Todavía hay gente que cree que estas barbaridades 'curan' la homosexualidad

Resulta difícil creer que, hasta hace no tantos años, se tratase de una práctica habitual y normalizada en España. Y todavía es más perturbador saber que, a día de hoy, siguen siendo una realidad en muchos países. Las terapias de reorientación sexual parten de la premisa de que la homosexualidad es un trastorno que debe repararse, una enfermedad que puede y debe ser sanada a través de una serie de técnicas -normalmente psicológicas-, cuyo objetivo es el 'redireccionamiento' de las tendencias de los mal llamados 'pacientes'. ¿En qué consisten estos procesos de reconversión?, ¿qué secuelas pueden conllevar para las personas que se someten a ellas?, ¿se siguen practicando en España? Muchos interrogantes con sorprendentes y, a veces, inusitadas respuestas.

Hasta 1990, la Organización Mundial de la Salud incluía a la homosexualidad en el listado de enfermedades mentales. El 17 de mayo de aquel año, la OMS apeó esta tendencia sexual de su catálogo de afecciones psíquicas. A pesar de ello, las terapias de conversión continuaron siendo una realidad, tan solo visible en momentos puntuales en los que sus consecuencias se tornan evidentes y se cuelan en los medios de comunicación. La última polémica de proyección internacional sucedió en diciembre de 2014, cuando la adolescente transgénero Leelah Alcorn se suicidó tras haber sido sometida a uno de estos procesos traumáticos. Obama asumió entonces el compromiso de prohibir este tipo de terapias en menores de edad -¿solo en menores?-, aunque, por desgracia, países como España siguen sin contar con leyes que persigan estas prácticas de forma explícita.

¿En qué consisten exactamente estas terapias? El psicólogo y terapeuta sexual Raúl Padilla establece dos categorías: “Las más radicales defienden que la conducta homosexual es una enfermedad que debe ser erradicada de una sociedad sana, conllevando incluso reclusión involuntaria y sometimiento a técnicas agresivas de condicionamiento, acompañadas de fármacos. Otros grupos más moderados consideran que dentro de cada homosexual hay un heterosexual equivocado que necesita darse cuenta de su error”, explica.

Dos puntos de vista no tan dispares que tienen consecuencias comunes. Padilla habla de “graves conflictos ante la compulsividad de la búsqueda de un estímulo sexual artificialmente condicionado”, es decir, que se obliga a los 'pacientes', más bien víctimas, a sentirse atraídos por lo que no les atrae: el sexo opuesto. Estas terapias no solo no son efectivas en ningún caso, sino que sus resultados pueden ser devastadores. Francisco Ramírez, presidente y portavoz de la Confederación LGTB española, explica que estas prácticas son generadoras de traumas serios: “Las tendencias suicidas aumentan, así como la vulnerabilidad psicológica, por eso resulta menos comprensible que en España y en otros países avanzados no existan leyes tajantes al respecto y muchos centros sigan ofreciéndolas, aunque de manera velada, con total impunidad”, se lamenta, y continúa: “En Latinoamérica o China, estas ‘terapias sanadoras’ se anuncian con normalidad, llegando a implementar prácticas como el electroshock”, una técnica que también se usaba en nuestro país hasta hace relativamente poco. 

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Aunque asegura que en España no existe ninguna clínica o centro sanitario que ofrezca estas terapias de forma abierta, Ramírez sí apunta hacia instituciones como el Obispado de Alcalá de Henares que, aunque no utiliza términos como ‘cura’, ‘sanación’ o ‘enfermedad’, se ofrece para “restaurar heridas espirituales”. Señala también, con estupor, a gurús y coaches como Elena Lorenzo Rego, que procura tratamientos para “dejar atrás la homosexualidad”, o como Richard Cohen, que adquirió relevancia internacional tras la publicación de su libro Comprender y sanar la homosexualidad, en el que cuenta su experiencia personal: tras mantener relaciones con hombres, decidió “reconducir su tendencia” y, actualmente, está casado con una mujer y tiene tres hijos.

Pero, ¿qué lleva a un gay a someterse a estas prácticas? Normalmente, no se trata de una decisión personal. Francisco Ramírez explica que el entorno familiar es determinante: “Han crecido en núcleos con fuertes convicciones religiosas, y sus conflictos morales y espirituales, así como la presión de las familias, les empujan a querer cambiar su estilo de vida”. Un sufrimiento doble de culpabilidad, ya que les duele decepcionar a sus familiares y, al mismo tiempo, no conciben su propia naturaleza: “Estas personas jamás encuentran una cura, puesto que no existe en ellos ninguna enfermedad. A nuestra asociación han acudido personas que se han sometido a estos procesos pero que, a la postre, han entendido que su tendencia sexual es una opción de vida tan válida como la heterosexual”.

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Echar la vista atrás asusta todavía más. La película Electroshock, de Juan Carlos Claver, explica cómo eran estas terapias en la España de hace poco más de 40 años. Y personas como Empar Pineda, la primera mujer gay en hacer pública su tendencia sexual –en una entrevista concedida a la revista Interviú en 1980, cuando la homosexualidad se consideraba todavía un trastorno mental, y titulada “Soy lesbiana porque sí”-, explica con crudeza en qué consistían estos procesos. La activista repasaba hace unas semanas, en un reportaje emitido en una emisora de radio, cómo fue la persecución de la homosexualidad durante el franquismo, hablando de eminentes psiquiatras españoles como Antonio Vallejo-Nájera y Juan José López Ibor y de aberrantes prácticas que incluían, además de los electrochoques, las lobotomías. Recordaba, además, que a los gays se les aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes, y que algunos fueron encarcelados en centros específicos para ‘desviados’, tales como la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura. Allí eran sometidos a trabajos forzados y separados según su papel en el juego sexual -pasivo o activo-, con el convencimiento de que así se evitarían los encuentros íntimos.

Afortunadamente, la Constitución Española defiende “la no discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra circunstancia personal o social”. Y la Organización Mundial de la Salud ya no considera a la homosexualidad como una afección mental. No obstante, muchos y muchas personas gais, menores y mayores de edad, siguen sometiéndose a tratamientos para curar una enfermedad que no existe, empujados por sus familias y entorno y generando unos desequilibrios, traumas y depresiones que les llevan, en ocasiones, al suicidio. Una realidad penosa que, a día de hoy, sigue sacudiendo el seno de nuestra sociedad.