Por qué nadie habla de lo que duele que tus padres se divorcien cuando eres adulto

Eran las 10 de la mañana del 21 de abril de 2013 cuando lo único que podía llamar hogar en el mundo se hizo añicos para siempre. Estaba medio dormida en la cama cuando, sin previo aviso, escuché a mi padre llorar en el salón que nos había visto crecer a mi hermana y a mí. Se había enterado de que mi madre no había pasado el fin de semana con una amiga en Teruel y que, por tanto, le había estado engañado con otro hombre. No tenía la menor idea de dónde estaba, solo sabía que se encontraba ante el principio del final de un matrimonio de 30 años.

Tengo aquel día grabado en mi memoria como si fuera ayer. Del mismo modo que recuerdo que antes de ello no creía que los divorcios que había visto entre los padres de algunos de mis amigos fueran un gran drama. Pensaba que eran 'cosas que pasaban' y que, al ser ya jóvenes adultos, no tenía que ser muy difícil aceptarlo y después superarlo. Pero cuando esta nube negra se puso sobre mi casa, el mundo se me cayó encima de un modo que jamás había imaginado. Es por ello que, ahora que ya han pasado casi cinco años y lo tengo asimilado, me pregunto por qué nos cuesta tanto sobreponernos a esta maldita experiencia aun cuando somos adultos.

Cómo explicar esos sentimientos que matan

En mi caso, de un día para otro, nuestra casa se quedó medio vacía y pasó a albergar únicamente tristeza. Estos sentimientos me acompañaron durante meses sin ser de ninguna utilidad, ya que no me ayudaron a comprender por qué estaba tan mal si, con 20 años, aún tenía toda la vida por delante. Pero vivir el divorcio de tus padres duele a cualquier edad, según me cuenta el director clínico de Instituto Barcelona de Psicología, Sergio Carmona: "tienes sensación de abandono por parte de uno de los padres o por ambos, desesperanza por ver rota una relación que dabas por firme o indestructible y sensación de pérdida de alguno de los progenitores o de algo que ha desaparecido –hogar familiar, situaciones concretas con ambos padres, etc.–”.

Todos estos sentimientos hicieron que me resultara imposible ver la luz al final del túnel, y mis posibilidades cayeron aún más cuando me percaté de que mi referente de pareja y de amor en el mundo también se había derrumbado. "Tras años y años de relación, los hijos tendemos a pensar que, llegados a ciertas edades, nuestros padres no llegarán a divorciarse. Pero cuando ocurre puede provocar que tambaleen los cimientos del hijo, que de repente aparezcan sentimientos de tristeza, incertidumbre y dudas sobre el significado del matrimonio, del amor, de la familia, etc.", comenta Carmona.

El proceso de recuperarse

No sentí que empezaba a recuperarme hasta que había pasado algo más de un año y medio y ahora sé que tardé tanto porque en los primeros meses me decanté por apoyar más a mi padre. Uno de los métodos para recuperarse es, según Carmona, "no posicionarse ni alinearse con el padre o madre". Aunque claro, en ese momento estaba a años luz de entender que mi madre solo era una mujer que hacía tiempo que no era feliz y que, al dar el paso, no supo hacer las cosas bien.

Así que, eliminando los juicios de valor, Carmona recomienda aceptarlo lo antes posible: "Si la pareja ha decidido separarse y es una decisión firme, es mejor respetarla y no entrar en la negación. Procurar no generar más conflicto y acompañarles en el proceso, será positivo para toda la familia". Pero a mí me costó demasiado empezar a pensar de este modo. Antes de poder resignarme tuve que pasar por todos los primeros momentos significativos que no viviríamos juntos: Navidades, cumpleaños, vacaciones y una infinidad de situaciones cotidianas que compartía con mi madre. Ahora entiendo cómo se habría agilizado el proceso si no hubiese tenido la necesidad de golpearme con la misma realidad en múltiples ocasiones para recordar una y otra vez la misma verdad: ella jamás volvería.

Levantarse siendo mejor

Aunque fue una época muy dura, valoro todas las lecciones que me llevé y que describe el experto: "saber encarar y aceptar mejor los problemas, desarrollar templanza, paciencia y respeto por los demás, poner límites a nuestro espacio o poner a prueba nuestra capacidad para adaptarnos a nuevas circunstancias". También entendí que los padres no son siempre ejemplos a seguir porque, como todo ser humano, también se equivocan. Que nadie es ni muy bueno ni muy malo, todos nos movemos en una escala de grises. Que todos nos merecemos una segunda oportunidad. Que el amor verdadero existe. Y que siempre nos volvemos a levantar para ser aún mejores.