Un detective nos explica el asco que damos en la intimidad

Tiene 25 años y hace 4 que es detective. Investigador privado, como Sherlock Holmes, como Batman, como la puta Pantera Rosa. Se conoce el mapa de Barcelona como el taxista más veterano, pero en vez de pegarte la chapa con cualquier asunto de la actualidad a ritmo de COPE, del estilo “todos los políticos son unos corruptos” o “el Barça este año está muy fuera”, él calla. Calla y observa.

Existen dos tipos de personas: los que se parecen a los perros y los que se parecen a los gatos. Los del primer grupo son amigables, ruidosos, son muy de llamar la atención y no temen en exteriorizar cualquier parida que se les pasa por la cabeza o el corazón. Luego están los gatos, que son todo lo contrario. El detective privado por excelencia es, a la fuerza, un gato.

En el momento en el que estéis leyendo estas líneas nuestro amigo felino estará, muy seguramente, al acecho de algún objetivo con su Honda SH 300. Qué clase de objetivos, os preguntaréis.

- ¿Mujeres infieles? -preguntamos.

- A veces - los gatos maúllan poco.

- ¿Alguna anécdota?

- Un marido sospechaba que su esposa se iba con otro. Llamó a mi jefe, que me pasó el encargo. La mujer se iba con su hija al piso de un camello. Se lo follaban a cambio de coca.

- Guau.

- Sí.

De todas maneras, ya casi no se contratan los servicios de un investigador por asuntos extramaritales. Puede salir muy caro: cobra unos 25 euros por hora. Lo que se lleva actualmente en el mundillo son estafas al seguro. Auténticos jetas profesionales que simulan una lesión cervical que supuestamente les impide ir a trabajar para sacarse una pasta y que luego nuestro amigo el detective les inmortaliza con su cámara mientras se les ve descargando cajas con pinta de pesar mucho o transportando un piano del tamaño de un buque. Dice que le hace gracia pillarles mintiendo tan descaradamente. La verdad es que nuestro amigo es un poco cabrón.

- ¿No te sabe un poco mal hacerle esta putada a la gente?

- No. Ellos mienten, yo les descubro la mentira.

- ¿Alguna vez te has encontrado con alguno que no estuviera mintiendo?

- No, todos mienten. La gente da bastante asco. Que se jodan.

Pero las falsas bajas laborales no son el único caso al que se enfrenta el detective de hoy. Explica cómo se ha tenido que infiltrar en una conocida e importante empresa local (el nombre no puede ser publicado) en la que había una red interna de tráfico de drogas. Esta clase de investigadores puede llegar allá donde la policía no es capaz. Jamás sospecharías que el nuevo becario de la oficina, tatuado, con pendientes, y con cara de no enterarse demasiado de qué va el rollo, te está jodiendo la vida a base de bien por la espalda. Se ponen a currar en la fábrica como si fueran trabajadores normales, con la excepcionalidad de que espían a sus compañeros mientras les ríen las bromas y se van a tomar unas cervezas con ellos y se forran cobrando el sueldo de la empresa investigada y el de la agencia de detectives. De repente llega la poli a la oficina, detiene a los presuntos culpables, son despedidos y el novato desaparece sin dejar rastro, todo el mismo día. Consejo milenial: si estás pensando en traficar en tu trabajo casi mejor que no se lo digas al becario.

- ¿Se te ocurre algún caso más?

- No.

- Hombre, alguno más habrás hecho.

- Sí, pero no quiero que lo publiques.

- Bueno, al menos explícamelo por encima.

- Hay detectives que cobran por encontrar gente.

- Lo suponía...

- Y pegarles una paliza.

- Oh.

- Sí.

- ¿Pegarles una paliza por qué?

- Temas de pareja, deudas... La gente da bastante asco.

Pero hay más. Varias veces ha tenido que seguir a algún adolescente descarriado de buena familia en sus juergas nocturnas y mañaneras, por encargo de sus padres, para vigilar en qué dilapida su futuro y fortuna familiar.

- En drogas y alcohol.

En drogas y alcohol, que también es droga. Nuestro investigador se va de fiesta pero por trabajo, se pega la party padre aunque por compromiso, es su destino, su misión, como en la canción de Pokémon. Finge que se lo está pasando muy bien en Monegros, o en el Viñarrock, o por discotecas de Barna o Madrid, mientras fotografía descaradamente a su joven objetivo, que jamás de los putos jamases podría imaginarse que el tío simpático y fiestero que le está echando unas fotos o se hace unos selfies con él mientras se fuma un porro o se hace el quinto cubata o lo que pinte es en realidad un espía por encargo, un maldito mercenario. Consejo milenial (edición para padres): si cree que su hijo tiene un problema de drogas, háblelo con él y ayúdelo, cojones, porque contratar a un detective para que le siga es la mejor manera de perder su confianza.

Lo peor que le puede pasar a un detective es enamorarse de la persona a la que sigue. Si no habéis visto “La vida de los otros” dejad de leer este reportaje  y poneos a verla, que vais a aprender mucho más. Sigo para los que aún estáis aquí. Al fin y al cabo un investigador pasa muchas horas solo (muchísimas), y es fácil que uno se obsesione con su única compañía, que además es inconsciente de serlo. Acabas conociendo a la otra persona como si fuera tu amiga del alma. La observas cuando cree que nadie lo hace, remueves su basura y sus trapos sucios. Hay que reconocer que el asunto da un poco de mal rollo.

Un día casi le parten la cara por dos o tres lados. Seguía a un objetivo (Varón / 32 años / Complexión fuerte / Estafa al seguro) a bordo de su moto por Plaza España. Le perdió de vista y se le apareció a su lado. Le agarró del brazo. Mal asunto: es jodido que a un detective le “quemen”, que en la jerga profesional es algo así como “te han pillado, primo”. El joven investigador no debe pesar más de 70 kilos, por lo que un enfrentamiento cuerpo a cuerpo no es la mejor opción contra un tío cabreado y confuso como un gorila nazi en el desfile del Orgullo Gay, y que encima acaba de descubrir que un desconocido le está siguiendo. Así que bomba de humo y huida.

Con todo, no es fácil convertirse en detective. Para empezar hay que estudiar una carrera de tres años. Nuestro amigo la aprobó entera copiando. A golpe de pinganillo. Con dos cojones y muy poca vergüenza. Bromea con que si un detective no es capaz de hacer trampas en un examen sin que le detecten es que no es un True Detective. Hay que ver qué huevos tiene, aunque razón tampoco le falta.