Esto es todo lo que aprendí infiltrándome en la comunidad de coprofilia de internet

Hace unos días, mientras paseaba el perro por un parque de Barcelona en plena noche, vi algo para lo que no estaba preparado. En uno de los rincones más apartados vi una figura femenina agazapada sobre el césped. Ante el ladrido de mi perro Saki de nueve meses, la mujer se alejó a paso ligero mientras yo me iba acercando al lugar para ver qué estaba oliendo y, para mi sorpresa, me encuentro una olorosa y gigante mierda de perro. El hecho de ver que mientras se alejaba metía la mano en una papelera y se llevaba una bolsita como las que yo uso para recoger las de Saki me hizo reflexionar sobre esto de la coprofilia y descubrí que hasta podía vender la mía propia por internet.

La sexóloga Elena Crespi me comenta que la coprofilia y su práctica sexual más conocida, el scat que incluye la defecación sobre la pareja sexual, suele asociarse a prácticas BDSM, es decir, roles de dominación. De hecho, esta parafilia presenta mucha amplitud y no todas las personas que incurren en la coprofilia pueden considerarse estrictamente coprófilas. “La presencia de heces y/u orina en el juego sexual no implica directamente una fijación por ella. A veces es más el morbo de la situación o la excitación que pueda producir ver a otra persona realizando un acto tan íntimo como defecar que ya se relaciona más con el voyeurismo”, apunta recordándome el vídeo más impactante a este respecto en la historia: 2 girls 1 cup.

Vamos que ni todos los que juegan con la caca son coprófilos, ni todos los coprófilos alcanzan el mismo grado de fijación con ella ya que, por ejemplo, la coprofagia —la ingesta directa de excrementos— podría considerarse la forma más extrema de esta parafilia y la más minoritaria. Una práctica que, según me explica el psicólogo, sexólogo y director clínico del Instituto Madrid de Psicología, Héctor Galván, “podría afectar seriamente a la salud debido al riesgo de contraer enfermedades que podrían ser graves”. Es entonces cuando se me enciende una bombilla en la cabeza. Si hay gente que demanda mierda para sus fantasías sexuales es que existe un mercado —por muy nicho que sea— y donde hay demanda, hay oferta. Es por eso mismo que comienzo a sondear el mercado de caca online.

El marketing por detrás de la mierda en un tupper

“Normalmente me sale super dura y oscurita cuando como muchos frutos secos, pan, pasta y en general alimentos con poca fibra o poca agua. Para tu pedido, te he mandado un email. Besitos”. Es el comentario de Arantxa, la creadora de la web desde la cual vende sus bragas usadas, fluidos corporales y excrementos desde 2013. Por el módico precio de 400 euros, esta chica de 23 años te envía a tu casa su ‘caviar’ (así llama a sus heces) en un tupper. Todo ello junto a cinco fotografías que prueben su procedencia y que son “sacadas durante el proceso”. Aunque finalmente no consigo concertar una entrevista con ella, me inspira en mi próximo paso: intentar vender yo también mi ‘caviar’. Si ella puede, todos pueden, ¿no?

Pues resulta que no es tan fácil. Tras efectuar un estudio de mercado entre los anuncios de la web de contactos www.pasion.com, me doy cuenta de que la gente que compra caca suele estar fidelizada a la marca (en este caso, Arantxa) pero que la gente que compra vídeos de personas defecando agradecen una 'fuente' nueva de vez en cuando. Con la idea de probar mi tesis sobre la venta de excrementos, creo un anuncio con un tipo musculoso que ofrece sus contenidos íntimos a 20 euros el vídeo y que también se plantea hacer envíos a toda España. El anuncio es un completo fracaso, durante toda la semana que está publicado NADIE me contacta.

Sin embargo, la cosa cambia totalmente cuando la persona que lo ofrece es Irina, una chica rubia de 19 años y deportista de origen ruso —sí, todos los topicazos— cuya fotografía en ropa interior es el cebo perfecto. En cuestión de cuatro días recibo en torno a una decena de mensajes de hombres interesados en hacerse con los vídeos de Irina defecando. Entre los mensajes hay de todo. Desde chicos jóvenes que quieren contactarnos por WhatsApp antes de comprar los vídeos, a hombres de 50 y 60 años que piden el servicio en persona o, incluso, un usuario que se identifica como Alex y que pretende ofrecernos “una buena cantidad fija” o “un sueldo mensual” por encuentros esporádicos en los que se practique el scat.

