Por Qué No Deberías Callarte Cuando Tu Amigo Se Comporta Como Un Cretino

Imagina que, tras unas cervezas y muchas risas, llegas al teatro con tu amigo dispuesto a ver una obra que te apetece mucho. Has leído muy buenas críticas y parece que la noche va a ir maravillosamente. Sin embargo, una vez dentro del patio de butacas, resulta que una pareja se ha sentado en vuestro sitio. Vaya por Dios, una situación que nos ha pasado todos.

Lo normal es preguntarles por sus localidades e intentar arreglar el malentendido hablando, pero, de repente, tu amigo se vuelve loco. Chillando les dice que son unos sinvergüenzas, unos jetas que han robado vuestros sitios y que deben levantarse ya. Todo esto muy enervado, como GRITANDO EN MAYÚSCULAS, ya sabéis. ¿Y cómo reaccionamos nosotros?

Seguro que has vivido alguna circunstancia parecida, ya sea con una amiga que le habla fatal a su familia, alguien que explota con un camarero por cualquier chorrada o un amigo que hace bromitas homófobas o racistas todo el tiempo. Todas estas situaciones nos producen rechazo y queremos hacer algo para cambiarlas, pero no sabemos cómo actuar. Intentando resolver la disyuntiva preguntamos a María Doménech, psicóloga de Alfil, quien nos ofrece su visión para poder reconocer el problema y afrontarlo.

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En primer lugar, si queremos afrontar este tipo de circunstancias lo primero es saber que está determinada por muchos factores y no podemos centrarnos solo en un aspecto, tenemos que abrir el prisma para entenderlo.

Este tipo de tesituras son clásicas en la psicología cognitiva, donde "las emociones y conductas de las personas están influenciadas por su percepción de los eventos, la forma en la que interpretan las situaciones", como afirma Doménech. Pero es verdad que el aprendizaje también tiene un hueco en la explicación de estas reacciones, ya que esa acción puede haberle funcionado a nuestro amigo en el pasado y, obtenida la recompensa, le incita a repetir sin meditar las consecuencias.

No obstante, para lograr la explicación de nuestro caso también se tienen en cuenta factores biológicos; se sabe que tras una activación del organismo previa como hacer deporte (o un momento de euforia), la subida de adrenalina hace que el cuerpo esté más predispuesto a actuar de forma agresiva. Un ejemplo podría ser el del musculitos que sale del gimnasio después de un duro entreno, coge el coche y se vuelve loco mientras conduce porque alguien se le cruza o le quitan el sitio para aparcar en casa.

Cambiemos de circunstancia e imaginemos que un amigo le está poniendo los cuernos a su pareja. Tú lo sabes, te parece mal y no sabes cómo actuar, pero en realidad quieres que eso termine cuanto antes. La psicóloga María Doménech recomienda utilizar una conducta asertiva: “Hay que buscar la autosatisfacción, que sería dejarle las cosas claras a nuestro amigo y a su vez no enemistarnos con él”. Esta, sin duda, sería nuestra meta, pero no es tarea fácil.

En ocasiones, nos puede parecer tan complicado enfrentarnos que acabamos aceptando la idea de que se vive mejor sin desatar el temporal. Entre las diferentes técnicas que se trabajan desde la conducta asertiva, nuestra especialista recomienda utilizar el "reforzamiento en forma de sándwich", que consiste en presentar una expresión positiva, después una negativa y otra positiva para terminar. Recuerda, si somos más directos y nos enfrentamos a alguien así, difícilmente alcanzaremos nuestra meta: que comprenda que ha hecho mal.

Pero volvamos a nuestro amigo infiel. Es cierto que podemos elegir mantenernos al margen, aunque tarde o temprano la conciencia podría agobiarnos o invadirnos un pensamiento de culpa: "Si me pasara a mí, me gustaría saberlo". El caso es que, ya sea por principios o por miedo al karma, nos ponemos manos a la obra. Lo primero es ser conscientes que vamos a plantear una situación que a la otra persona no le va a sentar bien.

Es decir, no es lo mismo apuntar una mala actuación concreta o fuera de lugar, que una acción premeditada, repetida y con alevosía. Por tanto, paciencia y control emocional. Como nos recomienda la psicóloga María Doménech, estaría bien validarle a mitad de nuestro discurso con un mensaje conciliador: "Entiendo que estás confuso, no sabes bien lo que sientes y tienes ganas de disfrutar de la vida".

Lo normal es que él también recurra a estas frases para escudar su comportamiento, con el que probablemente tampoco esté de acuerdo (si lo está, vas a tener más trabajo). Aprovechando su momento de debilidad y cuando te hayas anticipado a sus excusas, es el momento de atacar de forma clara y concisa. Pero sin juzgar, como recuerda nuestra especialista. Eso es impepinable, los amigos jueces no molan.

Por supuesto que no es una conversación fácil, pero si nuestro objetivo es la autosatisfacción (solucionarlo y conservar a nuestro amigo), estas son las mejores formas para no callarnos y no permitir que nuestro amigo siga siendo un completo imbécil.