Por qué todos deberíamos alegrarnos de que Las Fallas ya no sean de derechas, ni de izquierdas

“Valeeeenciaaa, ninoninoninoniiii”. Si eres milenial y valencian@ sabes de sobra que Las Fallas siempre han sido el momento del año favorito para los ‘facheros’. Y sí, aunque suene muy mal esa palabra, es la misma con la que mucha gente en ‘La Terreta’ se refería a todo aquel miembro de una Falla que encarnase todos los odiosos estereotipos de los valencianos de inicios del s.XXI: fiestero, hincha del ‘club més gran del món’ y votante acérrimo del PP. Y que, además, aspiraba a situarse entre el séquito de personalidades que cada año rodeaban a la ya difunta alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, en el balcón del ayuntamiento mientras se partía de risa en la mascletà y decía aquello del ‘caloret’. Formar parte del ‘VIP Fallero’, vamos.

En ese microclima de paella, petardos y devoción por la Mare de Déu dels Desamparats, Rita era percibida como la maestra de ceremonias —se chupó 24 años de Fallas como alcaldesa— y, a muchas valencias y valencianos, ese tufillo a derechas nos olía bastante mal por lo que, sintiéndolo en el corazón, comenzamos a rechazar toda la cultura de Las Fallas. La cosa venía de lejos. En la Transición  la llamada ‘batalla de Valencia’ fracturó la sociedad entre aquellas personas de ideología de izquierdas y catalanista, y aquellas que defendían la cultura e identidad valencianas como propias y de ideología más conservadora y en la derecha. El resultado fue que el mundo fallero en su conjunto se posicionó en torno a la última concepción, el ‘blaverismo’ político, y que much@s se pedían días de vacaciones en esas fechas para no tener que soportar el espectáculo.

Pues bien, ha llovido mucho desde entonces y con la llegada en 2015 del alcalde Joan Ribó —miembro de Compromís, la coalición de partidos progres de la Comunitat Valenciana— el balcón de ‘l'Ajuntament’ ha dejado de ser la vitrina de la derecha valenciana para convertirse en un espacio un poco más plural en el que cada día 10 vecinos elegidos por sorteo y sus acompañantes tienen la suerte de poder contemplar la mascletà. Los políticos de izquierda de Valencia han abrazado Las Fallas como nunca y la imagen de la líder de Compromís, Mònica Oltra, dando una rueda de prensa con el peinado y el pañuelo fallero demostró que sí: se puede ser fallera/o y de izquierdas. Es más, este año Oltra es fallera mayor de su falla de toda la vida. Incluso el pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, la mascletà de la popular Pirotecnia Caballer tuvo el color morado como protagonista. Un ejemplo de cómo utilizar la fiesta de todxs para reivindicar algo positivo y más allá de las posiciones políticas.

Precisamente, la publicación de una encuesta de 2017 en la que el 45,4% de los falleros encuestados se declararon como “de izquierdas o centro izquierda”, por un 21,5% de “centro y un 25,7% de derechas”, provocó cierta controversia al desmontar de un golpe todos los mitos que habían crecido en torno a Las Fallas y, como había explicado el año pasado el concejal de Cultura, Pere Fuset, al menos en apariencia se estaba consiguiendo “despolitizar” la fiesta de una vez por todas. Y aquí llegamos al fondo de la cuestión: está muy bien tener una ideología y cada cual es libre de expresarla como quiera, pero es importante que ningún partido político se apropie de la identidad cultural de nadie. Las Fallas son una fiesta de Interés Turístico Internacional y están inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y eso debería estar por encima de las banderas.

Así que, si a todo el mundo le parece bien, dejemos de politizarlo todo (please) y disfrutemos de tomarnos un chocolate con churros después de que se acabe la última verbena de turno, de ponernos morenetes y fundirnos el stories de Instagram con el postureo masivo o, directamente, de dormir la mona hasta que la mascletà nos despierte a las dos de la tarde. Si algo debería preocupar al casi millón de visitantes que se patean las calles de la capital del Túria cada mes de marzo, es que la fiesta siempre esté por encima de todo, que los ‘ninots’  desplieguen sus sátiras en todas direcciones (eso casi siempre se cumple) y que los chupitos de cassalla y el Agua de Valencia fluyan hasta altas horas de la madrugada.

Porque, sí, las Fallas pueden y deben ser un motivo de orgullo para ‘tots i totes’. Por suerte, en la cremà de este 2018 podremos gritar sin miedo a posicionarnos políticamente: Visca Valencia, Viscaaaa, Viscaaaaaaa, Viscaaaaaaaa!!!