8 indicadores de que lo tuyo con el alcohol se está convirtiendo en un problema

“Crecí en un barrio marginal de Madrid y empecé a consumir con 14 años. Jugábamos a ser ‘hombrecitos’. Primero con cerveza, luego con alcohol más duro. Después, entré a trabajar en unos ultramarinos, todo el día rodeado de botellas y latas. Aprovechaba los descuidos del jefe para beber en el almacén. Más tarde me metí en Correos, y eso fue todavía peor. Que si una paradita en el bar, que si el portero me invitaba a una caña. Cuando me quise dar cuenta, tenía un problema grave con el alcohol”.

Esta es la historia de Julián. Desde hace años acude a las reuniones de Alcohólicos Anónimos y, gracias a su fuerza de voluntad y al respaldo de sus compañeros y familiares, lleva seis años sin beber. “Es mejor que mi cumpleaños. Todo el grupo nos juntamos para celebrar estas fechas. El cariño y la comprensión de los demás es lo que nos aleja del consumo”, asegura. Y no olvida las épocas más duras: “Cuando empecé a darme cuenta de que tenía un problema, pedí que me cambiaran de destino. Pasé a trabajar en las oficinas, sin salir a la calle, y probé a estar sin beber tres meses. Pero, al terminar esos 90 días, me bebí en poco tiempo todo lo que había dejado pasar en ese tiempo”.

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Julián había desarrollado una adicción y entendía esas cañas que nunca acababan, ese cubata a media mañana o esos sorbos de licor en el almacén del trabajo como vital algo que en realidad le estaba matando; Julián era alcohólico.“Pensaba que no había solución, que la única salida era la muerte. Pero no tuve valor para quitarme la vida. Gracias a mi familia, acudí a Alcohólicos Anónimos y allí comencé a cambiar mi destino. Encontré a otras personas con mis mismos problemas, personas con las que aprendí a vivir sin alcohol”, reconoce.

La de Julián es una de tantas historias anónimas que reflejan los horrores de cualquier adicción. De una “conducta en la que el individuo comienza a consumir para liberarse de algo, llegando al límite de no poder abandonar ese patrón”, como la define Fernando Botana, director y psicoterapeuta del Centro SINADIC. Y el alcoholismo no es patrimonio exclusivo de los que ya han cumplido los 40; todos estamos expuestos a las voraces fauces de esta enfermedad.

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Porque la necesidad de autoafirmación, el miedo a madurar, la timidez y el empezar a consumir más allá del fin de semana puede convertirse en germen del problema. Y más sabiendo que el alcohol es una droga popular, normalizada y 100% legal. “La sociedad lo considera algo bueno, bien visto, vinculado a la fiesta y a la celebración, al premio”, señala Botana. Por eso, para no exponernos al peligro y para tener claro cuál es el límite, pedimos a Fernando Botana, de SINADIC, y a Rafael Gautier, coordinador técnico del Centro de Desintoxicación INTAD, que nos enumeren cuáles son las señales que nos ayudan a detectar que tal vez la relación que se mantiene con las copas puede tornarse nociva.


Sin el alcohol, eres incapaz de integrarte

Gautier explica que este es un mal característico de la adolescencia: “La necesidad de pertenencia a un grupo, cuando el ser humano atraviesa la frase eminentemente gregaria de la juventud, puede marcar el inicio del consumo”. Porque así te sueltas, te sientes libre, integrado. Y el problema llega cuando no sabes relacionarte sin una copa en la mano.


Es tu forma de autoafirmarte

Porque sin beber, no eres tú. Más bien, no eres capaz de mostrarte como eres. O eso es lo que crees. El alcohol desinhibe, sí, pero también enseña una faceta no realista de cómo somos en realidad. Y si siempre tiras de él para manejar tus relaciones sociales, “puede llegar el día en el que caigas en la cuenta de que no puedes dejar de beber durante 24 horas seguidas”, afirma Botana.


Lo tomas como una competición

La OMS lo llama ‘binge drinking’, algo así como ‘atracón de bebida’. “Cada vez más, los jóvenes gustan de poner al límite su cuerpo, de comprobar quién se emborracha más, quién aguanta más y más cantidad”, explica Gautier. Y, de esta forma, se colocan los pilares de una relación más que tóxica con el alcohol.


Utilizas las copas como antidepresivo

Porque no sabes anteponerte a la vida sin ellas. “El alcohol mitiga los miedos, ayuda a sobrellevar ese momento de crisis en el que quieres sentirte independiente pero el miedo a despojarte de los cuidados de tus padres te atenaza”, dice Gautier. De ahí que muchos jóvenes puedan abusar del alcohol y recurrir a él como coraza, bloqueando el proceso de desarrollo de una personalidad sana y fuerte.


No concibes la diversión sin él

El clásico ‘si no bebo, no me divierto’. Recurrir al alcohol para pasarlo bien, sin entender que también se puede disfrutar sin consumirlo, puede ser el punto de partida de un problema mayor. Y aquí es la sociedad la que más culpa tiene: “Hay que realizar pedagogía preventiva para mostrar a los jóvenes que diversión no tiene por qué ser sinónimo de bebida”, asegura Botana.


Te apetece beber también en soledad

Es otra vertiente. “No todos los alcohólicos han desarrollado su problema del mismo modo; depende de la personalidad de cada uno”, comenta Botana. Pero esta es otra señal: si estando en casa, solo, sin planes, sin perspectiva de relacionarte con nadie, necesitas echar un trago, tal vez estés abocando tu vida a unos patrones del todo insalubres.


Cuando los demás te dicen que igual tienes un problema

Porque eso significa que el problema ha comenzado a ser evidente. Por eso, “los mensajes deben estar dirigidos no solo a los posibles adictos, sino a las personas de su entorno”, recalca Botana. Normalmente, según explica el experto, “las alarmas se encenderán antes en los demás que en la propia persona, incapaz de ver lo que lo está sucediendo”.

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Por último, Gautier insiste en ilustrar la realidad con algunas cifras: “Cerca del 59% de los alumnos de sexto de primaria ya han consumido algún tipo de alcohol, y el 93% lo han hecho antes de entrar en la universidad, antes de cumplir la mayoría de edad”. Sin duda, Julián pone rostro a estos datos. Un rostro feliz, sonriente, pero depositario de un pasado tormentoso: “Antes, para hacer cualquier cosa, tenía que consumir. El miedo y la timidez me hicieron convertir a la bebida en una muleta. Pero hoy soy feliz sin él”.

Crédito de la imagen: Hector Ges