Cómo Crecer Con Un Padre Que Se Largó Ha Afectado Al Resto De Mi Vida

He crecido sin mi padre y a lo largo de mi vida siempre ha estado latente la ausencia de su figura. He sentido un vacío al estilo Jumanji que, aunque estaba enterrado, latía constantemente pidiendo el cariño y el afecto que nunca conocí. Implorando respuestas a las numerosas dudas que me ha generado su abandono y que nunca he terminado de entender. Hay algo terapéutico en contarle al mundo mi historia, mis miedos y mis sensaciones. Sacar a la luz todos los sentimientos encontrados es sanador como doloroso, pero tan necesario como el agua para la supervivencia. Es un ejercicio de autoconocimiento porque al contarlo abro las heridas y descubro que no están tan sanas como yo pensaba.


Lo que pudo ser y no fue

La separación de mis padres más que un distanciamiento fue un adiós sin despedida. Mi teoría es que mi padre no supo hacerle frente a la situación y que fue un cobarde sin corazón al que solo le importaba él mismo. (Porque de lo contrario le haces frente a la tormenta y no tiras la toalla).

padre hija familia vida mileniales experiencias código nuevo

Me robó una parte de mi que nunca podré conocer. No tuve la oportunidad de abrir un almacén de recuerdos y anécdotas que nos unieran de manera inquebrantable, ni pude preguntarle qué haría él si estuviera en mi lugar en las millones de situaciones en las que me he visto perdida.


Mi relación con los hombres

No está científicamente probado ni he sido parte de un experimento en el que la investigación se centrase en niños que no han tenido presente la figura paterna, pero desde mi experiencia vital puedo afirmar que al no tener a mi padre la relación con los chicos no ha sido tan fluida como lo pueda haber sido para otra chica que haya crecido en un núcleo familiar biparental. (Y me reitero, este es mi caso y así lo he vivido yo, no tiene que ser extrapolable a todos mis semejantes).

padre hija familia vida mileniales experiencias código nuevo

Al parecer no estoy capacitada para dar lo que recibo porque nunca he recibido. Por eso doy, doy y doy lo mejor de mi misma con la frustración de comprobar que después no recojo los resultados para los que tanto he trabajado. Mis amigas me dicen que me regalo a quién no me merece, yo prefiero pensar que no eran los hombres que necesitaba como antídoto a mi carencia. Los síntomas que más se han repetido en mis parejas son agobios por tener detalles que ellos veían demasiado alejados del vínculo que nos unía. Y después me han dejado, repitiendo otra vez más,  el silencio con el que se ausentó mi padre.


Llorar y reír, en la actitud está la clave

Por qué elegir si en ambas situaciones encuentro bienestar. Las lágrimas son necesarias para sacar de dentro la pena, y la risa (esa bendita sensación que me acompaña tan a menudo) hace que en ocasiones consiga frivolizar la situación y reírme de mi misma (y de la de sentirme desgraciada y pequeña por tener un padre vivo que no quiere saber nada de mí).

Por eso, para sobrevivir al terremoto emocional que supuso para mi concebir que no le importaba, me aferré bien fuerte a mi madre, que sí estaba y mucho. Hay que asumir que todos tenemos claros y oscuros en nuestras vidas y aprender a convivir con ellos, aunque no es tarea fácil, te sirve para equilibrar y poner cada cosa en su sitio.


Mi padre, ese desconocido

Esa persona a la que idealicé atribuyéndole valores y méritos que luego comprobé que se alejaban bastante de la realidad. Los padres de verdad no son tan fantásticos como pudo llegar a ser el mío en mi imaginación. Todos los mitos acaban cayéndose de lo alto para tocar tierra y tomar un poco de consciencia. Y yo también, a pesar de no haberle tenido lo presente que me hubiera gustado, lo destroné y fue muy sanador.

padre hija familia vida mileniales experiencias código nuevo

Tienen su carácter, y un día te gritan sin razón y otro no te llevan a la feria porque han tenido un mal día en el trabajo. Pero cuando no tienes un padre como referencia, tomas los de tus amigos idealizando lo que sería sentarse en la mesa a cenar juntos o que simplemente tuviera una foto de algún viaje en el que fuimos felices.

Luego lo vuelvo a pensar, se me pasa la tontería, me acuerdo de de esa gran heroína y mejor amiga que es mi madre, y agradezco entonces enormemente haber tenido una vida feliz a su lado.

Aunque él no estuviera en ella, y aunque no haya querido contribuir en nada.