Dejé que se fuera porque tuve miedo de arriesgarme

Cada vez que dudo sobre qué decisión tomar me acuerdo de un chico que conocí en Barcelona. Yo estaba sentada en una de las plazas más bonitas que tiene el Barrio Gótico, al lado de la calle del Bisbe, en una cafetería donde a veces hacen recitales de poesía y que me gusta porque huele a café y a sol y porque, aunque llueva, algo la hace brillar mucho por dentro. Recuerdo estar liándome cigarros y leyendo a intervalos mientras con un lápiz subrayaba las frases que después iba a colocar en puntos estratégicos de mi habitación. Por aquel entonces yo estaba saliendo con alguien que me había hecho sufrir mucho pero con quien ya no estaba tan mal. Ya sabes, cuando te acomodas en una rutina donde se esfuma la magia. 

Era mi caso.

Diego, que así se llamaba, se acercó a mí de la nada para preguntarme si quería hablar de lo que estaba leyendo. No era un tipo especialmente guapo. Ni  fuerte, ni delgado. Pero sí armónico. Muy armónico. Tenía unos grandes ojos verdes y llevaba unos vaqueros que, a juzgar por el modelo, hacía años que podía haber retirado de su armario. Al principio me quedé paralizada, me extrañó mucho esa confianza poco normalizada a la hora de generar una conversación. Tan suave y delicada, tan natural y espontánea, tan dócil y tan sencilla. Como las cosas que surgen porque sí, sin planearlas.

Yo estaba leyéndome un libro de Benjamín Prado. Me preguntó por qué me gustaba la poesía y me habló de los homónimos de Pessoa. Diego había estudiado Bellas Artes y en sus ratos libres se dedicaba a distribuir, por los rincones del Gótico, pequeños fragmentos de poemas que él escribía y que luego doblaba en diminutas bolas de papel. Las llamaba 'miodesopsias'. A mí me pareció que era lo más romántico que había escuchado en mi vida. Ya ves, escribir porque sí y luego regalar las palabras. Armarlas de valor y dispararlas, como si fueran balas que se clavan en las personas de una forma tan elegante que cuando te dan, cómo van a dolerte.

No sé muy bien cómo llegué a darle mi número de teléfono, pero desde ese día surgió entre nosotros una conexión distinta a todo lo que había vivido hasta entonces. Nos comimos las calles de Barcelona durante tres meses, nos contamos la vida en prosa y en verso, me regaló libros, me enseñó a pintar con las manos, a interpretar el arte, a escribir con los ojos cerrados y a saber pedir buen vino.

Nunca ninguno de los dos dijo todo lo que llevaba dentro. De hecho, si por aquella época me hubieran hecho una pequeña incisión en la garganta estoy segura de que se me habrían salido miles de palabras. Atragantadas. Estancadas, pidiendo salir. Para gritar 'me gustas'. Para gritar 'te quiero'. Para gritar 'te mordería los labios en este instante y me largaría del mundo contigo ya mismo'.

Pero no lo hice y jamás pasó nada. Ni un beso, ni abrazo, ni un mensaje fuera de lugar que pudiera dar a entender que éramos algo más que dos personas compartiendo juntas la belleza de las cosas. Nunca me exigió nada. Solo un poco de tiempo para decidir qué hacer. Así fue como un día me lo dijo. No podíamos seguir porque se había hecho difícil continuar entre nosotros como si nada. Como si no fuera importante que yo llegara a casa y hablara con otro, como si no fuera relevante que solo dedicara a estar con él el tiempo sobrante.

Y yo le dejé irse porque tuve miedo. Y me sentí tan culpable que no supe qué hacer. Y me sentí sola hasta que aprendí a vivir con ello. Ahora ha pasado el tiempo. Tanto como para que mis salidas hayan quedado diluidas en un recuerdo. Ya no me duele pensar que fui mierda de cobarde pero, a veces, cuando paso por algunos de los rincones de Barcelona que nos pateamos, una punzada se me agarra al costado y pienso qué hubiera pasado si hubiera hecho algo. 

Es una de las cosas que aprendí de Diego. A arriesgarme. Por eso, cada vez que dudo sobre qué decisión tomar, me acuerdo de la poesía, del arte, y de aquel chico que una vez conocí en Barcelona. Y me funciona. Siempre me funciona.