Por qué hay gente que mola y gente que no

La gente popular (o con capital simbólico) tiene el poder de decir lo que está “in” y lo que está “out”

Si esta monótona vida nuestra fuese como la de los adolescentes norteamericanos en las películas malas (cosa que a veces lo parece, pero no lo suficiente), todo el mundo tendría claro quiénes serían el rey y la reina del baile. Él: jugador de futbol, guapo, de sonrisa brillante, un poco capullo y con planes de ir a la universidad estatal de Iowa a estudiar derecho. Ella, como no podía ser de otra manera, sería la jefa de animadoras, perfectamente maquillada, con algo más de corazón y compasión por los no-populares, y algo más de sentido común que su chico, el de Iowa. Esto no es solo una americanada de tantas, también en España tenemos un modelo claro con Quimi y Valle. Y en cualquier instituto es fácil localizar la voz cantante de la gente que está de moda. La cosa es que existen unos rasgos que, unidos, hacen que una persona automáticamente sea popular. Pero, ¿cómo se explica esto?

El/la popular como símbolo

Pierre Bourdieau fue uno de los sociólogos más importantes del siglo XX. Y uno de sus conceptos estrella era el de capital simbólico. Para hacernos una idea de a qué se refería, hay que empezar primero a explicar una idea paralela: el capital cultural.

Capital quiere decir propiedad, tener control sobre algo de valor. Y cultura hace referencia a una serie de elementos que cada sociedad valora como relevantes para su desarrollo. Libros, estudios, conocimientos, etc. Un ejemplo claro: si tus padres tienen estudios o libros en casa, tú habrás nacido y te habrás criado en un ambiente culturalmente rico, por lo tanto tendrás, en palabras de Bourdieau “capital cultural”. El capital simbólico funciona de la misma manera. Es decir: haber acumulado una serie de atributos o aptitudes que tienen un valor social. La diferencia es que este capital permite ejercer, directa e indirectamente, control. Es tan sencillo como que la gente popular (o con capital simbólico) tiene el poder de decir lo que está “in” y lo que está “out”.

El popular, ¿nace o se hace?

El epítome de las películas americanas de popularidades es, para mí, “Chicas malas”. No solo es estupendo ver a Lindsey con un aspecto saludable, sino que también sirve para explicar a Boudieau. Resumen de la peli: una chica nueva en el instituto es alternativilla porque vivía en África y se acaba de mudar a EE.UU. Al principio se lleva con los “raritos” y estos deciden, como broma, que se convierta en una de las chicas populares para infiltrarse en ese grupo y destruirlo. El contacto con esas chicas hace que Lindsey sea popular. Así, parece que el capital simbólico se adquiere.

Pero también habría que estar predispuesto. Bourdieau habla de “prestigio, carisma y encanto” como elementos del capital simbólico. En principio se diría que todos ellos son elementos que dependen enteramente de uno. El prestigio puede conseguirse, por ejemplo, jugando bien a algún deporte ya de por sí popular. El carisma es la legitimidad con la que uno se expresa y actúa. Y el encanto, al final, depende de caer bien o no. Pero, en realidad, todos estos elementos dependen también del estadio social en el que esté cada uno. Dicho mal y pronto: probablemente haya vagabundos muy carismáticos a los que la gente ni se les acerca por la calle. Lindsay Lohan, en la película, aparece al principio vestida de una forma bastante neutra, sin resaltar ni si físico ni su atractivo, pero luego pasa a ser un personaje totalmente explosivo y sexualizado. El popular se hace, siempre y cuando haya nacido en la cuna adecuada y con un cuerpo normativo.

El traje del emperador

Lo más interesante del capital simbólico está en la forma en la que se crea. Volviendo a las buenas películas de instituto: cuando los pringados consiguen ser felices y estar a gusto es, precisamente, cuando pasan de los chicos populares y les da igual lo que estos piensen o digan de ellos. Es decir: cuando superan esa situación de inferioridad. Aunque parezca sorprendente, en este gesto se resume buena parte de la teoría de Bourdieau. Y es que la popularidad, o el capital simbólico, en realidad no depende de la persona que lo posee. Depende de la persona que lo está mirando. Es decir: se trata de un hechizo, de una farsa. Uno legitima ese tipo de dominio. En el instituto, la gente menos popular se fija en lo que hacen los populares. Es como empezar a fumar, o hacerse piercings o meterse a un deporte. Esa la búsqueda de aceptación de quienes ya la tienen. Pero esos que ya la tienen, los populares, solo lo son porque el resto acepta que lo sean, porque les toman como modelos a seguir. Porque todo, desde las películas de Disney a cualquier anuncio en marquesinas o post en redes, les hace ver que ellos son lo que deberían ser.

Y por eso, por sorprendente que sea, esas películas de adolescentes son más subversivas de lo que pueda parecer. Porque al final los no-populares son felices cuando les da absolutamente igual lo que los chicxs guays piensen de ellos. Y, justo ahí, se deshace el hechizo. Que le den a estudiar derecho en Iowa.