Deja de pensar que las cosas siempre tienen que ser perfectas

El idealismo lleva atormentando nuestras mentes desde los tiempos de Platón por mucho que filósofos como Nietzsche se hayan esforzado en recordarnos que las cosas son como son

A veces en la bio de Tinder de alguien te sale eso de “mi cita perfecta consiste en…”. Pues bien, mi cita perfecta consiste en que las cosas no se arruinen. Con los años hay que bajar las expectativas porque si no ya se encargará este miserable mundo de hacerlo por ti. Si en alguna ley creo es en la de que las cosas no van a salir nunca como esperas, ni mucho menos como te gustarían. Mi vida perfecta hubiese sido otra, y me hubiese ahorrado bastante tiempo y disgustos en domingos lluviosos si alguien me hubiese dicho que la perfección no existe, ni nada que se le parezca. No deja de ser un animal mitológico, como el sexo entre amigos que no degenera en drama o un trabajo a jornada completa que no te haga preguntarte "¿qué se supone que hago aquí?” después de un año despertándote a las siete.

Un baño de sucia realidad

Si los adolescentes, por algún tipo de anomalía cósmica, se pusiesen a leer filosofía de manera masiva, tendrían a Nietzsche como autor favorito. Un poco loco, un poco romántico, un poco poeta, un poco rebelde… el filósofo alemán tiene eso que hemos convenido en llamar “carisma”, y que consiste en que fascina de lejos pero espanta de cerca. La cosa es que no solo los adolescentes pueden encontrarle el gusto. Cualquier milenial que a sus casi 30 años siga compartiendo piso con otros tres inútiles de similar calaña porque su contrato de prácticas solo le garantiza el 60% del sueldo también podría sacarle bastante chicha a este filósofo.

A Nietzsche no le gustaba ni el cristianismo, ni el idealismo alemán (una corriente filosófica de la época) ni la Ilustración ni, en general, nada que no fuese la música de Wagner o el propio Friedrich Nietzsche. El gran problema que encontraba en todas partes era el mismo: esa necesidad de medir y vivir la vida en base a algo que no era la propia vida. ¿Sabes cuando se te mete algo en la cabeza muy fuerte y cualquier cosa que no sea exactamente eso que has imaginado no te vale? Pues este era, principalmente, el problema que encontraba Nietzsche.

Desde Platón, la realidad se ha medido en base al mundo suprasensible, es decir, en base a las Ideas. Las cosas tienen que ser bellas, o justas, o adaptarse a un plano previo de las mismas. Es decir: conceptos abstractos que poco o nada tenían que ver con lo que en realidad estaba pasando. Es como cuando te pones a hablar con alguien y arregláis el mundo en apenas cinco minutos. Todo eso es ideal y seguro que le sientan bien un par de flores como adorno, pero nunca va a suceder en la realidad. Pues lo mismo pasa con la perfección.

Las cosas no salen bien ni mal, solo salen

Puede parecer que el pensamiento de Nietzsche viene a caer en que todo, irremediablemente, es una decepción. Pero no es exactamente eso, ni supone tampoco caer en el pesimismo. De hecho, Nietzsche fue muy crítico con el pesimismo. Si los idealistas pecaban de pensar en cosas perfectas e ideales, los pesimistas se irían al extremo opuesto de la balanza, y verían la vida desfigurada, renunciando a ella. Algo que tampoco era lo que proponía el filósofo alemán.

Su idea era enfrentar la realidad tal cual. Es decir: con sus miserias y brillos. ¿Y por qué? Pues por algo tan sencillo como porque no tenemos otra cosa. Al fin y al cabo, por mucho que sueñes, imagines e idealices, no hay nada más allá de lo que estás viendo. La vida se agota en la propia vida. Y es evidente que a todxs nosotrxs nos gustaría que todo esto fuese de otra manera y contar con otras oportunidades. Pero es, también, algo que nunca va a suceder. Por lo tanto, tenemos que agarrarnos a lo que tenemos.

Una frase especialmente lúcida de Nietzsche es la de que: “la verdad es fea”. Lo lúcido aquí está en entender que siempre tendemos a imaginar algo mejor, algo idealizado. Y, por un lado, es para escapar de la realidad gris que siempre acompaña. El problema es que al hacerlo, al alejarnos tanto del suelo, olvidamos lo único que tenemos: ese mismo suelo. Por triste, cruel y feo que sea no queda ninguna otra cosa, es la materia con la que trabajar, el problema a resolver. No es la mejor opción ni el mejor mundo, pero sí es el más verdadero.

Mi cita perfecta sería ver una de esas pelis de miedo malas en las que parece que los actores no se toman muy en serio el guión. Al final es lo más parecido que hay a la vida: es cutre, asusta, está mal hecha y si la ves en buena compañía te puede hacer incluso gracia.