5 personas nos cuentan sus experiencias más turbias en Tinder

La relación de cualquier veinteañero promedio con Tinder se parece mucho a la que teníamos con el alcohol hace algo más de una década: primero juras que nunca lo probarás, pero luego la curiosidad y la presión social te pueden. Y, sin saber cómo, acabas siendo un auténtico borracho. Reconozcámoslo, los matches son los nuevos cubatas. Es comprensible, si se tiene en cuenta que un acto tan cotidiano como deslizar un dedo por una pantalla puede ayudarte a resucitar tu moribunda vida sexual o, incluso, llevarte a conocer a personas increíbles (o no).

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El problema es que mentir en las apps de citas es una tentación demasiado suculenta. No hay amigos ni contexto en común y eso allana el terreno para que la gente de rienda suelta a sus facetas más perturbadas. Si te sientes mal porque tus citas te han engañado con las fotos o eran un bajón en persona, tenemos una buena noticia: siempre podría ser peor. Para demostrártelo, hemos hablado con cinco personas que han tenido experiencias tan turbias en la app que te harán revalorizar esa soledad de la que tanto reniegas ahora.

Porno amateur en el inodoro (Koldo, 35 años, Bilbao)

Quedé con una chica que conocí por Internet en un bar super sórdido de Bilbao que se llamaba Piropo. La cosa fluyó mucho y acabé en su casa. Cuando estábamos ahí me dijo que le gustaba mucho el porno de Rocco Siffredi y que estaba obsesionada con una escena en la que él cogía a una chica, le metía la cabeza en el wáter y tiraba de la cadena mientras se lo hacía por detrás. Ella tenía esa fantasía y quería probarlo. Y a ver, obviamente, si no eres actor porno es muy complicado hacerlo bien. Aquello fue patético, a mí no me salía y encima ella se enfadó mogollón porque yo no podía.

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Yo intentaba racionalizarlo. Le dije que la primera vez que te vas con alguien a la cama es todo un tanteo a ver si hay química y que ella me estaba pidiendo un malabarismo sexual que practica el actor porno mejor pagado del mundo... Al final le tuve que decir que la situación no me ponía y que estaba pasándolo mal ahí en el váter intentando encaramarme. Acabamos yéndonos a la cama, nos dimos el lote de manera un poco descafeínada y me acabé largando. Nunca volvimos a vernos.

La doble vida del amante volátil (Alisson, 23 años, Brasil)

Había un chico en Grindr con el que todo iba genial, pero a veces desaparecía, sobre todo los fines de semana. Eso me hizo sospechar, sobre todo porque soy un poco stalker y cuando conozco a gente por Internet siempre busco información suya en redes sociales. Y nunca conseguía encontrar nada por el nombre que decía tener. Tengo un amigo que trabaja en una telecom, así que le pasé el número del chico para que viera a nombre de quién estaba registrado su teléfono en el sistema. Y descubrí su verdadero nombre, que no tenía nada que ver con el que me había dicho. 

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Encontré su perfil en Facebook y flipé cuando vi que se había casado con una mujer hacía unos meses. Por si fuera poco, descubrí que era un tío super religioso, aparecía en muchísimas fotos con grupos cristianos. Cuando vi eso me asusté un montón, nunca pensé que alguien sería capaz de llevar esa doble vida. Le bloqueé sin ni siquiera atreverme a decirle nada. Pero me acuerdo mucho de su mujer. Me da mucha tristeza.

Tinder y alcohol: el peor combo (Cecilia, 25 años, Madrid)

Quedé con un chico al que había conocido en Tinder. Nos emborrachamos y acabamos con un calentón que flipas en su coche. Le convencí para ir a su casa y cuando llegamos me di cuenta de que iba más cocido de lo que pensaba, porque primero se comió un bordillo y luego se equivocó de plaza al aparcar en el garaje. Yo estaba bastante en shock porque no sabía que hacer, pero también había bebido y me ponía mucho, así que me dejé llevar y empezamos al lío. De repente —cuando yo estaba ocupada ahí abajo— se levantó, se fue y escuché un ruido de arcada. Había potado toda la puerta del baño.

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Empecé a vestirme y cuando recogí mis medias del suelo las note mojadas de vómito, así que opté por no ponérmelas y me largué, aunque era diciembre y hacía un frío impresionante. A los dos días me di cuenta de que me había dejado el sujetador en su casa. Quedamos, me lo devolvió y se fue. No sé quien estaba más avergonzado de los dos: si yo por haberme liado con él o él por todo lo que había hecho. No hemos vuelto a hablar desde entonces.

Cuando pillar se convierte en una pesadilla (Rafa, 28 años, Madrid)

Estaba en Bélgica de viaje y quedé con uno que ponía que tenía 25 años y tenía una foto en la que aparecía un cuerpo musculoso. Hablamos un rato y quedamos en la puerta del Cinquentenario de Bruselas. Me recogió en coche y cuando entré me di cuenta de que tendría 50 o 60 años. Me quedé paralizado. Arrancó y empezó a hablarme tan normal. Le dije que no quería hacer nada porque no se correspondía con la foto. Pero él se hacía el tonto. Al final le pedí que parara y pude irme, pero me cagué. Se me pasó por la cabeza la idea del secuestro.

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Estaba frustrado porque tenía ganas de follar, así que quedé con otro que vivía en el barrio donde me había dejado el primero. Cuando entré a su casa me dijo que pasara a la habitación mientras él daba de comer a la perra. Entré en el cuarto y vi que estaban todas las ventanas tapiadas con maderas, hasta la de puerta que daba al salón. Me dio una especie de ataque de ansiedad y salí de la habitación. Él estaba con la perra en la cocina, tan tranquilo, y me ofreció agua.

Yo ya estaba tan emparanoiado que cuando me tomé el agua me pensaba que tenía droga. Empezamos a follar, pero el tipo se movía de manera rara y paraba todo el rato para ir al baño a mear. Yo no podía con tanta intermitencia y me sentía mal, así que le dije que me iban a cerrar el metro y me fui corriendo. Fue la peor noche sexual de mi vida.

Más oscuro que las 50 sombras de Grey (Natalia, 34 años, Valencia)

"Vi a un chico muy guapo en Tinder e hicimos match. Lo primero que me dijo cuando me habló es que estaba buscando a una mujer sumisa. Me explicó que quería someterme, pero que también le ponía ver cómo otras personas le daban placer a su pareja. Vamos, que le gustaría verme follar con otros. Remarcó que él los seleccionaría, pero que no me preocupase: se aseguraría de que nunca me faltarían al respeto. Me estuvo explicando que vivía la mitad del año en Nueva York y que si aceptaba, él pagaría todos los gastos y no me faltaría de nada.

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Estaba buscando una relación estable, quería casarse y tener hijos. De cara a la galería tendríamos que ser una pareja normal, pero cuando a él le apeteciera yo tendría que hacer lo que me pidiese. Me insistió en que vendría a conocerme y haríamos unas pruebas para ver si nos acoplábamos como pareja. Aunque fue muy claro: si aceptaba no podía arrepentirme, porque si era sumisa tendría que serlo desde el principio. Obviamente le dije que no. En Tinder hay mucha gente a la que se le va la olla.