Cuando todos tus amigos se han ido a vivir fuera y sientes que te has quedado solo

Cuando llega un buen amigo y te dice que os tendréis que separar porque vuestras vidas se van a bifurcar hacia rumbos totalmente distintos no te lo crees, piensas que te está vacilando. Sin embargo, esa charla que sonaba a chiste cobra vida y te dan una hostia monumental sin saber de dónde ha venido, de esas que duelen en el alma y retumban hondo en el corazón. Y después se va el siguiente (otra leche). Y otro. Y otro más. Hasta que te das cuenta de que se están yendo todos y prácticamente solo tú te has quedado en la ciudad.


¿Y qué hago yo ahora?, literalmente

El café de los domingos y las cañas de los viernes, los '¿qué haces?', las cenas de cumpleaños, los 'estoy por tu casa ¿bajas y nos tomamos algo?', las tardes de cine improvisadas y las llamadas de socorro a las que siempre acudes. Todas esas pequeñas anécdotas a las que les dábamos tan poca importancia y que sucedían con toda naturalidad, ahora son trofeos que guardar a buen recaudo porque ya no pasan con la misma frecuencia.

Vale, se han ido. Uno a uno. Ahora toca añorar esa época dorada - y no tan lejana - en la que tu mayor problema era quién cogía el coche para ir recogiendo a los demás. Toca readaptar el rumbo cual gps, con coordenadas nuevas en situaciones distintas. Visto así solo hay que acostumbrarse a no tenerlos, pero tranquilízate, seguro que van a seguir estando ahí solo que menos a mano.


Cuando los recuerdos te atacan y no sabes como defenderte

No te queda otra que seguir con tu rutina pero sin esa alegría que te aportaban tus colegas al final del día, cuando os ibais a tomar algo y a contaros lo cabrones que son vuestros jefes o el ghosting que te está haciendo esa persona con la que quedaste la semana pasada. Sufres una pequeñita muerte emocional involuntaria que se regodea constantemente para recordarte que los momentos que has vivido con tus amigos ya no están. Ahora nos contamos nuestras respectivas vidas sin poder darnos un papel mutuo en ellas y tonteamos con la idea de hacer planes que sabemos nunca se van a llevar a cabo. O sí, pero eso ya lo veremos.


Cuando la soledad no es estar solo sino sentirte solo

Te adaptas por cojones, no te queda otra. Pero los lazos invisibles pero indestructibles que hemos construido con tanto esmero pesan mucho cuando se quedan en coma. Y después te presentan al vacío, un compañero nuevo que vas a tener que incluir aunque no quieras. Como ese tío que se ha traído tu amigo un día y empieza a acoplarse siempre. Qué pesado es.

No es que no estén, porque están. Te escriben, te cuentan qué tal, pero ya no es lo mismo. Qué coño va a ser lo mismo. Habéis perdido conexión después de los primeros meses de echaros de menos. La euforia por sus nuevas vidas ocupa el hueco que antes llenabas tú. Y aprendes que hay más formas de conectar, que los 365 días que antes no planificabas porque los tenías todos disponibles, ahora son un valioso terreno de juego en el que - cuadrando bien las fechas-  todavía puedes ganar muchos momentos con ellos. Será como jugar al Tetris con el calendario. Divertido, ¿eh?


No te preocupes, los lazos son para siempre

Y es que la distancia no hace el olvido. Si hay una amistad verdadera con todas sus letras, si hay ganas y existe Skype o Facetime que no cunda el pánico: el grupo sobrevivirá. Porque no hay nada más fuerte que el amor entre amigos, que todo lo puede. Sobre todo ahora que les quieres mucho más porque te dan la excusa perfecta para hacerte una escapada a alguno de los lugares donde viven. Tienes que valorar que son felices y que, al final (y al principio), eso es lo que cuenta. Porque la felicidad de tu colega también es la tuya.

Los amigos son el esqueleto de nuestro día a día y, aunque tengas que combinarlo con el trabajo, la familia y el amor, a una amistad no hay quien la venza si se lucha por mantenerla. Ellos también sufren a su manera, y lo que desde aquí se ve tan negro desde allí no es menos. Empezar desde cero y decir 'hasta pronto' a todo tu mundo se merece un aplauso por valiente. Bravo por esos que se marchan metiéndonos con ellos en la maleta y hurra por los que nos quedamos con su tatuaje de por vida esperando a que vuelvan (o no).