Lo dejé todo y me marché a meditar durante 12 horas al día en un templo budista de Japón

Escapar del mundanal ruido, de las preocupaciones, del estrés, de las responsabilidades e, incluso, de uno mismo. Es una vieja aspiración a la que la mayoría de los occidentales respondemos con una buena noche de fiesta, un finde en la montaña o, como mucho, unas vacaciones en un spa. Sin embargo, sí que hay gente que está dispuesta a llegar un paso más adelante y probar la verdadera desconexión de ese ‘matrix’ que es nuestro día a día.

Durante los tres meses de su retiro, Albert (a la derecha) vistió únicamente la vestimenta tradicional de monje

“Llevaba años practicando el budismo zen en Europa pero esta vez quería dar un paso más y realizar un verdadero retiro espiritual”, explica Albert Serrano. Este informático barcelonés, de 44 años, decidió recluirse durante tres meses en un templo de las montañas de Fukui, a un par de horas de Kyoto, con la única compañía de 10 monjes. Aunque él mismo había llegado a ordenarse monje —bajo el nombre Myosei— y era su décima visita en Japón, la experiencia ha sido un antes y un después.

Solamente su rutina diaria en el templo sería digna de un guión en Hollywood. “Cada día nos levantábamos a las 3:30h de la madrugada para meditar un par de horas. Después pasábamos a una sala para cantar sutras, que son oraciones en japonés antiguo. Algunos me los sabía de memoria y otros simplemente los leía”, relata. Tras horas de meditación y oración, llegaba el momento de la comida pero ni siquiera entonces dejaban de lado la concentración.

La región de Fukui alberga una de las mayores concentraciones de templos budistas de Japón.

Comíamos pero siempre teniendo presente que cualquier momento se debería estar concentrado en ser y estar. Por eso, una de las cosas más importantes era procurar que los seis cuencos donde estaba la comida estuviesen colocados en su posición correcta y en armonía con los palillos además de procurar comer y limpiarlos en el orden correcto. El objetivo último de todo era que tu mente nunca se podía perder en pensamientos”, resume.

La limpieza también tenía un lugar central en la rutina de los monjes. “Miraba a mi alrededor y me preguntaba para qué estaba limpiando porque se podía comer en el suelo. Los templos estaban impolutos”, reconoce Albert que, en su caso, sabía perfectamente la importancia de los actos simbólicos en la vida de los monjes. Pero la rutina en el templo no era nada en comparación con las sesiones de meditación intensiva que practicaban una semana de cada mes.

Albert (abajo a la derecha) posa junto a los demás monjes budistas en la sala principal del templo.

“En aquella semana me levantaba a las 2h de las madrugada y a las 2:20h ya tenía que estar listo para meditar. En total eran 12 horas diarias de meditación en las que solamente descansaba dos horas para comer y estirar las piernas. Físicamente era durísimo porque mantener la postura del loto únicamente apoyado en un cojín y sin moverte un milímetro durante horas es agotador”, recuerda Albert quien durante esas semanas ni siquiera tenía un lugar propio para su descanso.

La cosa no acababa aquí, una vez al mes el ritual se complicaba todavía un poquito más: “había un día de culto especial en el que acudíamos a un pequeño templo recogido en la montaña para hacer ayuno y meditación durante 14 horas seguidas”. Un suplicio para la mayoría de los mortales pero que para Albert, quien apenas vio tres occidentales durante todo su retiro, valió la pena. “Cuando acabas percibes la realidad de otra manera”, asegura.

La austeridad dominaba todas las estancias del templo. La privacidad no es una opción.

La técnica de meditación que empleaban los monjes también tenía su misterio. “No es que estés con la mente completamente en blanco pero cada vez que comienza a brotar un pensamiento te vuelves a concentrar en tu postura o respiración y desaparece. En un determinado punto tu mente se encuentra totalmente diáfana y libre de las preocupaciones del día a día, que es lo que realmente nos agota, dice el catalán.

“A través de la meditación profunda aprendes a conocerte y a aceptar tus contradicciones internas, por eso cuando sales de estar meditando tanto tiempo la percepción te cambia. Sigues manteniendo esa distancia pero también sabes que, poco a poco, esa percepción viciada por el ego te va a volver a absorber”, concluye Albert que desde hace unas semanas continua con su trabajo habitual de informática en una empresa de Barcelona. Y, si os lo estabais preguntando, la experiencia apenas le costó la voluntad: "los monjes nunca piden una cantidad de dinero, solamente lo que se quiera aportar. Creo que di algo más de 100 euros, pero ya te digo que si dieses cero euros nadie te lo iba a recriminar".

La estética en torno al ritual ocupa un lugar central en el budismo zen, cada detalle se cuida al milímetro.

Puede que la inmensa mayoría de nosotros jamás realicemos un retiro de ese calibre o que no decidamos abrazar el budismo, sin embargo, todos tenemos la oportunidad de comenzar a meditar y de conocernos mejor. De hecho, el mismísimo Leonard Cohen decidió ordenarse monje en 1996 como una manera de mejorar su religión original, el judaísmo. Así que, por lo visto, todos los caminos son válidos si lo que se obtiene con su práctica es el autoconocimiento y la paz interior.