Me Casé Para Que Le Dieran Los Papeles Y Fue Un Tremendo Error

Lo conocí al poco tiempo de llegar a Londres. Lo que yo pretendía era encontrar pronto algún curro precario, ahorrar, mejorar mi inglés y, entonces, buscar trabajo de lo mío en cualquier otro lugar del mundo. Tenía muy claro que mi paso por esa gran capital llena de autobuses rojos iba a ser provisional y, posiblemente, fugaz. Lo que yo estaba buscando era ampliar horizontes y mejorar mis posibilidades. Sin embargo, lo que encontré fue un marido.

Después de unos días en un hostal, contacté con un tipo que ofrecía habitaciones compartidas en una casa de las afueras. Mi compañero de habitación era un chico guapísimo e interesante a más no poder. Había entrado en el país a hurtadillas con un tío suyo que, después de un tiempo, se fue dejándolo allí, y tuvo que sobrevivir de puntillas. Siempre había trabajado en negro, vivido en pisos sin contrato y utilizado líneas de teléfono que estaban a nombre de otro. Hasta que no cumplió los 18, ni siquiera vio un problema en ello. Pero llevaba ya cinco años teniendo más cuidado de lo normal y cada vez era más difícil y agotador. Cuando trabajas sin contrato, pueden echarte de un día para otro sin pagarte. Sin papeles, no hay garantías.

En pocas semanas nos hicimos inseparables. Él me enseñó todo el Londres al que yo no habría sabido acceder con mi inglés macarrónico y mis pocas habilidades sociales. Sabía dónde se celebraban las raves, a qué mercadillos ir, qué calles era mejor evitar.

Él llevaba tres meses sin trabajo estable y yo pagaba nuestra habitación compartida. Me parecía lo lógico: él no dejaba de buscar, pero estaba cada vez más desanimado. En esos tres meses, había trabajado en cuatro sitios y solo le habían pagado en uno. Así que le ofrecí casarme con él. Nos teníamos cariño, sí, pero era una decisión práctica, no romántica. Era lo lógico. Le ofrecía la posibilidad de tener una vida decente. Lo que no tuve en cuenta fue cuánto tendría que aportar de la mía.

La primera dificultad que tuvimos fue la misma boda. Fuimos a varios juzgados y nos rechazaron de mala manera. Nos pedían papeles o, directamente, nos impedían la entrada. Finalmente, gracias a un error, pudimos entrar en un juzgado en un barrio pobre y, al entrar, nos separaron. Nos hicieron entrevistas paralelas y, por suerte, supimos contestar correctamente. Pudimos casarnos. 

A partir de ese momento él pasó a ser dependiente de mí. Él podía no trabajar, pero para que el matrimonio fuera válido mi situación en el país debía estar justificada: tenía que trabajar de forma estable y eso puso mucha presión sobre mi espalda. Mi inglés no era todavía muy fluido y estaba teniendo dificultades para encontrar empleo. Podría haber pedido dinero a mi familia, pero mis cuentas estaban vigiladas y ante un ingreso grande podían denunciarme por fraude y afrontar los gastos de un juicio.

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Lo peor vino cuando nuestra relación se enfrió. No lo suficiente como para que yo pudiera dejarlo a su suerte, pero sí como para que no quisiéramos vivir juntos. Sin embargo, debíamos seguir conviviendo hasta cumplir los cinco años de matrimonio porque, si no, lo deportarían. Además, podían visitarnos o llamarnos en cualquier momento para preguntarnos sobre cualquier aspecto de nuestra vida, por íntimo que fuera y hablar con nuestros familiares, amigos o incluso vecinos. Estábamos atados. 

Creí que mi visita a la ciudad de los autobuses rojos sería fugaz. Pero me casé. Y, por eso, no puedo pasar más de un mes consecutivo fuera de la casa que comparto con un marido al que, en realidad nunca he querido como tal. Este mundo, con sus fronteras es injusto, y lo es más todavía que seas menos persona por no tener un papel. Así que en un ataque de altruismo quise echarle una mano a un semidesconocido y acabé hundiéndome yo con él. 

Crédito de la imagen: Jennifer Medina