Cómo ser adicta a los porros ha convertido mi día a día en una mierda

Siempre que alguien me pregunta que por qué fumo porros, respondo: "porque me hace ser más creativa", "porque libera mi 'yo' más inconsciente" o "porque conecta con mi niño interior". Pero no. Déjame decirte que eso es una mierda. Una mentira que me creo para auto-convencerme de que el humo que entra en mí, en cierto modo me hace ser mejor. Y eso no es cierto y no es real.

Llegados a este punto y una vez afirmado en voz alta -créeme que es lo que más cuesta-, si mi historia es mi testimonio, llevo media vida fumando porros. Así que me vais a disculpar si el ambiente está un poco cargado y me voy a disculpar yo a mí misma por haber sido tan necia de caer en una tentación tan falsa, como para creer que fumada el mundo es un lugar mejor.

El primer porro

No recuerdo por qué empecé a fumar y tampoco recuerdo a qué edad, creo que a partir de los 15. De lo que sí que me acuerdo es del megacolocón que cogí aquel día, aunque tengo ciertas lagunas. Esas en las que me he acostumbrado a vivir y que de vez en cuando me dejan recordar muchas de las cosas que me han ido pasando; y soy más consciente de que porro a porro las estoy minando, hasta el punto de olvidarlas. Me he acomodado en un estilo de vida que se basa en ir fumada.

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Pero después de tanto tiempo de ir colocada las risas están pasándose de graciosas. La época del parque y de pasarse el porro ha pasado a la historia. Ahora son porros solitarios que más que a diversión saben a nostalgia. He roto el círculo que rodea el alma del canuto, y es que es la pipa de la paz. Es un recurso al que acudir en caso de emergencia, es el amigo al que llamar cuando ya no te quedan amigos a los que llamar, es la solución puntual a un día de estrés y el ingrediente perfecto para una noche de risas aseguradas; pero ya está, sin abusar. Y a mi se me ha ido de las manos.

Así son mis días: mechero, papel y manos que te quiero manos

Esto es como un submundo, un laberinto, o ambos. El caso es que rara vez uno sabe cómo salir porque en cierto modo se acostumbra a vivir así: en la inopia, en un estado zen constante que, a mí personalmente, ya no me produce ningún placer. Se me olvidan las cosas y noto que los efectos están afectando a mi cerebro porque tengo tendencia a rallarme por todo e incluso a escuchar ruidos donde no los hay.

En esta fase estoy siempre cansada, desmotivada y perezosa. Sin ganas, dejada deliberadamente a merced del porro que me fumo para extasiarme por no enfrentarme a la montaña de retos que me quedan por alcanzar. Pero por alguna extraña razón me autoconvenzo de que vivir en un falso nirvana mientras suceden miles de cosas increíbles a mi alrededor es más seguro que tomar consciencia y desafiar a mi inteligencia.

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Efectivamente, por si te lo estás preguntando, creo que soy masoca. Porque soy consciente de que no me aportan pero no me aparto. Con los porros es muy fácil evadirse de la realidad. Sus efectos varían en cada persona y es todo un espéctaculo ver mis fotos con ese careto de fumada en el que veo a una niñata insensata riéndose de su futuro como si no fuese mío. Riéndome de mi talento, de mis oportunidades pasando de largo mientras yo seguía fumándome el tiempo.

Mi transformación

He tomado conciencia pero me resulta difícil creerme este nuevo rol porque, seamos sinceros, estamos hablando de una droga, y como tal, te engancha. Deshacer de un plumazo esta larga relación no va a ser fácil. No sé si es la quinta o la octava vez que intento dejarlo. No sé si soy yo, si es que mi psique ya no tiene dueño y va por libre decidiendo lo que quiere sin mi consentimiento o es que este mundo es una mierda y ya no tengo ilusión por nada más que por fumar.

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Quiero volver a estar cansada por haber estado haciendo deporte. Quiero volver a tener apetito sexual y sentirme querida y follada, eso también. Quiero motivarme y no volver a sentir la apatía de no querer hacer nada y quiero sentirme libre y no depender de fumarme un porro para sentirme bien. Las excusas son enemigas de las metas, y cuanto más lejos, mejor. Echo de menos acostarme por la noche sin la necesidad de tener que encadenarme a un sueño que está drogado porque, si no, no consigo dormir.

Echo de menos la vida sin fumar.

Echo de menos mi yo sin fumar.

A veces, sí, me echo de menos.