7 lecciones que aprendí teniendo una amiga anoréxica

Uno no sabe cómo de oscura y cruel es la anorexia hasta que no la ve de cerca, hasta que no siente sus crueles garras clavándose en las propias carnes o en las de alguien a quien quiere. Yo vi cómo este trastorno alimenticio le robaba, poco a poco, el alma y la alegría a mi mejor amiga Ana (por llamarla de alguna manera). Pero lejos de rendirnos y sentir esto como una desgracia, Ana, en primer lugar, y yo aprendimos muchas cosas gracias a su enfermedad: no solo a conocer y a respetar los pensamientos más oscuros de quien la sufre, sino a usarla como inspiración.

1. Tener un problema no te convierte en alguien débil

La anorexia llegó un día cuando las dos teníamos 16 años, de pronto y silenciosamente. Tal vez hubiera podido advertir señales, pero es común que las personas que sufren trastornos de la conducta alimentaria lo mantengan en secreto. Tuvieron que llevar a mi amiga a un centro especializado y un día, sin más, dejó de venir a las clases del instituto. Nuestros compañeros comentaban la situación y cotilleaban al respecto.

Pero el error de nuestros 'amigos' no fue cotillear, sino hacerlo de forma condescendiente. Cuando Ana volvió al instituto seis meses después, todos la miraban con pena y le hablaban con lástima y un tacto abrumador. Lejos de reconfortarla, aquello no le permitía olvidar que estaba pasando por algo extremadamente doloroso y le hacía sentir como a alguien débil.

En general se tiende a ver a las personas con trastornos alimenticios como gente frágil pero, en absoluto. Con el paso de los años y, aun teniendo que luchar con la anorexia, Ana ha conseguido —sin más ayuda que su fuerza de voluntad— todo lo que se ha propuesto hacer en la vida. Y haciéndolo ha demostrado a todos los que alguna vez la miraron de reojo y a sí misma que alguien que tiene problemas no es más débil, sino infinitamente más fuerte. 

2. Quien más te quiere puede hacerte mucho daño

En el caso de Ana, yo podía ver referentes claros de quién había contribuido a su estado. Sus padres estaban divorciados: él, un hombre no demasiado atractivo pero que se rodeaba siempre de mujeres finas y jóvenes gracias a su labia; ella, una mujer preciosa y muy preocupada por serlo. No conseguía conservar una pareja y parecía obsesionada por empalmar una tras otra.

Ambos tenían la delgadez y la belleza como referentes del éxito, y Ana tomó todas sus pautas, sus críticas y sus conductas - igual que hacen todos los niños con sus padres - como referentes a seguir. Y eso le pasó factura más que cualquier otra cosa.

Creció normalizando todas esas conductas y sintiéndose a veces abandonada, haciendo de madre adolescente de su hermano pequeño y asimilando mucho más duramente los golpes sexistas que uno recibe de los chicos en los primeros coqueteos de esa edad. Todo el amor que ella esperaba recibir de sus seres más cercanos resultó ser tóxico y, para cuando se dio cuenta, ya le había condicionado toda su vida.

3. Respeta el espacio de los demás

Durante todos los años que Ana ha sufrido este trastorno, ha habido muchos en los que no he sabido nada de ella durante bastante tiempo. Simplemente desaparecía y, por mucho que yo insistiera, no conseguía verla. Así que acepté su rutina: no iba a estar y no quería compartir su dolor, pero cuando me necesitara me lo haría saber. 

No todas las personas saben expresar sus sentimientos de forma sencilla. Precisamente por el amor que sientes hacia ese amigo o familiar, no debes obligarle a que lo haga. Respeta su espacio y, simplemente,

hazle saber que cuando sea necesario tu mano estará ahí para sujetarse y tus oídos para escuchar sin juzgar. 

4. Puede que necesiten ayuda y no te la pidan

Por ese mismo motivo, tienes que aprender a detectar cuándo este tipo de personas están teniendo un problema, no están sabiendo encontrar la salida y, además, entienden que pedir ayuda todavía les convierte en alguien más débil. Se convencen de que ellos mismos saben gestionar la situación y que, al igual que han hecho otras veces, simplemente pasará.

Es importante que, si decides convertirte en un pilar cercano para ellos, sepas tratar la situación con tacto e insistir de forma sutil. Cuando el tiempo que no sabía de Ana empezaba a ser largo, decidía no alargar más la situación y llamarla o escribirle. La primera opción solía ser más efectiva, el tono de voz cariñoso y confiado la ayudaba a abrirse y, junto a sus familiares, conseguíamos encarrilar cada momento con la solución más efectiva.

Indiferentemente de si alguien sufre una enfermedad o no, interesarse por los demás es importante. A menudo las personas no expresan sus sentimientos si no les preguntamos explícitamente por ellos. 

5. Por mucho que quieras, a veces no podrás hacer nada para ayudar

La anorexia no es una enfermedad de la que se consiga salir fácilmente. Tanto ella como los que la queríamos sentíamos mucha frustración, y llegué a reprocharme no poder simplemente borrarle todas esas ideas de la cabeza para que, por fin, terminara su dolor.

Con el tiempo tuve que aceptar que aquello no estaba en mi mano y que mi papel no podía ser el de sanadora. Cuando alguien pasa por una situación difícil, es probable que solo espere de ti que le escuches y entiendas su dolor, pero no que arregles toda su vida en cinco minutos.

6. La persona que más debe quererte, deberías ser tú mismo

La autoestima es algo muy frágil que hay que aprender a construir con unos cimientos fuertes. Ver a Ana sufrir me hizo entender que ninguna voz en mi vida iba a ser más importante que la mía. Comprendí que jamás vale la pena anteponer las opiniones de los demás a la tuya, aunque quieras tenerlas en cuenta. Y que, por encima de todo lo que yo la quería, la persona de quien Ana más debía esperar amor y a quien más debía amar era ella misma.

7. Sigue luchando, siempre

Las personas que pasan por las situaciones más duras son las que demuestran toda su fortaleza. Ana me demostró muchas veces que lo que de verdad determinaba la balanza hacia un lado o el otro era su actitud, que las ganas vencen al miedo y que no iba a dejar de luchar por mucho que durara su batalla. Era ella quien tenía el poder de decidir que todo aquello no gobernara su vida, y lo ha hecho. Y lo sigue haciendo.