Nos vamos de cruising para saber si las app han acabado con el sexo entre desconocidos

Son las 15:30 de un día cualquiera entre semana, en un edificio cualquiera del Gayxample, el epicentro de la movida gay de Barcelona. Y, aunque no lo parezca, es la hora y el lugar perfectos para follar con un desconocido o, como suele decirse en el mundillo, practicar el cruising. Adentrarse en el Boyberry, uno de los clubes más populares de la ciudad Condal para estos menesteres, es una experiencia que destroza los esquemas mentales de cualquier machirulo heterosexual y ranciamente ‘vainilla’ como un servidor. Lo que me encuentro, desde el primer segundo, es algo para lo que la LOGSE no me había preparado: un lugar en el que echar un polvo (o que te lo echen) sin importar quién eres, qué haces o cómo narices te llamas.

Nada más atravesar la cortinilla que separa la recepción —que hace las veces de sex shop y bar durante los eventos— de la zona de encuentros, un alarido orgásmico me recibe. Alguien se acaba de correr a lo grande y su grito emerge entre la oscuridad y las paredes de unos cubículos que me recuerdan bastante a los baños de una discoteca, pero con glory holes o agujeros para asomar tu polla, tu boca o directamente tu ano. Una vez mis ojos comienzan a adaptarse a la tenue luz ambiente, lo que veo es una gran sala con luces y música rollo house en la que unos 10-15 tíos merodean mirándose los unos a los otros en busca de un encuentro sexual. El olor a sexo impregna el ambiente y siento como las primeras miradas se clavan en mis modestos atributos.

Tras el impacto inicial, decido retirarme a una de las zonas más tranquilas de la sala donde me encuentro con un tal Álex R. que no tiene precisamente pelos en la lengua: “Mira, yo aquí vengo a que me enculen o para ver si me puedo comer una buena polla. Si en 5 o 10 minutos no he conseguido a nadie me largo y a otra cosa”, me explica este colombiano de "30 y muchos" que lleva años practicando el cruising tanto en locales como en espacios públicos. “Antes iba mucho a Montjuic, al Corte Inglés o a las playas de Sitges, pero ahora con todas las aplicaciones que hay y sitios como este me he vuelto mucho más cómodo. Ya casi nadie lo hace en la calle”, confiesa, mientras me incita sutilmente a experimentar en primera persona para mi reportaje.

Más allá de sus halagos y de que entre risas se autodenomine como una ‘ordeñadora’, sus palabras me hacen pensar que las típicas escenas de tíos escondidos tras un arbusto en un parque público o en los lavabos de una estación de autobuses están condenadas a la extinción por culpa de aplicaciones como Grindr, Kik, etc. Incluso en la misma sala de cruising me sorprendió muchísimo ver chicos que en lugar de estar atentos a los demás estaban ojeando sus móviles. “Lo más seguro es que estén quedando con otras personas para encontrarse aquí y echar un polvo”, asegura con una sonrisa pícara Joan Igual, promotor de la sala Boyberry en la que me encuentro.

“A nosotros nos pegó muy fuerte la llegada de las aplicaciones porque coincidió con el inicio de la crisis. En aquel contexto no tenía sentido gastarse el dinero de la entrada en un local cuando se podía concertar un encuentro con cualquier persona a través del smartphone”, reconoce Joan quien, sin embargo, cree que el boom de las aplicaciones ya pasó hace tiempo. “Al final, el tema de las app se ha quedado más para el chafardeo y pasarse fotos. Muchas conversaciones se quedan en nada mientras que aquí se viene directamente a tener sexo en un ambiente seguro, limpio y cómodo”, añade orgulloso de que el negocio no haya parado de crecer desde 2014.

