Carta abierta a los tíos que nos acosan por la calle

Cuando nos gritáis cerdadas no pretendéis que caigamos a vuestros pies, sino perpetuar vuestro poder sobre nosotras.

Nos tenéis hasta el coño. Entre otras cosas porque os referís a él sin que nadie os pregunte cuando nos veis caminando solas. Lo hacéis con total impunidad, a plena luz del día, sin vergüenza. “Mamita, qué conchita rica”, “te comería a cucharadas”, “¿dónde vas tan solita?”, son frases que llevamos escuchando desde niñas. Las pronunciáis riéndoos porque os sentís impunes. Pensáis que la calle os pertenece a vosotros y que nosotras solo somos dueñas de nuestro paso acelerado, de nuestras miradas gachas y de la música que subimos en los auriculares para no escuchar las cerdadas que nos gritáis.

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Perpetuar el poder

No somos unas histéricas exageradas. Solo somos mujeres hartas de lidiar durante años con vuestras intimidaciones. Las arrastramos como cicatrices que se van acumulando día a día, mes a mes. La violencia es tan continuada que no consigo recordar la primera vez que uno de vosotros me gritó por la calle. Sí recuerdo, en cambio, la primera ocasión en que un tío me persiguió masturbándose. Tenía 11 años y aparte de la culpa, la vergüenza y el asco, recuerdo la sensación de incomprensión. No entendía por qué me hacía eso. Una década después sigo sin comprender.

¿Por qué nos desnudáis con la mirada, por qué nos silbáis como si fuésemos ganado, por qué os sentís con el derecho de irrumpir en nuestras vidas para soltarnos frases repugnantes? Es obvio que no lo hacéis con la intención de que caigamos rendidas a vuestros pies: no conozco ni a una sola mujer dispuesta a largarse con el primer desconocido que le enumere las guarradas que le haría si ella se dejara. No nos engañáis, lo hacéis para perpetuar vuestra situación de poder sobre nosotras.

La huida, la reacción más común cuando ellas responden

Lo comprobé ayer mismo. Salí a la calle dispuesta a enfrentarme a todos los tíos que me dijeran algo. El primero me gritó desde un coche, arrancó riéndose cuando le contesté. El segundo —que me balbuceó incoherencias apenas diez minutos después— ni siquiera respondió cuando le pregunté que cuál era su problema. Cuando se marchó dejándome con la palabra en la boca me sentí estúpida, rabiosa y bloqueada como tantas otras veces. Comprendí que la sutil y perversa arma con la que jugáis es la unidireccionalidad. En el momento en el que nosotras os respondemos para igualar las condiciones, la partida os deja de interesar. O menospreciáis nuestro malestar. “No estoy haciendo nada malo, relájate”, me respondió el tercer individuo, con el que terminó mi deprimente experimento de campo.

Al final, vuestra estrategia consiste en normalizar el acoso como si fuera algo inherente a nuestra cultura mediterránea. Pero se trata de algo bastante más serio. Las investigaciones demuestran que las mujeres tenemos más miedo a ser violadas por desconocidos que por conocidos, aunque sabemos que la mayoría de violaciones se producen en el propio entorno. ¿Sabéis de dónde procede ese pánico irracional? De las frases que salen de vuestros labios.

Legislar contra el acoso

“Aunque el acoso callejero no está recogido en el Código Penal, con las acciones que lo llevan a cabo se están violando varios artículos de la Declaración de Derechos Humanos, de la Constitución y la Ley de Igualdad de 2007. Se están violando Derechos Fundamentales”, me explica Patricia Serra. Esta joven psicóloga madrileña ha iniciado la campaña ‘El acoso estrangula’ para visibilizar una lacra tan extendida como invisibilizada y defender la necesidad de promover una legislación contra el acoso callejero. Tal y como explica, “en países como Bélgica y Perú está penado desde hace años”. Y en Francia se acaba de aprobar una iniciativa que multará con 90 euros a quienes acosen sexualmente en las calles.

Es algo necesario, porque son medidas como ésta las que harán que os lo penséis dos veces antes de volver a abrir la boca para llenar el aire con algo que resulta bastante más desagradable que el silencio. Quizás de momento no os preocupe, porque casos como la sentencia a 'la Manada' demuestran que la Justicia camina varios pasos por detrás de la sociedad. Pero, ¿sabéis qué? Os hemos perdido el miedo y la rabia que sentimos nos hace poderosas. Seguiremos empujando juntas y en las calles hasta que, como dice Patricia Serra, “el movimiento social se transforme en movimiento legal”.

Nos hemos cansado de que nuestros padres nos eduquen para defendernos de ser violadas, en vez de educar a nuestros hermanos para no violar. Ya no nos vale cambiar de ruta al volver a casa, ni apretar las llaves como si fueran un puño americano por si nos asaltáis por la acera. No queremos mandar ni un whatsapp más a nuestras amigas para avisarles de que hemos llegado bien, porque siempre cabe la posibilidad de no llegar. Básicamente no estamos dispuestas a que, como en aquel corto francés, volver a casa solas y de noche se convierta en una película de terror.

Por todo eso no vamos a permitir que sigáis frivolizando con el acoso ni vamos a comprar vuestros argumentos de ‘not all men’. Ya sabemos que no todos los tíos son unos acosadores, pero resulta que todas las tías hemos sido acosadas por la calle. Así que si alguna vez te cruzas a una mujer caminando y sientes el irrefrenable impulso de emitir un juicio que nadie te ha pedido, cierra la boca. Tu comentario se suma a centenares de otros comentarios que hemos recibido a lo largo de nuestra vida y activan resortes muchas veces traumáticos en nosotras.

Gota a gota se colma el vaso. Y el nuestro se ha desbordado y ha inundado las calles de cánticos que claman que de vuelta a casa no queremos ser valientes, sino libres. Y, como estamos hasta el coño de vuestro alarde de cojones, seguiremos gritando hasta que comprendáis de una vez que no necesitamos vuestros ‘piropos’. Nos basta con vuestro respeto.