Cuando, de repente, me caes como el culo

Me caes mal.

Ya no sé ni cómo empezó todo esto, pero, después de un tiempo dándole vueltas, he llegado a esta conclusión: no me gustas ni un pelo.

Me entraste bien, todo hay que decirlo. Te admiraba porque no te conocía. Es curioso cómo la ignorancia es capaz de encumbrar a los patéticos y ensombrecer a las personas que merecen la pena. En tu caso, mi inexperiencia en la vida, tu gran bagaje y mi corta trayectoria te subió al cielo como un cohete a reacción. Pero, como aprendí en Apolo XIII, hay vuelos que no se completan. Tú tampoco alcanzaste la luna, ni siquiera a mí, que me postulaba como una de tus conquistas.

Me costó calarte bien. Estaba al margen, sin referencias, expuesto a tu personalidad sin advertir tu verdadera cara. Hay personas transparentes que son increíblemente interesantes, sencillas y maravillosas, con un mundo flipante a cuestas. Tú, precisamente, no tienes una carcasa de adamantium que te cubra y resguarde. Es decir: también eres transparente, pero a veces me cuesta ver la realidad aunque se muestre desnuda, abierta en canal ante mis ojos. Solo necesitaba cambiar de perspectiva, alimentarme con tus habituales batallitas, cansarme de ellas y dar sentido al refrán 'no es oro todo lo que reluce'. En tu caso, más que relucir, apestaba.

En un primer momento, la decepción fue mayúscula, porque tras esa careta de divinidad, un ser envidioso, infantil y orgulloso coleaba libre en alta mar. Pero fui yo el que piqué el anzuelo como un gilipollas recién parido, barbilampiño en las vicisitudes de la vida. Sin embargo, pronto cambié mi rol. Me quité el anzuelo y te lo lancé. Picaste, vaya si picaste, porque no eres extremadamente hábil. A partir de entonces, tu personalidad se abrió ante mí sobre una mesa de operaciones. Te hice la autopsia y empecé a apreciar la evidencia. 

Descubrí que eres débil, muy débil, y no de los que son carne de bulling. Ellos son geniales, pero unos incomprendidos; tú aparentas serlo, que no es lo mismo. Eres como el popular del instituto que está ciego. Intentas esconder tus mierdas miserablemente. A través de tu máscara, se percibe esa debilidad que no merece ningún tipo de consolación ni pena. No creo que seas malo del todo, pero tienes taras que no te convierten en un ejemplo. Por eso, en cuanto vi este espantajo, te perdí el respeto en todos los ámbitos de tu vida. No hizo falta que te hicieras selfies con títulos que intentan mitigar tu egocentrismo. Eres tú el que empezó a no gustarme nada. Solo tú.

Me cuentas tus historias, casi siempre reforzadas con una mitología que tú mismo has diseñado. Como el loco que inventa sus propias películas, creo que eres el único que se las cree. Por eso, me verás asentir y darte la razón, reírme si tengo que hacerlo mientras pienso en la migración de los gansos. Tus locuras me la refanfinflan y me creo la mitad de la mitad. No eres quien crees que eres. Y todos lo saben. Vas de algo y no eres casi nada. Creerás que sigues en la ola de tu vida cuando me las ingenio para no hacerte ni caso. Paso de ti. La estás cagando y no lo sabes, o quizá sí, pero lo ocultas. Si sigues mostrándote así, nadie querrá ayudarte. Y me seguiré riendo de tus nuevas víctimas, tal y como me río ahora de mi anterior yo.

Ahora, sencillamente, me irritas. Tus movimientos, comentarios, forma de caminar, tu risa... ¡Ay, tu risa! Se la daría de merienda a las hienas, porque ya se ha convertido en carroña. No, no me haces ni puta gracia a estas alturas. Te juro que me provoca rechazo solo mirarte —hay algo frío que me recorre el esternón—, ya no digamos escucharte o tener que fingir que me importan tus idioteces. Y no hace falta que hagas nada en concreto. Es, básicamente, tu mera existencia la que me ha cansado. No creo que sea odio, simplemente no te soporto. No te equivoques: no estoy enfadado contigo ni me has hecho nada malo. Eso sería demasiado para ti. Me pareces un ser insulso, sin gracia y artificial. Eres tirando a patético y no puedo evitar mirarte con desdén, como si te estuviera perdonando la vida.

Sé que no tengo derecho a pensar esto y que probablemente yo sea objeto de odio de medio mundo occidental, pero tú me caes mal y no veo posibilidad de reconciliación. He decidido que no quiero ser tu amigo y me estoy planteando que seas mi conocido. Te reservo un sitio en mis recuerdos, porque de todo se aprende, pero nuestra relación ha llegado a su fin. Irremediablemente.

Crédito de imágenes: Alberto Polo Iañez