Carta al amigo mosquito, que succiona tu tiempo con chapas infinitas

Adorable amigo/a mosquito,

Una cosa es ser extrovertido y amante de la cháchara, y otra es no callar ni debajo del agua a costa de que los demás se expresen. Tienes una capacidad brutal de sacarte temas de la manga, del bolsillo, de la oreja del de al lado y hasta del servilletero del bar. Desde hoy te llamaré mosquito, porque succionas mi tiempo y mi atención con tu zumbido omnipresente que no da tregua. Entrelazas proposiciones con la destreza de Cervantes y se me secan los ojos de mirarte atónita y de mirar con disimulo el reloj. A veces creo que te me vas a quedar sin aire. Si alguien tuviese que transcribir tus monólogos necesitaría tres camiones de papel y tinta más un año para recuperarse de la capsulitis. Y es que tienes, amigo mosquito, un master en chapas, un don para no callar.

El mosquito cotorra habita todo tipo de grupos sociales y ataca cuando menos te lo esperas

Hay un momento mágico en el que pausas para recargarte de saliva, o porque estás pensando en cómo reconducir tu asedio conversacional, e incluso puede que dejes espacio para una pequeña intervención: es como si un breve comentario mío te diese gasolina para continuar. Y de repente, tras una hora escuchándote, decides darle por fin un trago a tu Coca-Cola cuyas burbujas ya han huido espantadas por tu soberana chapa. Me preguntas cómo estoy, y contengo la emoción, porque es un farol. Tras dos sílabas mías retomas con un "por cierto", y vuelta a empezar. Tengo la sensación de que podría decirte que he matado a tu perro y no te habrías dado cuenta, porque no escuchas, y en tu mente no penetra movida ajena.

Cuando te conocí pensé que era una cualidad, ni si quiera me daba cuenta de tu monopolio de la palabra porque lo que contabas era interesante (y quizás todavía lo sería, en su justa medida), otros días era un alivio tu cotorrismo porque a mi no me apetecía hablar. Eres como Netflix, empalmas un capítulo con otro sin que nadie te lo pida, solo que contigo no hay pausa que valga. Lo peor es que te tengo mucho cariño, pero está llegando un punto en el que hasta me da palo quedar. Porque después de hablar contigo siento que he sido un muro silencioso en el que pegar tus anécdotas. Es injusto y unidireccional, como un polvo conejero sin orgasmo o como jugar a tenis con la pared.

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Ahora en serio

¿Por qué haces eso? ¿Eres consciente de ello? Según la psicóloga Jennifer Delgado, si hablas mucho y tan rápido que no se te puede interrumpir, puede que tengas verborrea. Sí, esa palabra es más que una expresión: puede ser síntoma de algún problema psicológico de base, como estados maníacos, cuadros de agitación y estados ansiosos. En muchos casos, la verborrea está causada por una aceleración del pensamiento, así que simplemente intentas comunicar tanto como tu cerebro te pide. El discurso de una persona con ese problema puede llegar a ser incongruente o inconexo, es lo que se conoce como ‘fuga de ideas’. Si es tu caso, y si además sientes ira, angustia o miedo a menudo, te animo a que busques soporte psicológico, y mi mensaje para ti acaba aquí. No debería de haberte juzgado.

Pero es fundamental diferenciar eso de un caso de pura apatía o egocentrismo. Puede que te pases el día hablando de ti, de tus éxitos y de tus virtudes, porque ni se te ocurre que sus historias puedan aburrir o sean excesivamente largas. Es posible que tus rasgos narcisistas te lleven a pensar que tooodo lo que te pasa es de interés general. Según dicen los psicólogos, a menudo es la inseguridad y no el carácter extrovertido lo que te lleva a acaparar la conversación, como si hablaras para no hablar contigo mism@. Interpretas la atención como una muestra de autovaloración, y te miras a ti mismo a través de los demás.

Hablar mucho de sí mismo es también una manera de ocultarse"

- Nietzche

También es posible que el contenido de tus monólogos sean siempre quejas y lamentaciones, relatando de A a la Z tus problemas y anulando los de los demás. Y por más formas de ayudarte que te propongamos, por más consejos y soluciones que diseñemos, seguirás aferrándote a tus penas y construyéndote obstáculos, porque solo quieres que te escuchen. Si renuncias a ver el lado positivo a las cosas y encima desvalorizas las movidas de los demás, estás manipulando a los que te escuchamos (quizás sin querer), porque nos vemos sumergidos en tu tristeza o tu enfado y no nos vemos con capacidad de interrumpirte.

amigo mosquito

¿Y qué hago contigo?

Como escribe en su web la psicóloga Isabel Serranoeres lo que ella define como una "persona volcán" (ya eres mosquito y volcán, te has pasado todas las pantallas de la reencarnación) y propone que te pongamos límites educadamente para hacerte entender lo que está pasando. Procuraré hacerte notar cuando me interrumpes, y reconduciré el tema con un "como te decía...". Si no funciona, tendré que sacar el tema directa pero amablemente. Te recordaré que un diálogo es cosa de dos, y que si te lo digo es porque no quiero que no perdamos mutuamente. Amigo mosquito, sintiéndolo mucho, si no haces el más mínimo esfuerzo, acabaré alejándome de ti.

Pero si pones de tu parte puedes mejorar la situación. Tendré paciencia, porque yo también soy extrovertida, y sé lo que es darte cuenta de repente de que llevas un rato de palique sin dejar hablar. Pero poco a poco he aprendido a dosificarme, a preguntar a los demás, a dejar de tenerles miedo a las pausas y a los silencios y lo que es más importante: a escuchar.