No Te Das Cuenta De Cuánto Quieres Algo Hasta Que Te Lo Quitan

Empieza en la niñez, cuando nos castigan quitándonos el mejor juguete. Esta simple anécdota se convierte en la base para aprender a valorar lo que tenemos o descuidarlo hasta la destrucción; pero puede que condicione el modo en el que aprendemos a medir cuánto nos importa lo que tenemos, o cuánto no.

Siempre he escuchado decir que “el ser humano es un animal de costumbres”, expresión popular que detesto, porque nos lleva al grado de animales amaestrados. ¿Amaestrados por quién? Conocer la respuesta a esta pregunta es curiosamente lo que menos le importa a la gente, y ese desinterés termina haciendo que esa afirmación sea cierta. Desde la infancia, la forma en la que nos educan parece estar diseñada para que al final del día seamos no más que una mascota; y esta realidad, llevada a la adultez, es la que nos conduce a ser sumisos, tolerantes y a no reaccionar. ¿Qué está mal, la educación o nosotros? Mi respuesta es: ambas cosas.

Por la flojera de pensar, y más aún, hacerlo con criterio propio, terminamos siendo las marionetas de otros, que pueden ser nuestros padres, abuelos, profesores, jefes y, por supuesto, gobernantes. Desde el momento en que nos negamos a desafiarlos  -porque aunque suene raro, desafiar a los padres también es necesario-, entramos en un estado de total entrega, con la cabeza baja y de rodillas. ¿Cómo cambiar eso? Lo primero es asumir la responsabilidad de pensar y valorar cada cosa en nuestra vida; y lo segundo, tener cuidado con lo que enseñamos a las siguientes generaciones.

Aprende a valorar lo que te importa y lo que no

No necesitas el típico “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” para descubrir el valor que tiene eso que puede ser importante para ti. Es muy fácil: concéntrate en el hecho de si es necesario, si te servirá para algo, si podrás usarlo para ser mejor, y partiendo de esto hallarás la respuesta sin que haya necesidad de que una figura suprema venga a quitártelo para que entonces aprendas a quererlo.

No le des la razón a los que creen que la única forma que tienes para aprender es entrenándote como a un perro. En la niñez pasa con los juguetes, en la adolescencia y etapa pre-adulta pasa con los noviazgos, y cuando ya somos personas hechas y derechas pasa con la libertad, que nos la quitan sin que hagamos nada y luego nos desilusionamos.


No le pases la pelota a las nuevas generaciones

Tengas la edad que tengas, puede que estés considerando ser papá, mamá, o estés planeando enseñar a otros. En lugar de enseñar a las nuevas generaciones a llorar por lo que perdieron, enséñalos a pensar para que valoren lo que tienen antes de que otro se lo quite. Ese método cavernícola de aplicar dolor hasta que el otro grite para que entienda que duele te convierte en torturador, no en agente de cambio.

Predica con el ejemplo, enseña con el cerebro y no con la fuerza, y si te ocupas de aprender usando la única habilidad que te diferencia de los animales salvajes, no te tratarán como uno. No se trata de seguir el ya conocido “pienso, luego existo”, sino de “existo cuando pienso”.

Crédito de la imagen: Alessandra Celauro