Nunca He Sido La Mejor Amiga De Nadie Y No Me Importa

Me acostumbraron desde pequeña que tenía que ‘ser amiguita’ de las niñas y los niños con los que jugaba. Con quienes compartía pupitre en el colegio, o iban a las mismas clases extraescolares que yo. La amistad es una de las relaciones más fructíferas que podemos cosechar, pero hay algo que durante mucho tiempo me atormentó, no ser la mejor amiga de nadie.

No es porque sea mala persona, antipática o introvertida. Siempre he estado rodeada de gente, desde que tengo uso de razón he tenido personas a mi alrededor a las que he llamado o considerado, amigos. Sin embargo, nunca he sido especial para ninguno de ellos. Ese vinculo afectivo que se crea entre los mejores amigos, que saben que estarán para toda la vida. Nunca lo he sentido. La verdad aflora cuando descubres que puedes ser la opción de todos pero no la primacía de nadie.

Gran parte de mi adolescencia y juventud, la pasé conociendo muchísima gente, compartiendo vivencias, forjando una lista de anécdotas que rememorar con los años, pero no una amistad longeva y unida. Quizás es mi carácter o mi forma de ser. Quizás es que aquello que me hace especial es no ser especial, pero si querida y respetada. Ese conflicto me causó bastantes quebraderos de cabeza, ¿Por qué no era la mejor amiga de una de mis amigas? ¿por qué me quieren, me adoran, me consideran su amiga, pero sin embargo no doy el salto cualitativo necesario para ser la mejor amiga?

Durante mucho tiempo, me sentí sola, con un vacío existencial. La sensación de no ser especial es cruda, hiere y no se digiere bien cuando estas rodeada de un sinfín de BFF (best friends forever). Porque las revistas así te lo plasman o los medios de comunicación, todo el mundo tiene una mejor amiga. La modelo cotizada de turno, la actriz de la serie que te tiene enganchada, tu compañera de universidad, tu vecina de abajo, tu prima la del pueblo y allá donde mires, siempre habrá dos almas unidas, y tú como mucho, serás la tercera. Y todos sabemos que tres, son multitud.

Aunque con los años, aprendí que no puedes forzar aquello que no está para ti. Dejé de esforzarme en ser la mejor amiga, y ser simplemente eso, una amiga a secas. De las que están para lo bueno y lo malo. La que llorará y reirá contigo a partes iguales. Quien te escuchará o tomará cervezas hasta que los colores maquillen nuestras caras. Quien asistirá a tu boda, a la celebración de tu primer trabajo, al nacimiento de tus hijos. Porque yo seré quien te llamará cada cumpleaños, puntual y sin que facebook necesite recordármelo. Pero no seré tu mejor amiga. Y eso, también está bien.

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Puede ser que la sociedad nos inculque a ver la soledad como un sinónimo de persona huraña o insociable, y nada más lejos de la realidad. Hay personas, que no estamos hechas para convivir en una exaltación continua de la amistad, que somos independientes, que nos gusta disfrutar de nuestra única y sola compañía, aunque nos apetezca también tener nuestro grupo de amigas con las que salir, compartir momentos, cotillear y, en definitiva, disfrutar de la vida.

Pero si algo he aprendido ahora que estoy más cerca de la treintena, es que ser como soy no lo cambio por ser la mejor amiga de nadie. Me gusta mi autosuficiencia, haber forjado una personalidad y una vida sin condicionarla a la aprobación de un amigo. Ser yo misma, la amiga de todos y la mejor amiga de nadie.

Como decía Ralph Waldo Emerson, "la única manera de hacer un amigo, es serlo". Lo importante no es tener el adjetivo de ‘mejor’, sino ganarse el honor de ser considerada amiga.

Crédito de la imagen: RJ Shaughnessy