Soy la chica rara a la que le hiciste la vida imposible en el instituto

Soy yo. La ‘foca’, la ‘lupas’, la ‘gótica’, la empollona a la que lapidabais con tizas cuando salía a vigilar a la pizarra obligada por la profesora. Sí, esa tía ‘rara’ que leía sola en el patio cómics manga mientras vosotros os dedicabais a fumar y meteros mano, cogiendo fuerzas e ideas para seguir machacando a Miss ‘Nada Popular’.

Me pasé la mitad de la adolescencia escondiéndome en los baños para evitaros, la otra mitad en consultas de psicólogos sin saber por qué tenía que hablar tanto de mis padres —a esa edad nadie los soporta— cuando el problema real erais vosotros. Más concretamente, vuestra falta de personalidad, vuestro miedo a todo lo desconocido que se os venía encima en tanto nos hacíamos mayores y nos crecían las tetas.

Y ahora, después de tantos años, os tengo que dar las gracias por el infierno que me hicisteis vivir en el instituto. A vosotros, ‘garrulos’, ‘come-pipas’, graciosillos o unos cabrones de mucho cuidado. Porque, aunque tengáis memoria de pez y unas entradas como una plaza de toros, pusisteis vuestro granito de arena para hacerme la persona que soy.

Increíble, ¿verdad? Tantos años de burlas y vivir acojonada, escondida con parias como yo a los que hacíais bullying y poníais motes... Pues sí, cretinos. Porque de vosotros aprendí que ser el ‘raro’, el chico o la chica de la última fila, es lo mejor que puede pasarte en un mundo donde lo diferente se ve como algo peligroso, aunque haya una abrumadora necesidad de pensamiento libre, de originalidad, de rupturismo.

Comprendí que ‘no encajar’ no te hace ser menos, sino ser tú; que no necesitas parecerte a nadie, ni que te silben por la calle para quererte. Me convertí en una persona más fuerte, más segura (aunque me costó mis años entenderlo) y más sensible a las injusticias y el dolor ajeno. Alguien independiente, creativo, con un mundo interior propio en el que poder refugiarme cuando lo que veo ‘fuera’ no me gusta.

Al final ya sé lo que realmente os jodía. No es que fuera la chica que se negaba a haceros los deberes, la rechoncha que vestía de negro y pasaba de vuestras chaquetas Alpha de mierda y de hacerle la pelota a tías que se abrían más que un paraguas, y que eran el ideal de belleza. Lo que realmente os fastidiaba es que no quisiese encajar. Porque vosotros teníais una gran necesidad de encajar, de ser aceptados. Es natural, los adolescentes son gregarios.

Es decir, no es que no me hubiese gustado gustaros. Lo intenté, pero no iba conmigo. Tal vez tampoco fui muy tolerante con vosotros y la mayoría del tiempo pensaba que erais imbéciles (con algunos no me equivoqué…), pero el insti es así. Una jungla. Luego te haces adulto y descubres que el mundo es igual de salvaje, pero más hipócrita.

Hace dos semanas, después de tantos años, uno de vosotros ha tenido la ocurrencia de organizar una cena de ex alumnos del instituto. “Todos hemos cambiando mucho, tenemos parejas, hijos… Sería gracioso vernos”, decía. Quizás hasta tenga razón. Tal vez sea una forma de cerrar el círculo, de darse cuenta que no haber encajado me ha permitido seguir creciendo fuera de los moldes. De ser un poquito más libre.