Lo Que Nos Enseñan Los Perros Sobre El Amor Verdadero

Ante las frases que exaltan el amor perruno, siempre hay alguien que dice: "qué exageración". Pero lo tengo comprobado, los que dicen eso no tienen perro. Hay que tenerlo para descubrir la autenticidad de su amor, para darte cuenta de hasta qué punto son nuestros mejores amigos.

El mío llegó hará cosa de tres años. Era un cachorro de Yorkshire, una bolita de pelo negra que pugnaba por salir de la jaula y comerte a lengüetazos. Con lo grande que soy y me derrito con esas cosas. El flechazo fue instantáneo.

Luego vino el inevitable periodo de adaptación. Ya no es tan mono cuando se mea en la alfombra o se caga en la cocina. Ni cuando te despierta a las tantas ladrando. Pero es tu responsabilidad, así que si se mea, coges la fregona; si se caga, la escoba; y si ladra, te levantas y le regañas hasta que se calle. Paciencia. Mucha paciencia.

Al final, el perrito aprende y se convierte en parte de la rutina. Los paseos, la comida y la consulta del veterinario. Su cojín ya forma parte del decorado de la casa. Su comedero y bebedero son tan cucos que no imaginas un salón sin ellos.

Simple rutina... o eso te crees tú.

Porque cuando vuelves a casa después de un día duro, hasta las narices de la vida y sin ganas de nada, el muy canalla se las apaña para arrancarte una sonrisa. Te mira con esos ojos de cordero degollado y se pone a dos patas, tratando inútilmente de alcanzarte. Inútil pero cómicamente. Cuando al fin cedes a sus ruegos, te ducha literalmente las manos y se retuerce entre ellas, haciendo cabriolas imposibles con tal de que le rasques detrás de la oreja.

Luego te trae su muñeco, destrozado tras tantos meneos, y sus ojillos te piden a gritos que se lo lances. Y tú lo haces, porque verlo correr detrás de él te hace una gracia... Después de la cuarta o quinta vez, le dices que estás cansado, que te tienes que cambiar. Y él, obediente, se va al cojín a seguir mordisqueando al pobre peluche.

Podría hablaros de esas veces en las que he estado realmente deprimido. O de cuando hemos recibido visita. O de cuando hemos tenido que llevarlo de viaje y tú, con esa voz de pito, intentas explicarle que no vas a dejarlo en el transportín. En todos y cada uno de esos momentos, descubres un brillo tras los ojos de tu perro que es casi humano. Puede que no entienda tus palabras, pero percibe lo que quieres decir; a menudo, mucho mejor que la mayoría de las personas.

Y cuando luego faltan, por cualquier motivo, descubres el enorme hueco que dejan. Te descubres mirando al suelo en busca de él, llamándole cuando llegas a casa y despidiéndote al salir. Descubres que echas muchísimo de menos esa cosa peluda a la que has aprendido a querer.

Puede que los humanos seamos la cumbre de la evolución, pero después de tantos siglos, todavía no hemos aprendido de nuestros hermanos menores. No hemos aprendido a querer a una persona aunque ella no nos quiera. No hemos aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas. No hemos aprendido a tener la paciencia de soportar los castigos que, en el fondo, sabemos que son por nuestro bien. No hemos aprendido a confiar en las personas que cuidan de nosotros.

Por eso, a veces creo que los únicos que saben de amor verdadero son los perros. Por eso me dan ganas de decirles cuatro cosas a quienes no lo entienden y, encima, ni siquiera lo han experimentado.

Te animo a que adoptes un perro. Te animo a descubrir la verdad del refrán: El perro es el mejor amigo del hombre.

Crédito de la imagen: Théo Gosselin     Música: lo-fi is sci-fi

Locución: Jesús Ranchal y Clara Vera

La música empleada en este podcast está registrada bajo una licencia Creative-Commons.