011 una estatua en la Wilhelmstrasser, apenas a unos metros de donde se ubicaba el búnker donde pasó sus últimas horas el führer. El eterno debate de si el fin justifica los medios acompañará para siempre la figura de Elser, pero lo que es cierto es que si el reloj de su bomba casera hubiera estado 13 minutos adelantado, la historia del mundo habría sido muy diferente y, muy probablemente, mejor.