5 mujeres explican las estupideces que cometieron de niñas para ocultar la regla

Por mucho que nuestros padres se esforzaran en hablarnos de la regla con naturalidad, las mujeres millennials hemos crecido en una sociedad en la que el sangrado que nos visita cada 28 días es un tabú. En 2015 Instagram censuró en dos ocasiones la foto en la que la poeta Rupi Kaur lucía un chándal manchado de sangre y, no fue hasta hace poco más de un mes, cuando Bodyform se convirtió en la primera compañía en representar a la menstruación de color rojo (somos mujeres no princesas que sangran azul, señores), así que es comprensible que a los 11 años optáramos por esconder la revolución hormonal que acontecía entre nuestra piernas.

thank you @instagram for providing me with the exact response my work was created to critique. you deleted a photo of a woman who is fully covered and menstruating stating that it goes against community guidelines when your guidelines outline that it is nothing but acceptable. the girl is fully clothed. the photo is mine. it is not attacking a certain group. nor is it spam. and because it does not break those guidelines i will repost it again. i will not apologize for not feeding the ego and pride of misogynist society that will have my body in an underwear but not be okay with a small leak. when your pages are filled with countless photos/accounts where women (so many who are underage) are objectified. pornified. and treated less than human. thank you. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀⠀ ⠀ this image is a part of my photoseries project for my visual rhetoric course. you can view the full series at rupikaur.com the photos were shot by myself and @prabhkaur1 (and no. the blood. is not real.) ⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀ ⠀ i bleed each month to help make humankind a possibility. my womb is home to the divine. a source of life for our species. whether i choose to create or not. but very few times it is seen that way. in older civilizations this blood was considered holy. in some it still is. but a majority of people. societies. and communities shun this natural process. some are more comfortable with the pornification of women. the sexualization of women. the violence and degradation of women than this. they cannot be bothered to express their disgust about all that. but will be angered and bothered by this. we menstruate and they see it as dirty. attention seeking. sick. a burden. as if this process is less natural than breathing. as if it is not a bridge between this universe and the last. as if this process is not love. labour. life. selfless and strikingly beautiful.

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Ahí van 5 testimonios que nos recuerdan las estupideces que protagonizamos, y también las que podríamos haber estado apunto de cometer, con el objetivo de que nadie se percatara de lo que todos sabían: ya éramos “mujeres”.

Alexandra, 26 años

Un campamento de verano era uno de los últimos escenarios que queríamos pisar con la regla. A Alexandra le tocó pasar por ello siendo la primera niña de su clase en tenerla. Sin apenas haberse sumergido en el entonces complejo mundo de las compresas, solo quiso que su mejor amiga supiera la verdad. Aunque eso implicara que la acompañase a todas partes con una expresión de intriga y sorpresa constante. Lo soportó.

El momento más crítico del día era a primera hora, cuando tenía que ducharse junto a sus compañeras de clase. No sería fácil esquivar a decenas de niñas en la edad del 'pavo' revoloteando por el baño. Pero escondiendo las compresas en el interior de unos zapatos, consiguió salir indemne de ese apuro. Por fin estaba a salvo. O al menos hasta el siguiente curso.


Regina, (26)

Explicar a su profesor de 60 años que tenía la menstruación era uno de los mayores miedos de Regina. El día que no la dejó salir de clase para ir al lavabo, no bastó para que se sincerara. A pesar de que necesitaba cambiarse inmediatamente, aguantó sin pronunciar ni una queja. El resultado de su tenacidad fueron unos pantalones blancos manchados de sangre, un jersey atado a la cintura y una lección vitalicia: el color rojo no debe asustarnos.


Elena, 27 años

Casi 20 años atrás, la Viagra se lanzó al mercado como el remedio que catapultaría a los hombres hacia un terreno de virilidad más prometedor. Pero si su target hubiese sido el líbido de las mujeres, probablemente la vergüenza hubiese sido la constante de cada día vivido junto al fármaco.

Elena nunca logró entender a las amigas que le pedían que burlara ojos ajenos al llevarles compresas al baño del instituto. Eso fue gracias a su madre, quien lo naturalizó desde el minuto cero cambiándose siempre con la puerta abierta. La respuesta que le dio al preguntarle por qué sangraba fue aún más didáctica: “es la sangrecita que los bebés necesitan para vivir. Así que si no hay bebé en el vientre, tiene que salir”, recuerda Elena.

Sin nunca haber concebido vida acompañada por el pavor, con los años se ha enfrentado a una deplorable realidad protagonizada por chicos que han contestado con repudio al comentario: “tengo la regla”. “Lo estoy diciendo a sabiendas de que hay tíos a los que les jode. Yo no soy una asquerosa por tener la menstruación. Es natural. Si te molesta apáñate, so mierdas”, cuenta Elena indignada.


Mónica, 25 años

La clase de gimnasia fue otro de los grandes retos que tuvimos que combatir. También a los 11 años, Mónica no estaba preparada para que sus compañeras la descubrieran entre los vestuarios. Intentar evitarlo diciéndole a su profesora que no podía ducharse porque tenía la menstruación, no sirvió de nada:  “precisamente por qué la tienes debes ducharte sí o sí”, recuerda Mónica.

Se enfadó. Pero no en vano. Aquella ira la llevó a trazar un meticuloso plan con el que convenció a su madre para que la ayudara a librarse de esa clase cada vez que estuviese con el periodo. Fue a partir de entonces cuando, observando  desde el banquillo a sus compañeros jugando a pelota, empezó a convivir en paz junto a su compañera de rojo.


Anna, 26 años

El hecho de que a Anna le viniera por primera vez durante el campamento de sexto de primaria no le ayudó a tener una relación conciliadora con ella. Antes que explicarlo a alguna amiga o profesora, optó por pasar los tres días de aquella salida poniéndose papel en las bragas. Una hazaña que, para ella, no vislumbró que no tuviese nada de lo que retraerse. Sino que, más tarde, la llevó convivir en cada clase con otro de los grandes temores de aquellos días: manchar la silla.


Por mucho que las conversaciones normalizadas y los precios razonables para tampones y compresas aún no hayan llegado a nuestros días, mujeres de todo el mundo otorgan aliento a las futuras generaciones reivindicando que debemos mostrar nuestra naturaleza sin tapujos. Y aún más si se trata de la que trae nuevas vidas a cada minuto.