Fuiste mi compañero de piso y te convertiste en mi mejor amigo

Lo de encontrar piso suele ser la primera de las pruebas terribles. Durante semanas, miras compulsivamente todas las ofertas de pisos, descartando los de precio meteórico y los que parecen excesivamente precarios. Al final, acabas incluyendo en tu lista los que incluso en foto parecen terroríficos, porque cada piso decente vuela justo antes de que marques el teléfono. Después de eso, llamadas, citas, visitas. ¿Quién no ha sido visitante de ese museo de los horrores que suponen los pisos de alquiler? Sótanos con plagas, zulos inmundos, séptimos sin ascensor, fianzas desorbitadas, un despropósito tal que acabas escogiendo por pura desidia. "Tiene ventanas, la ubicación es decente, lo puedo pagar. Me vale".

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Pero, cuando crees que ya ha pasado lo complicado, llega la segunda prueba: el compañero de piso. La trampa de esta prueba es que depende totalmente de los dados, porque el compañero de piso no se escoge, sino que te toca. Te toca incluso cuando vas a vivir con colegas, porque convivir es muy diferente a echar un rato de vez en cuando. Es habitual oír esas historias de terror sobre grandes amistades que se volatilizaron por una mala convivencia. Así que, por más que creas conocer a alguien, no sabes de verdad lo que hay hasta que se comparte baño.

Hay muchos tipos de compañeros de piso. Está el fantasma, que jamás oyes ni ves porque suele estar durmiendo o de fiesta. Sabes que sigue viviendo ahí porque, de vez en cuando, desaparecen cervezas de la nevera o encuentras migas sobre la mesa y porque algunas mañanas te encuentras a alguien desconocido saliendo de casa.

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También está el ratón, que pasa los días en su madriguera. Suele oírse el zumbido de sus auriculares y, de vez en cuando, hace veloces excursiones a la cocina y te saluda tímidamente. La versión social del compañero ratón es el ficus, que suele plantarse en el salón y no despegarse de la pantalla más grande. Suele ser afable, pero deja todo lleno de latas, cajas y migas que nunca limpia, así que no es raro establecer una relación amor-odio hacia el ficus. También es habitual toparse con el arropador, que es quien tiene un punto de madre porque siempre te ofrece tápers y te riñe si no limpias. A veces, incluso limpia después de ti porque tú no lo has hecho bien. Y existen millones de tipos más, por supuesto.

Pero lo maravilloso es que, con cada uno de ellos, pueden pasar cuatro cosas. La primera, que no tengáis mucho contacto y acabéis olvidándoos el uno del otro. La segunda, que os acabéis convirtiendo en archienemigos y tengas muchas anécdotas que contar a tu gente. La tercera, que os llevéis bien y estéis a gusto en casa. Y la cuarta, que acabéis convirtiéndoos en compañeros-amigos-hermanos.

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Porque cuando te llevas bien con alguien con quien vives, la relación se catapulta a toda velocidad. Compartir lavadora, baño, nevera y tiempo es la fórmula para saber hasta qué punto encajas con alguien. Puedes encontrarte con esa persona que tiene tu mismo sentido del humor, con quien te dan las tantas hablando y con quien ver capítulo tras capítulo de una serie que os tenga babeando. Puede que tengas la suerte de hallar a alguien que te echa una mano en los periodos más duros, que siempre tiene oído y cerveza a punto, y con quien la casa se queda corta para hacer planes.

Algunos compañeros de piso tienen la necesidad de salir al exterior y hacerse con más porción de tu mundo, de tu vida. Y, de repente, se convierten en amigos. Porque cada día, al llegar a casa, tienes alguien con quien repasar u olvidar lo que te ha traído la jornada. Alguien con quien reír hasta que duela el diafragma y junto a quien rodar después de haber engullido una pizza. Y cuando tienes cerca alguien así, no tienes un compañero de piso. Tienes una familia.