Diario de mi semana sin sujetador: ¿se me caerán? ¿me llamarán guarra?

"A veces no llevo sujetador, no me da la gana", proclamaba hace unos meses la escritora y actriz Noelia Morgana en un vídeo lleno de fuerza y empoderamiento femenino que corrió como la pólvora por las redes sociales. Yo también lo compartí. Aunque no era verdad, no me atrevía a quitarme el sujetador ni en la playa. Como todas, he vivido con el miedo alrededor de mis pechos. Miedo a que me miraran, a que mi escote fuera demasiado profundo y que me llamaran 'guarra', a que se me cayeran por no llevar sujetador... Pequeñas punzadas llenas de juicios, propios y ajenos, de mitos y desconocimiento a los que decidí enfrentarme y buscar respuestas. La mejor manera para averiguarlo era experimentarlo y pasar una semana sin llevar sujetador. Y eso hice.

Lunes: la novedad

Me planté en la redacción con una sensación de poder y vergüenza. Por primera vez en mi vida iba a vivir un día entero sin llevar aros, espuma, tirantes y tela rodeándome la espalda. Lo he hecho otras veces estando de vacaciones en la playa o en mi casa. Pero en el trabajo no es lo mismo. Nadie me dijo nada hasta que me quité la chaqueta y una compañera, la única que sabía que iba a hacerlo, me miró y se rió durante unos diez minutos. No muy fuerte, como si fuera un secreto, pero se reía conmigo como diciendo "qué fuerte tía, yo no podría".

Me sentía ilusionada, libre, pero al mismo tiempo extraña. Mi pecho no es pequeño y es bastante evidente cuando no está recogido. Iba al baño o a la cafetería y mis tetas se movían de un lado a otro, rozándome los brazos y rebotando. Y de tanto tirar hacia abajo, si convertía esta decisión en permanente ¿se me caerían las tetas? Según el médico francés Jean-Denise Ruillon, todo lo contrario. Hizo un estudio en el que midió durante 15 años los pechos de 300 mujeres para ver cómo evolucionaban al dejar de usar sujetador. Su planteamiento era: "si la mujer lleva sujetador desde el mismo momento en que le crecen los senos, el aparato suspensor no trabaja correctamente y los tejidos de suspensión se relajan", decía. De modo que las mujeres nos acabamos convirtiendo en dependientes del sujetador, una prenda que, en realidad, según sus investigaciones, no necesitaríamos. Y aunque asegura que las que participaron en el estudio ya no soportan llevarlo, yo no estoy tan segura.

Nadie más que mi compañera notó mi nuevo 'estado' durante todo el día o, al menos, nadie me lo dijo ni percibí miradas. Al volver a casa en moto cada bache me hacía saltar y, lejos de ser gracioso, hacía que mis tetas impactaran. Más bien dolía.

Martes: de postre, clichés

La mañana del segundo día con las tetas 'en libertad' me di cuenta de que empezaba a tener un problema que iba más allá de relacionarme con los demás: No sabía qué coño ponerme. Y no tenía nada que ver con que no me gustara mi ropa, sino que mis pechos no se quedaban quietos en muchas de mis camisetas y, en otras, se transparentaban los pezones o se marcaban muchísimo. Se trataba de ir sin sujetador, no de ir exhibiéndose. Sentía que iba desnuda. "Toda la ropa sirve para ponértela cuándo y cómo te apetezca. No sé a qué te refieres exactamente con lo de ser 'demasiado evidente' o lo de ir 'desnuda'", dice Noelia Morgana la autora del vídeo viral que me sirvió de inspiración y a la que contacté para hacerle algunas preguntas.

En realidad, estaba teniendo miedo de mostrar algo que, al final, es natural. Son pezones, lo extraño sería que no tuviera. Pero ¿dónde está el límite entre eso y la convivencia? Al final, me puse una camiseta ancha y me fui a trabajar sintiéndome un saco de patatas y dejándome llevar por los cánones de belleza occidentales. Se puede pecar un poquito, ¿no?

Por la noche cené con mis mejores amigas. Nada más quitarme la chaqueta en el bar de mi barrio todas se me quedaron mirando. Unas rieron y otras se llevaron las manos a la cabeza. "Madre mía Noe, si es que se te ve todo. ¿No te mueres de vergüenza?", "Tía, yo me negaría a hacer algo así por trabajo. Ni de coña", me dijeron. Unas con los pechos más pequeños, otras más grandes, me demostraron a lo largo de toda la noche, con sus chistes cada poco rato, que sí vivimos muy condicionadas por lo que piensan las personas más cercanas a nosotros. Por mucho que se use aquello de "a mí me da igual lo que piensen los demás". Nah, de eso nada.

Aunque haya personas que sí lo consigan, como Morgana: "La gente, en general, siempre reacciona o con babas o con asco. Antes esto me hacía sentir incómoda, y ahora me importa un pimiento. Esa es la única diferencia que hay en mi vida desde que no llevo sujetador". Y no solo son esos sentimientos los que aparecen al romper, aunque sea muy poco, las normas sociales. Me di cuenta de que yo también había sido partícipe de cosas así muchas veces, incluso cuando una amiga —que también cenó conmigo esa noche— fue sin sujetador a la discoteca un par de veces porque pasaba mucho calor y las demás nos reíamos de ella como adolescentes. Decidí que no volvería a hacerlo y que, si me lo hacían a mí, lo mejor que podía hacer era tomármelo con humor.

