Camareras de discoteca nos cuentan el asco que damos cuando salimos de fiesta

Todos hemos pillado uno de esos ciegos que te hacen cometer locuras que jamás te plantearías sobrio. Al día siguiente te ríes, y mucho, pero ninguno de tus amigos te dirá que en realidad estabas dando mucha penita y perdiendo toda tu dignidad, porque ellos estaban exactamente igual de borrachos que tú. Pero quien estaba sintiendo mucha vergüenza ajena viéndote perder los límites —y probablemente el control sobre tus esfínteres— estaba detrás de la barra. Por eso mismo, porque sin cubatas de por medio la vida se ve tal cual es, hemos hablado con varios camareros de discoteca, las únicas personas que saben de verdad el asco que podemos llegar a dar cuando salimos de fiesta.

"He visto a chicos mear contra la barra, a chicas cagar entre dos maceteros y a gente vomitando en cualquier rincón", así de asqueroso suena, al menos por teléfono, el trabajo de Sonia, que a sus 26 años lleva ya cinco en el mundo de la noche y es jefa de barra en una de las discotecas más frecuentadas de Barcelona. Un oficio que te obliga a vivir borracheras épicas, peleas, trapicheos con droga, machismo y las mayores cerdadas que oirás en tu vida muchas más veces de las que querrías, pero sin beber, drogarte ni follar. "Hemos sacado a muchísimas chicas de los baños empapadas en su propio vómito, medio desnudas... es una pasada", nos cuenta Sonia.

La lista de anécdotas escatológicas es larguísima: los hombres aprovechan los botellines vacíos para hacer pis sin moverse de la barra, las mujeres, cualquier rincón. "Tenemos que vigilar para que no entren muchas chicas a la vez al mismo baño porque, después de que pasara varias veces lo entendimos, mientras una mea en el wáter otra lo hace en la papelera, en el suelo o en la escobilla", dice Maria Berrocal, una sevillana de 29 años que lleva aguantando esta y otras cerdadas peores desde hace 13 años. "Una vez alguien había cogido una escobilla y se había dedicado a restregar sus 'necesidades' por las paredes del baño, por el espejo, las ventanas, por la taza... y eso lo tuve que limpiar yo", dice con una voz casi de terror al recordarlo.

Pero el asco que damos no solo proviene de nuestros orificios en forma de fluidos, sino de palabras. Las faltas de respeto y el machismo son algo constante. "Por trabajar detrás de noche creen que eres facilona y que solo vales para poner hielo en un puto vaso porque no te da el cerebro para más. Hay una especie de fetiche con nosotras", dice Sonia. Explica que los hombres a menudo ven a las camareras como objetos sexuales, por sus escotes, su cara bonita o por ese aire de fiesta que las rodea. "Te hablan como si fueras un ligue y no un trabajador. A veces nos subimos a bailar a la barra y se creen con derecho a tocarnos las piernas o el culo. Aunque parte de nuestro trabajo sea dar imagen, no tenemos por qué aguantar esas cosas", añade.

Maria, la sevillana, lleva desde los 16 años detrás de una barra.

Ellas te sirven las copas, están ahí para ti, así que por qué no soltarles lo buenas que están, pedirles su teléfono, que se hagan una foto contigo y con tus amigos o intentar meterle el billete de 20 euros entre las tetas. "No creo que una chica que se dedique a cualquier otra cosa reciba tantas propuestas sexuales como nosotras", asegura Maria, que además de en Sevilla también trabajó durante un tiempo en Inglaterra, donde las borracheras (y el asco) pasan de épicas a colosales. "Creo que es el peor público que he tenido en mi vida como camarera: me insultaban y me llamaban prostituta constantemente. Me propusieron sexo por dinero muchas veces y la única vez que me han tratado de forma racista fue allí. Fue horrible", confiesa.

Los manoseos y las guarradas no son solo para las camareras, sino para cualquier mujer. "Lo típico de las chavalas todas echas polvo, muy borrachas y sentadas en un rincón pasa muchísimo. Las amigas se despistan, la dejan sola, se van a casa y la chica está tan ciega que no sabe lo que está pasando mientras un grupo de tíos le meten la mano y la lengua por todas partes. Más de una vez me he llevado alguna a casa en taxi. No tienen ningún respeto", cuenta Laura, quien nos pide que mantengamos sus apellidos fuera de este artículo. Tras más de una década compaginando su trabajo en la noche con otros trabajos de día, ahora es encargada en la zona VIP de una de las principales discotecas de Valencia. Un templo de la fiesta en el que se mueve mucho dinero y mucha droga.

"Estamos muy pendientes de las copas de los clientes. Cuando fue la moda de la burundanga tuvimos problemas porque supimos de casos que habían sucedido en nuestra discoteca. Es inevitable y la gente no se corta ni un pelo a la hora de meterse una raya de coca delante de ti. Incluso te lo ofrecen tus propios compañeros", cuenta la valenciana. Todas ellas cuentan que trabajar de noche les ha cambiado su forma de salir de fiesta y de tratar a las personas que están trabajando mientras los demás nos bebemos la barra, nos meamos en ella y después nos vamos a casa como si nada hubiera pasado.

"Lo más curioso es que cuando estás detrás de la barra, ves estas cosas y piensas: 'joder, qué pena dan’. Pero reconozco que yo también lo he hecho", dice Sonia. "Trabajando en esto ves la otra cara de la noche, tú no estás bebiendo, así que ver cómo se le va la olla a la gente cuando se toma dos copas te hace aterrizar", añade Maria quien, además, quizo lanzar un último mensaje a las chicas que se pintan los labios y deciden llenar el espejo y las paredes de besos: "que sepan que esas manchas se limpian con la misma balleta que se limpia el wáter. Así que la próxima vez que se dediquen a dar besitos para hacer postureo en Instagram, eso que se llevan".