Pagar 100 euros para que te caguen en el pecho

A estas alturas es evidente que las personas que flirtean con la coprofilia se reparten en dos categorías: los que solo quieren mirar y los que quieren la experiencia completa, es decir, que les cagues encima. De hecho, la práctica estrella del scat es el llamado Cleveland Steamer (algo así como ‘el vapor de Cleveland’) y básicamente consiste en eso, que tu pareja sexual te defeque sobre el pecho. Al parecer, Adolf Hitler era adicto a esta práctica y obligaba a su sobrina, Geli Raubal, a practicarla con él. Al menos así lo rumoreaba su compañero y rival en el partido nazi, Otto Strasser, quien según el historiador Ian Kershaw intentó sin éxito calumniar a Hitler aprovechando el misterio en torno a la vida sexual del Führer.

Vale, pero teniendo en cuenta que a día de hoy obligar a tu sobrina a que te cague encima está muy mal visto si no eres un dictador nacionalsocialista, la única manera de conseguirlo es buscarte una pareja que no le haga ascos al scat o, directamente, pagar a un/una profesional para que te cague. “Es un servicio muy solicitado, al día me lo piden unas cinco personas pero, por motivos obvios, solo puedo atender a 2-3 personas”, me explica por WhatsApp la dominatriz, TamaraMistress. Un anuncio en Pasión.com sosteniendo consoladores y plugs anales de más de 30 centímetros, son el reclamo perfecto de esta profesional del BDSM que desarrolla su actividad en Barcelona.

Me siento en mi taburete con forma de váter y lo que tarde en hacer de vientre. La mayoría lo quieren directo en la boca y otros solo en el pecho. Luego les cobro 100 euros por el servicio”, cuenta Tamara para mi más completo asombro. De hecho, la obsesión por las heces de sus clientes es tan fuerte que no existe nada más allá del acto de defecar (y orinar) y el rollito de la dominación que ella ejerce. “Ni les toco, ni me tocan. Ellos se masturban mientras yo les doy lo que quieren”, añade la dominatriz que, ante todo, me insiste en que no usa “nada de laxantes” y que todos sus clientes “la prefieren natural”. Hablando de clientes, la mistress explica que sus servicios lo solicitan hombres desde los 18 a los 60 años y de “todos los tipos”.

Muchos coprófilos y todos anónimos

Como era de esperar, la discreción es clave en su trabajo y por eso mismo no le extraña lo más mínimo que de los coprófilos que me contactaron por el anuncio —al menos diez personas diferentes y de toda la geografía española— ninguno haya accedido a responder a nuestras preguntas. Es más, según nos confirman los expertos, la inmensa mayoría de ellos ni siquiera se atreven a acudir a terapia. A la persona que sufre una parafilia como la coprofilia, le resulta muy difícil acudir a un centro de terapia sexual ya que considera sus conductas como muy vergonzosas. Suelen acudir cuando la parafilia ha afectado a su entorno de forma seria o se ha develado el problema”, afirma Galván que añade que “el 50% comienzan sus actividades o prácticas parafílicas antes de los 18 años”.

Por su parte, Crespi mantiene una postura más flexible y opina que “siempre que estas prácticas sean consensuadas y se practiquen con las precauciones lógicas no tiene porqué suponer un problema para el individuo que las practica” y apunta más hacia los tabúes que persisten en nuestra sociedad sobre ciertas prácticas sexuales menos convencionales. Sea como sea, la más escatológica de las parafílias continúa siendo un mundillo muy alejado del común de las personas y solamente aquellas más iniciadas en el BDSM, o directamente inmersas en la comunidad scat, conocen realmente cuantos la practican en la intimidad. Pero si Tamara se levanta 300 euros al día y a mi anuncio fake le ofrecieron hasta un sueldo fijo, no deben ser pocos. Me pregunto si la mujer que vi en el parque sería una de las que se esconden tras los numerosos pseudónimos que he visto estos días en internet.