Miércoles: como un péndulo

Mis problemas de vestuario seguían ahí, pero ahora contaba con más argumentos para que me diera igual si mis pechos se movían. Y se movían mucho. Aposté por una camiseta de tirantes holgada y temí durante todo el día que mis tetas se salieran por un lado de un momento a otro. ¿Era cosa mía o empezaban a estar más abajo?

"Por una semana no va a pasarte nada. Pero yo defiendo que sí que hay que llevar sujetador. Todo lo que no prevenimos acaba convirtiéndose en algo que al final solo se puede resolver con cirugía", dice por teléfono Francesc Puertas. El experto en corsetería, asesor de grandes marcas de ropa interior, como Belcor o Selmark, y profesor en el máster de la Universidad de Barcelona que especializa a médicos en senología y patología mamaria, es un defensor a capa y espada de esta prenda milenaria. "La naturaleza es muy sabia, pero lo de que el pecho se sujeta solo es mentira. La mama se agarra a la clavícula y al músculo pectoral mediante unas cuerdecitas no elásticas llamadas 'ligamentos de Cooper'. Si se rompen, con movimientos bruscos o al hacer deporte sin sujetador, ya no hay nada que hacer y el pecho se cae", asegura Puertas.

Así que decidí que no iba a ir al gimnasio (aunque cualquier excusa me sirve para eso). Por la noche, mi pareja me preguntó qué tal me estaba sintiendo estos días. A él no le importaba en absoluto que decidiera hacer este experimento, pero quería saber si me dolía el pecho. Todo bien, pero estaba empezando a ansiar con fuerza que llegara el fin de semana. Sobre todo porque llevaba tres días soportando el frío del aire acondicionado de la redacción en mis pezones. Se ve que no están acostumbrados.

Jueves: la medicina manda

Conduje con cuidado, los baches me acechaban. Llegué y, al sentarme en la silla, me di cuenta de que había algo que me molestaba. ¿Qué leches estaban haciendo ahí, rozando mi barriga cada vez que doblaba un poco la espalda? ¿Estarían más abajo de lo normal? "El pecho se cae simplemente por el efecto de la gravedad: cuanto más grande es la mama más se va a caer", me dice por teléfono el doctor Julio Millán, cirujano plástico y director del Instituto de Cirugía Estética del Dr. Millán. El tipo de piel, de glándula mamaria y el tamaño de mis senos van a decidir hasta dónde van a llegar. O sea, la genética. Pero, por si acaso, pido una segunda opinión a la doctora Carmen Ara, jefa de la Unidad de Patología Mamaria de Salud de la Mujer Dexeus: "Médicamente no hay ningún problema por que no se llevara sujetador, pero seguramente sea menos incómodo o te duela menos si tienes el pecho grande porque repartirás el peso con los músculos de la espalda".

Y, si no lo necesitamos, ¿por qué se lleva? ¿solo por comodidad? "Es algo más social que físico. Aquí arrastramos una cultura religiosa. En la mayoría de países europeos se usa muy poco el sujetador, excepto en España o Italia. De hecho, los países eslavos lo usan poquísimo, a no ser que lo necesiten por dolores de espalda o la situación social. Aquí los tenemos muy arraigados a nivel cultural", me había dicho Millán. Así que, si el hecho de llevar sujetador es solo una cuestión de mentalidad ¿no podemos cambiarlo?: "No tengo ni idea de si vamos hacia un futuro sin sujetador, pero mucha gente está despertando y eso es genial", me contesta Noelia Morgana cuando le lanzo esta pregunta.

Ella ya no recuerda cuánto hace que decidió abandonar esta prenda, pero sí que fue un día en el que se hartó de pasar demasiado tiempo arreglando las imperfecciones que la sociedad le decía que tenía. "Desde entonces, nunca me he sentido avergonzada. Incómoda, al principio. Presionada, a veces. Cuestionada, siempre", añade, y en eso la estoy entendiendo.

Viernes: a tomar por saco

Mis compañeros de trabajo —y mis jefes— ya se habían enterado de mi 'experimento' y solo me miraban cuando me hacía la foto diaria. A mí me hacía gracia porque me había sentido respetada por todos. Mucho cachondeo, pero nadie llamándome cosas raras que me faltaran al respeto. En mi último día del experimento: camiseta pequeña. Marcaba los pezones, ¿y qué? Ya no le tenía miedo a la gravedad.

Toda la sociedad obsesionada con tener las tetas arriba y una pregunta me golpeó con una fuerza brutal: ¿y qué más da que estén caídas? Lo que no me esperaba es que la respuesta me la diera el corsetero Francesc Puertas: "No tiene nada de malo tener los pechos caídos. Cada mujer tiene que sentirse a gusto con lo que ve de sí misma".

Si hay algo que he aprendido, después de resolver este debate por la parte médica, es que lo único indispensable para no llevar sujetador es quererte. Quererte mucho. No dejar que nada ni nadie te haga dudar por un segundo de tu decisión si es que quieres abandonar los aros y los tirantes. Y que, si no quieres hacerlo, ten claro que eso no te hará menos libre o menos feminista. Por lo que a mí respecta, después de quitarme los miedos con esta semana de experimento, creo que el lunes me volveré a poner mi sujetador favorito. O no, no lo sé, qué más da.