Cuando tu cerebro escoge por ti y decide borrar tus peores recuerdos

Eran las fiestas del pueblo y yo había quedado con mis amigas. Después íbamos a juntarnos con un grupo de chicos del otro colegio, entre los cuales había uno que me gustaba un montón. Yo tenía trece años, él un par más, así que pensé que ponerme una camiseta ajustada y pintalabios rojo me daría puntos en edad y en atractivo. Salí flamante de mi casa y fui a la plaza donde había quedado con el grupo de chicas.

Lo siguiente que recuerdo es que una docena de chicos más mayores (tendrían 17 ó 18) se puso a bailar con nosotras. Después, un fundido en negro que dura unos tres meses. Después de esos tres meses, yo había cambiado de grupo de amigas y vestía con ropa de hombre. De mi padre, concretamente. Durante años, no me planteé el porqué de ese cambio. No me di cuenta de que no recordaba ese tiempo. No sabía que hubiera algo que recordar.

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Un par de años después, una amiga me preguntó por qué siempre vestía con ropa de hombre y no supe contestarle. Me propuso un plan muy peliculero: iba a vestirme con su ropa y a maquillarme un poco. Fue divertido. Me vistió con ropa ajustada, me planchó el pelo, me maquilló con bastante acierto y, ya 'disfrazada' de chica, salimos a la calle. Pero, en el momento en que un chico me miró, me atenazó el terror. Tuve que volver corriendo a su casa.

Ella no hizo muchas preguntas. Me dejó sola en el baño mientras me pasaba una toallita por la cara y, cuando miré mis ojos en el espejo, recordé: mi misma cara, cuando tenía trece años, con una mancha de pintalabios rojo cruzándome la boca; mis ojos hinchados de llorar; la camiseta completamente hecha jirones; los arañazos y las risas que resonaban en mi cabeza. En ese momento me di cuenta de por qué me daba miedo arreglarme: porque cuando tienes trece años, crees que han sido tu barra de labios roja y tu camiseta ajustada las que han provocado que doce tíos borrachos te hayan acorralado en un callejón. Pero no puedes asumir que crees que lo has provocado, así que lo olvidas. 

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Hace ya casi dos siglos, Freud explicó que los recuerdos traumáticos se reprimen y pasan a formar parte del inconsciente. Desde ahí, pueden modificar nuestro comportamiento e incluso producir patologías. Hoy, a lo que me pasó (y a lo que nos pasa a muchos) se le llamaría amnesia disociativa. Eso significa que el cerebro decide reprimir ciertos recuerdos que están relacionados con emociones fuertes y desagradables. El psicólogo Gordon H. Bower concluyó también que la memoria y las emociones están íntimamente unidas. Por eso, cuando estamos tristes solemos evocar episodios parecidos de nuestra vida y cuando estamos alegres tenemos tendencia a recordar momentos felices.

Los recuerdos reprimidos pueden no aflorar nunca, o pueden volver a la mente en forma de flashbacks o sueños. No se sabe con certeza por qué reaparecen esos episodios, pero cabe la posibilidad de que tenga que ver con la evolución de la persona: tu mente te da los datos cuando los necesitas. Y lo más apasionante del cerebro humano es que nos hace entender cómo funcionan las cosas sin que sepamos muy bien cómo funciona él.