Las palabras de Joan coinciden con las de Ernesto López, responsable de Rainbow Barcelona Tours una agencia de turismo gay cuyos servicios incluyen itinerarios y recomendaciones sobre los principales puntos y locales de sexo de la ciudad. Si bien reconoce la revolución que supuso la irrupción de las app en lo hábitos de la comunidad gay, cree que la demanda de este tipo de ocio no va a desaparecer. “El punto de morbo siempre va a estar ahí y no se va a poder conseguir con una app. Se pierde todo ese juego de miradas, insinuaciones y comunicación no verbal que solo se puede conseguir en puntos de cruising, apunta Ernesto. Entre sus clientes, casi todos extranjeros, este tipo de locales tienen una demanda bastante amplia.

Por tanto, en los sectores que trabajan directamente con el ocio gay hay consenso en torno al impacto que supusieron las app de sexo pero también de que el fenómeno no va a desaparecer. Pero, ¿qué dice la ciencia al respecto? Para José Antonio Langarita, antropólogo y autor del libro En tu árbol o en el míolibro de referencia sobre el fenómenola cosa no está tan clara. “Creo que todavía no nos encontramos en condiciones de poder evaluar el impacto de las nuevas aplicaciones de geolocalización pero es evidente que la crisis de las zonas de cruising era previa a la emergencia de las aplicaciones móviles”, matiza.

Según Langarita, la “emergencia de otros espacios de socialización y ligue alternativos como bares y discotecas dirigidos al publico LGBT” ya había jugado un papel determinante en la desaparición del cruising en la calle desde inicios de la década pasada. Además, el experto achaca la popularidad de los locales especializados, como el Boyberry, al perfil sociológico de sus clientes. “Los grupos sociales más adinerados prefieren locales en los que encontrar sexo anónimo con otros hombres y no tanto a los parques o lavabos públicos”, resume. Por tanto, con la llegada de las app y la normalización del ocio LGBT en las grandes ciudades la opción del sexo en la calle quedó marginada. “Últimamente buena parte de los usuarios acostumbran a ser personas a las que también se les asocian otros elementos de vulnerabilidad como es el caso de población migrante, con pocos recursos económicos, personas mayores, etc.”, concluye Langarita.

Volviendo a ese rincón oscuro del Boyberry, Álex, el chico colombiano de Barranquilla (“como Shakira”, puntualiza), me ofrece una vez más su incontinencia verbal para explicarme porqué el cruising jamás desaparecerá del seno de la comunidad gay. “Asumiendo que todas las personas tenemos la necesidad ineludible de practicar sexo pero no tenemos el tiempo o la voluntad de construir una relación, esta es la opción más rápido y sencilla de obtenerlo. Si yo te gusto y tú me gustas, ¿por qué no íbamos a tener un encuentro sexual?”, resume. Lo malo es que cuando ya creía que lo sabía todo me desvela el verdadero drama de toda persona que acude a un lugar cruising: “por cada uno que busca dar hay 10 que quieren que les den”.

Quién me iba a decir, mientras paseaba por la sala intercambiando miradas con los demás unos minutos, que lo que la inmensa mayoría de chicos que estaban allí buscaban lo mismo: un empotrador en potencia. “Esto es el Bronx, una guerra, cuando llega uno de esos. Esta mañana entró uno que tiene fama y todos nos avisamos con el móvil”, admite Álex quien no duda en bromear con mi completa y evidente ignorancia en cuestiones pasivo/activo/polivalentes. Pero, a pesar de que la conversación es de lo más animada y la atmósfera también, con música y pantallas reproduciendo pelis porno gay en cada esquina, agradezco su sinceridad a mi recién adquirido amigo sudamericano y con una sutil ‘bomba de humo’ emprendo mi regreso al universo exterior y heteronormativo.

Si algo me queda claro tras mi breve incursión en el mundillo del cruising es que las app no han hecho más que ampliar el abanico de opciones de los miembros de la comunidad gay que, cada vez, tienen más opciones para ejercer su libertad sexual sin miedo a las etiquetas o los prejuicios. ‘Entrar, mirar y follar’, una filosofía que culmina cuando vuelves a salir a la calle a las 16:00 para volver a la oficina (o a la redacción en mi caso) como si nada hubiera pasado pero con los testículos vacíos y los niveles de endorfinas por las nubes. Por algo será que la palabra ‘gay’ significa feliz, ¿no?