Carta abierta a todos los amigos que me critican por la espalda

Dijiste que éramos amigos. Mentira. Dijiste que soy más graciosa que una cena de Navidad de empresa en la que nadie se cae bien. Mentira. Dijiste que yo sería la única que probaría los torreznos de tu madre. Mentira. Y así con una infinidad de cumplidos que no puedo creer después de que hayan llegado a mis oídos críticas que solo saldrían de la boca de la mala malísima de Cersei Lannister.

Para todos los amigos que os dedicáis a hablar mal de mí cuando no estoy delante, ahí va una carta con la que únicamente pretendo que os retorzáis de culpa por el suelo de vuestro salón. Bueno va, y también que esta noche os vayáis a dormir con una reflexión que quizás os ayude a ser un poco menos mierdas.

Perdéis el tiempo. Podríais dedicar vuestros días a acabar de una vez la segunda temporada de Stranger Things, a convertiros en el loc@ del running número 5.214.001 de España o a ondear una pancarta en alguna de las manifestaciones que ahora son las atracciones turísticas más notorias de Barcelona.

Pero no. Sin saber por qué, preferís recurrir a las malas lenguas. Afortunadamente, gracias a una de las psicólogas del Instituto de Barcelona de Psicología, Gemma Figueras, he logrado entender que se debe a múltiples motivos: “a veces es el resultado de la inconsciencia, del desconocimiento o de la falta de empatía hacia el otro”. Y en otras ocasiones, es fruto “del miedo a manifestar nuestra crítica al amigo por temor a su reacción o a desencadenar un conflicto”.

Por mucho que la ciencia trate de excusaros, no os lo perdono. A pesar de que sabéis que podéis decirme a la cara cualquier barbaridad, optáis por invertir vuestro tiempo recordando las veces que he tirado de los pelos a la tipa que se enrolla con el chico que me besó durante el último subidón que viví de la canción Follow the leader ocho años atrás. De las ocasiones en las que no me he cortado las uñas de los pies como es debido. Y también de mi miedo a montar en bici por culpa de esas palomas que se ponen en mi carril y no les da la gana mover el culo hasta milésimas de segundo antes de que mi rueda les pase por encima o de que yo me mate intentando esquivarlas.

Sí, soy una 'brasas'. Y a veces un poco rarita. Pero después de que Figueras también me haya revelado que vuestra actitud nace de la envidia, del auto rechazo o de alguna frustración personal, estas premisas lapidarias se alejan mucho de ofenderme tanto como los juegos de palabras indescifrables de Rajoy. Es más, sabiendo que esto acabará siendo la kryptonita de vuestra reputación, incluso me compadezco de vosotros.

Como añade Figueras, la crítica constante a los demás os impedirá forjar buenas relaciones y no haréis más que propagar el recelo y las dudas en vuestro entorno. En otras palabras, por mucho que ahora os acompañen sus falsas carcajadas, mañana os quedaréis más solos que Paquita Salas cada vez que la abandona una actriz.

Hagámoslo fácil. Tenéis los grupos de WhatsApp, las canciones melancólicas que comparto en Facebook, las fotos de tía guapa que cuelgo en Instagram y las estupideces que escribo en Twitter para despreciarme en público. A pesar de que no os resultará tan divertido como cuando lo hacíais a escondidas, quizás lleguéis a conseguir tres cosas: optimizar vuestro tiempo, daros cuenta de que en realidad no sois tan valientes como creíais y no caerme tan mal como para dedicar el resto de mi vida a haceros la vida imposible.