Cuando las discotecas light eran nuestro Tinder

Ni las películas románticas ñoñas de adolescencia, ni las notas que nos pasábamos de contrabando con nuestro crush de clase: nada nos preparó tanto para el amor en los tiempos de Tinder como las discotecas light. Esos lugares sórdidos pero fascinantes fueron el escenario de nuestros primeros y lamentables escarceos amorosos.  Seguramente, muchos de los traumas sentimentales que arrastramos tengan su origen en aquellos sábados en los que nos emborrachábamos con un Blue Tropic a las siete de la tarde y le acabábamos comiendo la boca a cualquier random con una camiseta de 'El Niño' mientras sonaba El Canto del Loco de fondo.

Por aquel entonces, nuestra vida sentimental era bastante más agitada que ahora, en parte porque el único filtro que teníamos era el que le poníamos a nuestras imágenes en Fotolog. No hacía falta descargarse ninguna app para ligar, porque si fichabas a alguien en la discoteca siempre había algún intermediario en tu grupo de colegas que se le acercaba y le soltaba el mítico '¿Quieres rollo con mi amig@?'. No nos engañemos, aunque muchos traten de demonizar Tinder por considerarlo el súmmum del neoliberalismo afectivo, ya éramos bastante frívolos en la primavera de 2007.

El microcosmos que se gestaba en la pista de baile era la antesala de la sociedad de clases que nos esperaba en la vida adulta. Estaba la gente guay que bailaba subida en la tarima o en la barra y luego los pringados que nos quedábamos cuidando los abrigos en los sillones, porque éramos incapaces de coordinar nuestras extremidades para bailar Coyote Dax. Los popus de clase jugaban a ser relaciones de Pacha Light, mientras a lo máximo que aspirábamos el resto era a pegar un flyer de la sesión en nuestra agenda del cole.

Y, sin embargo, aquellas tardes absurdas tenían el romanticismo y el vértigo de las primeras veces. De esa época viene la dualidad que nos ha acompañado desde entonces en los amores de barra de bar: el desasosiego de los días que volvías a casa sintiéndote invisible, pero también el cosquilleo de cuando a la mañana siguiente te tocaba esconder el chupetón en la comida familiar. Y te anudabas un pañuelo al cuello aunque la temperatura fuese de 40ºC y hasta tu abuela se diera cuenta de que te habían comido el cuello. Mientras, tú te zampabas la paella sonriendo como si nada, porque sabías que no necesitabas romperte la cabeza pensando dónde llevarías a tu cita el próximo fin de semana: lo más seguro es que te lo volvieses a encontrar en la discoteca light.

Por aquella época vivíamos todo con una ingenuidad intensa. Y nos sentíamos invencibles por colar en la discoteca un poco de Malibú con piña en una petaca. Cantábamos "son mis amigos por encima de todas las cosas" hasta quedarnos sin aliento a personas con las que ahora ni nos saludamos si nos cruzamos por la calle. Convertíamos la espera en la cola del baño en la mejor red social del mundo y no nos rayábamos si salíamos mal en las fotos: las subíamos absolutamente todas a Tuenti y etiquetábamos en ellas hasta a nuestra prima tercera de Sanabria. Vivíamos sin artificios y sin pudor. Deberíamos aprender de ello, ahora que nos tiramos horas pensando una frase aparentemente casual para nuestra bio en Tinder y desechamos mil planos hasta dar con la imagen perfecta para resultar sexys sin parecer flipados a la vez.

 Hace una década comprendimos que las mejores noches no se planean y que perder el control puede ser maravilloso. Así que estaría bien que en vez de pasarnos la noche del sábado swipeando a la izquierda en la pantalla de nuestro móvil, arrastrásemos a nuestros amigos a cualquier antro para bailar Fiesta Pagana como si volviéramos a tener 15 años y el mundo adulto pudiese esperar. Al fin y al cabo, nunca seremos tan jóvenes como esta noche.