Así fue mi entrevista para ser prostituta en Barcelona

"¿Cómo que te lo vas a pensar? Ponte unos tacones, un vestido y vente esta noche". Así, sin cortarse lo más mínimo, el gerente de un local de alterne situado en uno de los barrios más exclusivos de Barcelona intentaba por teléfono que me convirtiese en una de sus putas. Pero, antes de entrar en detalles, debes saber que mi primera e impactante entrevista de trabajo para ejercer ‘la profesión más antigua del mundo’ se había iniciado 24 horas antes, tras localizar una suculenta oferta de trabajo. 

Ojeando los cientos, mejor dicho miles, de anuncios de mujeres que ofrecen sus servicios a través de portales en internet, me topé con uno de lo más escueto y que destacaba sobre el resto. Estaba en la web Milanuncios y su título no dejaba lugar a la imaginación: “URGEN CHICAS PARA CLUB SELECTO EN BARCELONA”.  A la falta total de sutileza en el enunciado, le acompañaba una foto de un fajo de billetes de 100€. Una clara referencia a las enormes cantidades de dinero que pueden manejarse en el mundillo de la prostitución. Un diez en marketing, vamos.

Consciente de la oportunidad para indagar en el asunto, contacté aquella misma tarde con M. (así es como llamaremos al gerente a lo largo del texto) para averiguar todo lo que supondría ejercer la prostitución en aquel ‘selecto’ lugar. Desde el momento en el que descolgó el teléfono, fue rápido y directo conmigo. Estaba muy tranquilo. Sonaba a que sabía lo que se hacía y que no tenía tiempo para andarse con tonterías. Todo lo que oí fueron cifras de dinero desorbitadas a cambio de muy poco sexo. Un trato jugoso para alguien joven y sin experiencia que no suela estar atento a las consecuencias de la letra pequeña.

"Para trabajar como chica, ¿no?, ¿quieres club o a domicilio?", me dijo después de saludarle torpemente. Me dio la impresión de que le llamaban mucho y que estaba acostumbrado a repetir lo mismo, como un teleoperador. En cuanto le dije que había visto su anuncio interrumpió mi explicación. "¿Nunca has follado por dinero? No importa, lo cogerás rápido". Tampoco se interesó por mi edad o mi apariencia física, más allá de un detalle: "¿Tienes pelos en el coño? Yo prefiero que llevéis una rayita o entero, suele gustar más. Además, muchas de las chicas lo hacen por higiene, no les gusta juntar el vello de los clientes con el suyo”.

"¿Nunca has follado por dinero? No importa, lo cogerás rápido"

Aquella surrealista conversación, por momentos demasiado gráfica para mí, se prolongó durante una decena de minutos. En un tiempo récord, M. me hizo ver que las cosas pintaban transparentes como el agua. Aquello era un negocio y mi cuerpo sería el producto, si tenía algún pudor, debía quitármelo pronto. Al detectar que tenía más dudas que certeza –me había presentado como una estudiante de master en busca de dinero fácil— , puso las cartas y el dinero sobre la mesa: "Si te quedas en el club harás turnos de 8 horas. La media hora son 120€ y la hora 200€. Las copas para las chicas son 60€ y hay botellas que cuestan hasta 2.000€”.

Hasta aquel momento casi me parecía que estábamos hablando de un trabajo como camarera de un bar de copas, sin embargo, fue entonces cuando el empresario entró en materia. “Si vas a domicilio las tarifas son un poco más bajas, la mitad que en el club. Si necesitas alojamiento puedes quedarte en el club y si algún día no trabajas te damos 30€ diarios como mantenimiento, por si tienes la regla o algo así”, me aclaró. Cada vez tenía más preguntas, pero él siempre se adelantaba con las respuestas: “Por cada copa a la que te inviten te llevas la mitad y lo mismo con los servicios, pagas el 50% en concepto de alquiler de habitación".

Tal y como lo pintaba M. el negocio parecía tener el funcionamiento de un reloj suizo. Clientes en su mayoría extranjeros, cuentas claras y dinero fácil en el bolsillo. Pero, ¿sería legal?. "Nada de lo que te está ofreciendo es ilegal. Si tú aceptas desde el principio, no te está mintiendo", me aclaró poco después de mi entrevista de trabajo la abogada y coordinadora de programas de prostitución de la Comisión para la Investigación de los Malos Tratos a Mujeres, Sara Vicente. "El tipo penal es dudoso. Pero como no existe abuso ni una situación de vulnerabilidad, violencia, engaño o extorsión, la judicatura considera que es perfectamente legítimo, legal y no es sancionable por nuestro Código Penal", añadió.

No obstante, tenía entendido que impedir la posibilidad de negociar sus tarifas a una profesional podría ser considerado proxenetismo, algo que sí es un delito en España y que, además, constituye un ejemplo de mala praxis para muchos de los profesionales del sector. "Los servicios y precios que cada chica ofrece es algo que ella misma tiene que negociar con sus clientes. El club debería cobrar siempre lo mismo, el alquiler de habitación por tiempo, independientemente de quién esté o qué se haga dentro. A partir de ahí, el resto sería cosa tuya", me aclaró también desde una óptica totalmente opuesta Núria Golanó, responsable de marketing de la conocida casa de citas barcelonesa, Apricots.

