La ansiedad me hizo adicto a las series de televisión

He quemado las últimas 17 horas luchando contra una serie que aborrezco. La angustia araña mi estómago y los nervios corretean por los dedos de mis pies. Estoy muy cansado pero me prohibo dormir hasta haberla acabado. Aunque me engañe, muy dentro de mí conozco la verdad: detrás de esta serie vendrá otra, la esclavitud es permanente. Pero sigo adelante, respirando urgencia. Hace meses que dejé de leer, de escuchar música, de tumbarme sin más. He cedido todo mi tiempo a los malditos episodios. Solo deseo haberlo visto todo de una vez para volver a estar en paz. Detrás del seriéfilo que todos ven se esconde un adicto. Y la ansiedad mueve los hilos.

El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) se encuentra entre las cinco enfermedades psiquiátricas más comunes, según la Organización Mundial de la Salud. Una trampa mental basada en la invención de compulsiones con el fin de aliviar los síntomas que la ansiedad ha generado a través de pensamientos negativos y obsesivos. De esta manera, los ‘toquianos’ evitamos enfrentarnos a las causas que han provocado la ansiedad, convirtiéndola en una compañera inmortal.

Dicho de otra manera: acabar una temporada de Orange is the new black o alinear hacia la derecha la ropa de mi armario me aportaría una agradable serenidad durante un rato. Pero, más tarde o más temprano, la ansiedad volvería con sus manazas para atraparme y obligarme a descargar otra temporada, a comprobar si los cojines de la cama están dispuestos simétricamente o a representar dolorosas situaciones en mi mente con la ingenua idea de evitar que se produzcan en el futuro. Un bucle tormentoso de pensamientos agobiantes y manías insanas. Un camino hacia la locura alimentado por el WiFi y las tardes de invierno.

Bajo esta maldición pasé meses acumulando cifras, visionando más series que nadie. Todo aquello no me hacía feliz pero era prisionero de mi propia mentira: me convencía a mí mismo de que esa obsesión y compulsión por almacenar información sobre series de televisión era saludable. Que era un camino hacia la realización personal y laboral que tanta preocupación e inquietud me producían. Que tenía que ver más series que nadie para perfeccionarme. El autoengaño era tan intenso que empecé a trabajar como redactor sobre series para numerosas publicaciones. "Tengo que tragarme todas estas series, incluso las que no me gustan", me decía, porque ahora vivo de esto.

Toda la historia tenía sentido y se retroalimentaba. Solo que no disfrutaba viendo ninguna serie. Mientras veía un episodio hacía matemáticas con las horas del día para ver cuántos más podía ver antes de acostarme. Aceleraba la velocidad de reproducción de los episodios para que fuesen más deprisa, aunque eso me impidiese disfrutarlos. Examinaba mentalmente una lista inabarcable de series pendientes, fantaseando con el momento en que pudiese tacharlas todas. Qué feliz seré entonces, pensaba, y qué desgraciado soy ahora. Así que no estaba ahí, frente al ordenador. Estaba inmovilizado entre fotogramas y reflexiones nocivas. Pero la mentira era tan convincente que no veía razón para dudar de ella.

La diferencia, como siempre, la marca la gente que te quiere. Esa que trata de hacerte entender que algo no funciona del todo bien. Que resulta ridículo que no puedas trabajar o entrenar hasta haber visto todos los episodios emitidos hoy. Que no tiene nada de normal que estés constantemente pensando qué posesiones materiales puedes tirar para "sentirte más ligero". Las excusas que te pones a ti mismo no funcionan con ellos. Y te enfadas. Te llenas de ira y te defiendes como si estuviesen atacando la misma esencia de quien eres. De hecho, has llegado a pensar que todo eso forma parte de tu personalidad: seriéfilo, ordenado, inmaterialista. Y una mierda. Estás enfadado contigo. Estás avergonzado porque sabes que el pulpo te tiene bien cogido.

Y un día, sin fuegos artificiales, sin ningún gran giro de guión, comienzas a despertar. Estás tan cansado de no tener el control de tu tiempo, de vivir con prisas, de marcarte objetivos absurdos, que algo hace click en tu cabeza. Comienzas a permitir que el cuarto se desordene un poco. Las conversaciones de tus redes sociales sobreviven más tiempo antes de que las borres. Estrenan series nuevas de las que habla todo el mundo pero no las empiezas. Le haces el vacío a todas aquellas que comenzaste un maldito día y que nunca te aportaron nada. Poco a poco, vuelves a sentir placer viendo tus historias favoritas.

Han pasado muchos meses. La mente anda más despejada y el espíritu más libre. No te engañes: combato cada día contra las compulsiones. A veces gano yo, a veces ganan ellas, pero han perdido muchísimo control sobre mi mundo. ¿La razón? He dejado de darle la espalda a la ansiedad y he comenzado a convivir con ella con cierta armonía. Sigue proyectando sobre mí desastres y preocupaciones innecesarias, tratando de mover los hilos, pero ya no le temo. Cada vez que te resistes, se hace más grande. Cada vez que la abrazas, se deshincha.