Fui A Un Experimento Con Desconocidos En El Que Encontré Mucho Más Que Miradas

En la Plaza del Sol de Barcelona es habitual encontrar a gente sentada en el suelo charlando o tomando cerveza, pero el sábado pasado fue distinto: sobre almohadas o toallas traídas para la ocasión, se agrupaban desconocidos, de dos en dos, para mirarse a los ojos. Mientras tanto, unos cuantos curiosos observaban la escena ensimismados. Y lo mismo estaba ocurriendo, a la vez, en plazas de más de 160 ciudades en todo el mundo, desde Rabat hasta México DF. Se trataba de un encuentro especial: el experimento de contacto visual más grande del mundo.

Podría haber pasado del evento en Facebook cuando me invitaron, pero algo se encendió en mi y decidí aventurarme: a penas hacía dos días me habían operado para corregirme la miopía, así que, llamadme moñas, pero no había mejor forma de estrenar mi visibilidad renovada que conectando con otras personas.

Nada como mirarse para conocerse

The Liberators es la organización australiana sin ánimo de lucro que organiza este tinglado anualmente, pero no son los primeros en hablar de la importancia de mirarse a los ojos. La artista serbia Marina Abramović ya abordó esta temática en su performance de 2010 'La Artista Está Presente', en la que se sentaba en una silla del MoMa - en Nueva York- y los visitantes tenían que aguantarle la mirada tanto como pudieran. Amnistía Internacional también hizo eco de esta idea en un vídeo de este año, en el que ponía cara a cara a refugiados sirios con ciudadanos europeos basándose en algo que ya dijo hace más de 20 años el psicólogo Arthur Aron: nada te acerca más a una persona que pasar cuatro minutos mirándola.

"¿Dónde está la conexión humana?", decían varios carteles que te invitaban a participar durante un minuto, o los que surgieran, con cualquiera que estuviera sentado en la plaza. En este encuentro no miras los ojos de la persona, miras a los ojos de la humanidad. A veces yo también me pregunto si se ha perdido esta conexión. ¿Por qué vamos siempre hipnotizados, móvil en mano y no miramos las caras de los demás? A veces sí lo hacemos, pero sin obtener reacción y pensamos en lo muermos que son los demás. Pero no imaginamos que estarán enfrascados en su propia existencia, que quizás tengan un mal día. ¿No deberíamos abrirnos a los demás con pequeños gestos?

¿Sensaciones personales... o universales?

Esta iniciativa supone una plataforma de autentica conexión humana en público. Había gente variopinta y de todas las edades. Cuando habías compartido tu momento de contacto visual, podías levantarte y buscar a otra persona disponible o simplemente retirarte a procesar tus sensaciones y comentar con las decenas de espectadores que se quedaban absorbidos por sus vibraciones.

Más allá de la reflexión a la que invita este evento global, os aseguro que de ahí salieron muchas amistades y más de un romance. Mucha gente, tras llevar varios minutos mirándose, se abrazaba. Algunos lloraban por la descarga de energía positiva y otros intercambiaban números de teléfono al terminar, conmovidos por esos segundos de paz compartida.

Y eso es lo que sentí yo: paz. Parece que todos vamos por la vida estresados persiguiendo objetivos, pero al final no somos nada sin esa mirada de quien te haga sentir en casa. Evidentemente, cada uno lo vive a su manera, y esa es la gracia. Yo compartí miradas unos minutos con un chico, más tarde supe que se llamaba Harunobu y que es un estudiante de química japonés. Me dijo que ese día se había encontrado con ojos que no te miraban a ti, sino a través de tu persona, como si no te vieran. Otros no podían evitar desviar la mirada. Es normal, porque no lo hacemos normalmente. Por eso me halagó saber que mi mirada le había aportado profundidad.

Por lo que vi, en este experimento empiezas o terminas intercambiando palabras además de miradas. No para rellenar el silencio, sino porque es como estamos acostumbrados a expresarnos. Y es que esta experiencia tiene varias caras: por un lado, puedes sentir reparo al abrirte a un momento tan cercano con alguien nuevo, pero, a la vez, puede ser más fácil aguantarle la mirada a un desconocido que a alguien que te conoce de verdad. A veces nos da miedo que los que nos rodean vean en nuestro interior cosas que ni nosotros mismos reconocemos.

La familiaridad que nos da alguien que acabamos de conocer y que nos dedica ese momento de atención es pura magia, y por eso a veces vivimos momentos increíbles con alguien a quien no nos unía nada. Y es ese vínculo implícito el que destapan este tipo de quedadas, porque todos compartimos la incertidumbre de lo que encierran los ojos de los demás, esos que a la vez pueden abrir puertas en tu interior. Más allá de nuestro individualismo construido y nuestras diferencias, al final todos tenemos neuras, y todos compartimos lo que somos: humanidad.