Me encontré un diario en Barcelona y busqué de quién era sin saber la historia que guardaba

“En caso de pérdida, devolver a Jaime Pérez”.

Hace tres lunes, de camino al trabajo en metro, me encontré con el diario personal de un chico. No había más datos, solo el nombre, el primer apellido y una foto que parecía salida de los 90 con dos adolescentes que parecían estar muy unidos. Mi primer instinto fue empezar a curiosearlo, pero luego recordé lo que me dijo mi madre un día cuando me pilló leyendo el diario de mi hermana: “no está bien leer los diarios de los demás”. De repente, me invadió un pequeño sentimiento de culpa y decidí que lo mejor que podía hacer era intentar encontrarlo y devolvérselo.

No fue fácil.

Barcelona está plagada de Jaimes Pérez y esto complicaba bastante la búsqueda. Pero aún así, hice lo que cualquiera habría hecho en pleno siglo XXI: buscarlo en Facebook.

Y fracasé.

No sólo no encontré ningún perfil con las caras que salían en la foto, sino que me di cuenta de que en realidad me faltaba información para poder contactar con él. Solo podía hacer dos cosas: o dejaba el diario en objetos perdidos sin la garantía de que el chico lo llegara a recuperar, o hacía todo lo posible para localizarlo, aunque ello supusiera leer algunas de sus intimidades.

Opté por la segunda opción

Mentiría si dijera que no disfruté leyendo parte de su diario. En él no solo había parte de sus pensamientos y de sus sentimientos más íntimos, sino que además estaba repleto de anécdotas divertidas- La que más me gustó fue la de la cita a ciegas en la que conoció a su novia. Resulta que una amiga suya les había montado una quedada sin haberse visto nunca antes y el chico se confundió de persona. Se dio cuenta de su error cuando apareció el novio de la chica. El chico, avergonzado y nervioso, decidió salir corriendo y, al llegar a la puerta, chocó de cabeza con su verdadera cita, cayendo los dos de culo al suelo. Fue una manera extraña de romper el hielo, pero funcionó y ahora salen juntos.

A lo largo de las siguientes páginas pude leer los locales de Barcelona en los que ella y Jaime suelen tomar algo. La gran mayoría corresponden a la zona de Gracia. Así que, como una detective, recorrí durante unas cuantas noches los diferentes garitos de esta zona. Pregunté a todos los camareros si conocían a Jaime, les enseñé la foto y, cuando ya casi estaba a punto de darlo por imposible, tuve un pequeño golpe de suerte.

“Yo lo conozco”, me dijo un chico de unos dieciocho años que hacía poco que había empezado a trabajar, “es mi fisio”. Le pregunté si lo que me estaba diciendo era verdad y me aseguró que sí. Después de casi una semana buscando, no me podía creer que finalmente pudiera acabar dando con él, así que interrogué al chico para que me contara todo lo que sabía. Y aunque no le saqué gran cosa, pude llegar a saber lo suficiente como para encontrarlo.

Y lo encontré

La mañana siguiente de la conversación con el camarero la dediqué a buscar a Jaime. Tenía tantas ganas de conocerlo en persona, que incluso había pedido fiesta para encontrarlo.

Durante el trayecto de mi casa al centro desde el que atendía, dudé si abrir el diario y leer un trozo más. La tentación era fuerte, pero al final no lo hice. Una pequeña voz, con el timbre de mi madre, no paraba de repetirse en mi consciencia. “No está bien leer los diarios de los demás, no está bien leer los diarios de los demás”. Había leído una parte, y aunque el motivo había sido del todo justificado, un inmenso sentimiento de culpa hizo que me frenara. Y sinceramente, creo que es lo mejor que podía haber hecho.

“¿Qué puedo hacer por ti?”, me preguntó después de abrir la puerta. En ese momento me sentí como una de esas tías de las pelis que están a punto de cumplir una misión importante y sonríen porque, gracias a ella, la vida de la persona que tiene delante, va a cambiar. “Nada”, le contesté, y le entregué el diario.

No me esperaba que se pusiera a llorar. Casi lloro yo también al verlo tan emocionado. El diario era mucho más importante de lo que parecía. Por un instante, pensé que sus lágrimas eran debidas al hecho de haber podido recuperar algo que creía haber perdido para siempre.

Y  así era, pero no por el motivo que yo creía.

De repente, abrió la libreta y buscó en un hueco oculto de la tapa. Había un sobre con unas fotos de un niño y una niña, que por la ropa que llevaban, parecían de finales de los 90. Quise preguntarle de qué se trataba, pero no me atreví. Fue él quien decidió contármelo:

“Cuando era pequeño tenía una amiga muy especial. Teníamos la misma edad y jugábamos a todas horas al salir del cole, pero se mudó… Creí que nunca más nos volveríamos a ver. No veas la sorpresa que me llevé cuando me enteré que mi novia, la chica que conocí en una cita a ciegas, era esta niña. Al principio no nos lo creímos y tuvimos que comprobarlo buscando fotos de cuando éramos pequeños. Desde entonces las llevo siempre encima”.

Mientras me lo contaba pude ver cómo se sentía de agradecido. En ese momento me sentí muy afortunada de que alguien compartiera una historia así conmigo. La vida me estaba ofreciendo la oportunidad de conocer a una gran persona y decidí no desaprovecharla. Por eso, cuando Jaime me dijo de tomar algo, le dije que sí. Ese fue e inicio de una bonita amistad que todavía hoy nos dura.

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