"No puedes escoger, si un cliente se empeña en subir contigo tendrás que ir"

"A las chicas de Apricots les cobramos 45€ por habitación pero, lo que deciden cobrarle al cliente según lo que le hagan, depende de ellas", añadió. Por si fuera poco, Núria insistió en que la prostituta que no es víctima de trata (sería mi caso si decidiese ejercer) siempre es libre de poner sus propias condiciones, prácticas, precios y negarse a acostarse con alguien si quiere, algo que M. no respetó cuando me detallaba el funcionamiento del club. "No, no puedes (elegir). Cuando vas a las casas tú te presentas, el cliente te ve y si quiere te elige. Tienes que ir y hacer lo que él quiera. En el club hay trucos, puedes hacerte la borde o la tonta para que no quieran subir contigo e intentar que pase a otra compañera. Pero si se empeña tendrás que subir", me había comentado el empresario en nuestra conversación telefónica.

Eso me hizo pensar que ya no cabía duda de que lo que hacía M. se podía llamar proxenetismo (y por tanto ser un delito). Pero no estaba claro. Según la abogada Sara Vicente, si me dice las condiciones desde el principio y yo las acepto no estaría haciendo nada ilegal ya que habría un consentimiento previo. “Es como si en un restaurante pudieras escoger si fregar una cazuela o no. Es lo que hay, tendrás que dar servicio a todos los clientes". Nuevamente, y a pesar de mi indignación, lo que me parecía completamente ilegal volvía a estar abierto a interpretaciones.

"Cualquier chica que trabaja libremente debe tener la capacidad de decidir, incluso si hace un servicio a domicilio. La agencia o el club hace de intermediario, pero si la chica acepta el desplazamiento y una vez allí no se llega a un acuerdo, tiene todo el derecho del mundo de largarse. Si no es así, se tratará de proxenetismo", recalcó Núria. De hecho, mientras conversaba con M. intenté sonar preocupada y con miedo respecto a esto, pero en todo momento supo venderme el asunto como si fuera el mejor trabajo del mundo: "Tranquila mujer, en el club es donde más se cobra y menos se folla. De 20 tíos te tocará follar con uno, y si ganas menos de 4.000 euros al mes será una miseria".

Me aconsejó que invirtiera tiempo en la 'diversión previa'. Él me "enseñaría a trabajar", o sea, a darles conversación y sacarles tantas copas como para que, al llegar a la habitación, estuvieran muy borrachos y se durmieran. Así que el gran y turbio truco residía en emborrachar a los clientes para cobrarles el alcohol y el sexo que no iban a tener, aunque se fueran creyendo que sí. "El récord de una chica en mi local son 36.000 euros en 20 días. Piensa que estamos al lado de hoteles de mucha pasta", continuó M. con sus argumentos para impresionarme, consciente de que tenía que hacer que me olvidara de los contras y me centrara en el dinero.

"Tranquila, en el club es donde más se cobra y menos se folla"

Y a todo esto, ¿qué pasaba con la policía? "No te preocupes, tengo licencias de todo y la policía viene dos veces al año. Además, siendo española ni siquiera te pedirán documentación y, si lo hacen, eso no queda en ninguna parte. Es como un control de alcoholemia", me aseguró el gerente. Más tarde comprobé que sabía lo que se decía. Desde 1995, la prostitución no es un delito en España y, desde 2002, en Cataluña existen licencias que regulan los locales donde se puede ejercer la prostitución. Sin embargo, las trabajadoras del sexo no están amparadas por ninguna regulación ni convenio laboral que defienda sus derechos como los de cualquier otro gremio. Así que es bastante fácil que caigan en negocios de este tipo y trabajen en negro por no estar bien asesoradas.

Insatisfecha con la explicación sobre la legalidad o no del negocio (que no me acababa de quedar clara) contacté con José Antonio Nin, portavoz de la Policía Nacional en Cataluña. "Por desgracia, lo único que podemos perseguir es la trata de personas, mujeres que están siendo obligadas a ejercer la prostitución mediante violencia, amenaza o chantaje por su situación de vulnerabilidad. En general, eso les sucede a extranjeras sin papeles. Las españolas que la ejercen libremente y se encuentran con esto tampoco suelen denunciar porque también suelen vivir situaciones de necesidad", reconoció. "Lo que él te ofrece es igual de ilegal que si trabajas en negro en una frutería y te obligan a descargar cajas fuera de tu horario o te mandan a otra ciudad a hacerlo. La línea de la coacción es muy fina, y eso sí es delito", añadió el agente.

Volviendo a mi entrevista telefónica con M., recuerdo perfectamente que acabó casi como había empezado: entre anécdotas de dinero (mucho dinero) y clientes extranjeros. "Esto es un pub inglés, vienen muchos guiris de los hoteles y nadie te reconocerá, tranquila", dijo. Sabía cuáles son los reparos de una chica joven para meterse en esto, aunque ni siquiera me hubiera preguntado mi edad. Cuando terminó de impresionarme, me invitó esa misma noche al club e insistió varias veces: "Esto es lanzarse, si te lo piensas mucho te entrará el miedo. No te preocupes, yo te enseñaré".

Colgué con la promesa de darle una respuesta pronto y, tal vez, un café de por medio para conocernos mejor y terminar de disipar mis miedos aunque, eso sí, sin compromiso. Al día siguiente, M. me escribió por WhatsApp: más dinero y más ánimos. Promesas millonarias que deambulaban en un ambiguo baile entre la legalidad y el proxenetismo. Mientras leía no podía dejar de imaginar cuántas mujeres aceptarán este tipo de pactos porque nadie les dijo dónde se estaban metiendo o porque, sencillamente, no tienen más opción. Yo, de momento y para siempre, dejé de contestar.